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El Pau que hay en todos nosotros
Icono del deporte, la figura de Pau Gasol sobrepasa el baloncesto para convertirse en fuente de inspiración. Un jugador que nunca soñamos tener entre nosotros, pero que es un ejemplo a seguir por las nuevas generaciones. La estrella del baloncesto dice adiós, nace la leyenda.
  

Hay estrellas llamadas a no extinguirse, figuras que no pueden desvanecerse y deportistas con un aura de inmortalidad competitiva. Por más que el tiempo pase, casi les imponemos que sigan inalterables al curso natural de la vida.

Quizá por ello costó tanto oír a Pau Gasol decir “me voy a retirar del baloncesto profesional”. Con esas palabras se nos escapó parte de nuestra infancia o madurez. Durante años, Pau nos hizo vivir con el síndrome de Peter Pan, hasta que su retirada nos ha deportado del país de Nunca Jamás rumbo a la realidad. Con su adiós, nos hemos hecho mayores.

Lo que comenzó siendo un espigado jugador de baloncesto acabó convirtiéndose en el más icónico jugador del baloncesto español. Eclosionó un 2001 siendo el rey de una copa, el ogro de una liga y el príncipe de un Eurobasket. Un destello fugaz que nos alertó de que algo grande iba a pasar… y, sin embargo, 20 años después todavía nos cuesta asimilar la auténtica dimensión que deja su legado.

¡Qué difícil es decidir quién es leyenda…! Y qué fácil es reconocerla en Pau Gasol. En la hemeroteca de los imposibles estará su bronce de 2001 con apenas 21 años, sus dos anillos de campeón de la NBA y, sobre todo, su exhibición en la semifinal del Eurobasket de 2015. Fechas que quedarán grabadas para siempre en la retina de la memoria baloncestísticas y que el aficionado rescatará las noches donde la añoranza le invada y quiera recordar cuando éramos felices viéndole jugar.

Como héroe se le encumbró a los altares del deporte con sus grandes gestas, pero se le quiso más al ser vulnerable. Se le vio sangrar en 2007 con su fallo en la final del Eurobasket y mostró su fragilidad con las lesiones que condicionaron su participación en los mundiales de 2006 y 2014… pero de ello se repuso para volver a alcanzar lo increíble. Un luchador de retos improbables que fue superando y dejando atrás hasta conseguir su último anhelo: decir adiós en la pista ganando con su club y, más tarde, jugando con su Familia.

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José Saramago escribió: “La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva. En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitiva”. La línea que separa el éxito del fracaso en el deporte es tan fina que un segundo, un punto o centímetro lo cambia todo. Sin embargo, en Pau Gasol hace mucho tiempo que el triunfo o la derrota dejaron de importar.

En él yacía algo mayor de lo que se veía en pista, su trascendencia no podía ser contenida por las líneas del parqué. Siempre intentó ofrecer la mejor versión de sí mismo y poner a prueba sus límites, pero no simplemente para ganar títulos, sino por ser también el mejor ejemplo para la sociedad. Una inspiración para alcanzar grandes desafíos… para superar los malos momentos.

Y ahí reside la auténtica grandeza de Pau Gasol, ser una persona inspiradora incluso en su discurso de despedida. Justo en un momento donde la sociedad carece de referentes que aúnen el triunfo profesional con la honestidad y humildad personal, Pau es alguien al que escuchar. A él siempre recurriremos cuando busquemos diseñar al jugador perfecto o tratemos de definir el éxito, pero también miraremos su estela cuando sea necesario encontrar valores para encabezar un grupo, liderar una empresa… para afrontar la vida.

Ahora se nos marcha el icono deportivo, el jugador que hizo posible aquellos sueños que ni imaginábamos cuando éramos pequeños. Ahora nos queda el hombre que construye proyectos para que otros muchos sueños se hagan realidad. Dentro de su cuerpo hay tantos Pau diferentes que, por mucho que hayamos despedido a uno de ellos, todavía hay muchos otros que seguirán iluminándonos.

La magia de Pau Gasol es tal que, igual que ganó el partido más importante sin jugarlo, está en todos nosotros aunque no seamos él.