Desde el jardín familiar en Emporium hasta los principales pabellones de Europa; la historia de Nate Sestina nos muestra que los sueños no tienen fronteras. Partiendo de un pequeño pueblo alejado de los grandes focos mediáticos, él ha hecho realidad el suyo con la pasión por el baloncesto y los valores familiares como principales fortalezas. Esta es su historia
Las buenas historias suelen empezar en una plaza, un parque o incluso en un cruce de calles. Sus protagonistas habitan en lugares comunes, pues allí es donde se desprenden de anclajes, y pueden ser iguales entre sí. Quizá estos espacios no tengan el glamour de un rascacielos o una avenida iluminada por luces de neón, pero tampoco soportan la carga irracional de un mundo acelerado.
En todos ellos ocurren sucesos mundanos que sirven de piedra fundacional para grandes relatos. Historias de sueños y esperanzas, a veces de pérdida y frustración. En definitiva, fragmentos diversos que construyen vidas.

Los hijos de Donald y Rachelle tenían en aquel espacio, limitado por la casa y una valla, el patio de recreo donde sus fantasías podían volar sin ataduras terrenales. Para Nate, ese también era el campamento base para las heroicidades propias del pequeño de cinco hermanos, más aún cuando Jennifer, Jason, Kristin y Andrew jugaban al baloncesto y mostraban un carácter competitivo en todas las facetas de la vida.
“Soy el menor de cinco hermanos, así que se trataba de mantenerme firme. Mi hermano que estaba por encima de mí, Andrew, siempre solía darme una paliza jugando al baloncesto. Cuando iba a hacer una canasta, me empujaba al suelo o me bloqueaba el tiro, y era difícil para mí anotar de joven. Me ganaba 11-0 todo el tiempo, y yo entraba en casa llorando. Entonces, mi madre me decía, ‘¿Por qué lloras?’ ‘Bueno, porque perdí’, le respondía, y ella decía: ‘ya sabes que perder es parte de la vida. Mejora o encuentra una manera de anotar’. Cuando anoté por primera vez me puse muy feliz, fue como sentir que a partir de entonces iba a anotar al menos una vez cada vez que jugáramos. Luego, a medida que crecía y jugábamos, se hizo super competitivo. El patio de casa era una especie de ring de lucha libre”, bromea Sestina.
Nate reconoce que lo suyo con el baloncesto es una auténtica pasión. “Me enamoré de la sensación que tienes cuando metes un tiro o taponas un tiro o cuando te haces mayor y haces un mate. Es realmente electrizante”. Incluso antes de aquellos duelos fraternales, el pequeño Nate era un devoto del deporte de la canasta.
Cuando tenía apenas tres años, su padre era entrenador en un instituto, y la cercanía a ese equipo se convirtió en la mejor puerta de entrada a lo que más tarde sería su vida futura.“El equipo del instituto nos acogió a mí y a mi hermano como si fuéramos hermanos pequeños, nos permitieron estar con el equipo. Me enamoré del ambiente del baloncesto, de la hermandad, de la camaradería… Desde que tenía probablemente tres años, siempre estaba regateando y jugando en la canasta que teníamos en la puerta de mi casa”, recuerda.

Ser el pequeño de cinco hermanos le hizo aprender pronto a valérselas por sí mismo y a ser competitivo en cualquier aspecto de la vida, pero también le brindó la oportunidad de sentir el valor de la familia. “Es algo increíble. Hoy en día son mis mejores amigos. Puedo hablar con cada uno de ellos sobre cualquier cosa. Siempre me dan buenos consejos y, si tengo un mal día, puedo llamar a cualquiera de ellos. Crecer así es, básicamente, tener cuatro compañeros de equipo. No importa cómo estás, tienes gente que siempre va a estar ahí para ti y gente que siempre te va a decir lo correcto. No siempre es lo que quieres oír; a veces, en situaciones difíciles de la vida, puedes buscar algo suave, pero mis hermanos siempre dirán algo como: “¿Qué estás haciendo mal?” Eso te hace ver que puedes tener un mal día, pero también pensar: “Hey, está bien. No pasa nada”. Así que creo tener lo bueno y lo malo con ellos. Siempre pueden empujarte e impulsarte hacia adelante y eso también me ha ayudado ahora como adulto a resolver mis cosas. Por ejemplo, me voy a casar y, como mi hermana mayor está casada, puedo hacerle preguntas sobre la vida, estar casado o tener hijos. Así que es increíble. Mis padres hicieron un trabajo increíble, cada hijo da algo especial”, reconoce.
El vínculo familiar no sólo se siente con fuerza en su interior, sino que también se refleja en el exterior a modo de tatuaje. Siete flechas (una por cada miembro de su familia) sobre las que se destacan las siete letras del apellido Sestina en el bíceps derecho simbolizan la fuerza de una familia.

UN ÁRBOL EN MITAD DEL BOSQUE
A la pasión deportiva y la fuerte unidad familiar que marcaron la juventud de Nate Sestina, se suma otro aspecto clave en su desarrollo: sus raíces. Emporium, una pequeña población enclavada entre colinas, es un lugar donde nadie es un extraño y todos colaboran para que la comunidad prospere. Allí han vivido cuatro generaciones de la familia Sestina, y en ese entorno protector creció Nate. Un rincón idílico, lejos del bullicio de las grandes ciudades (Búfalo está a poco más de dos horas en coche), ideal para disfrutar de la naturaleza.
Nate y sus hermanos vivieron felices allí, especialmente en sus escapadas a la cabaña en el bosque que construyó su abuelo. “Era una vía de escape. Yo soy de un pueblo pequeño, pero siempre fue agradable alejarse al bosque y estar tranquilo en la naturaleza. No había cobertura de teléfono ni Internet. Era muy agradable estar allí con la familia y, a medida que crecíamos, invitábamos a algunos amigos. Era perfecto estar allí arriba, era tranquilo y pacífico. Veías fluir las aguas de los pequeños ríos, oías el canto de los pájaros, el fuego crepitar”, rememora Nate. El jugador nos cuenta que esa casa fue vendida, pero que le gustaría tener otra en el futuro para revivir aquellos momentos especiales.
Por desgracia, esta bucólica postal tenía una contrapartida: lo difícil que era destacar deportivamente en un lugar tan aislado. Al igual que podríamos preguntarnos qué sonido hace un árbol al caer en mitad de un bosque si nadie lo escucha, surge la duda de cómo se puede saber si un jugador tiene talento si nadie lo ve. “Tengo que reconocer el mérito de mi padre, porque viajó conmigo a todos los torneos. No faltó a ningún partido en los cuatro años que jugué al baloncesto yendo de un lado a otro. Lo veía todo. Vivíamos en un pueblito, y había que conducir para ir a entrenar y luego conducir de vuelta, y lo mismo para ir y volver a los torneos”, asegura Nate.

En aquellos silenciosos inicios, ser profesional resultaba una quimera y, por más que Nate despuntara como anotador y compartiera la facilidad reboteadora de su hermana Kristin, parecía improbable que un chico del instituto Cameron County atrajera la atención de una universidad importante. “En una ciudad pequeña, es difícil porque no hay luces brillantes. No hay focos sobre ti”, asegura. Fueron años de gran esfuerzo y sacrificio compitiendo en torneos donde intentar sacar la cabeza y que alguien viera en él a un potencial jugador profesional. Pensando en aquellos comienzos, Nate cree que “muchas personas no se dan cuenta de todo el trabajo que hay detrás. Todos los días en la pista del instituto lanzando, reboteando, haciendo pesas y corriendo, y luego yendo a clase para volver a la pista. Esas pequeñas cosas que nadie ve es lo que creo que te hace especial y te permite convertirte en profesional. La gente, normalmente no ve esas pequeñas cosas o sólo ve el producto en la cancha, pero es necesario apreciarlo”.
Por suerte, sus números (22 puntos y 14 rebotes de media en su último año) y liderar al equipo a dos títulos estatales le sirvieron para jugar con la Universidad de Bucknell. El trabajo en la sombra dio sus frutos y Nate se convirtió en el primer jugador de su instituto en más de 40 años que conseguía una beca para jugar en la primera división del deporte universitario norteamericano.

Pese a esa ilusión desbordante, Nate tuvo que hacer frente a un año de novato amargo donde una operación en el hombro puso fin a su temporada antes de tiempo. Sin embargo, si algo le enseñaron las carreras militares de sus hermanos fue el valor del esfuerzo y el sacrificio. Lecciones que le ayudaron a superar la lesión y, con el tiempo, a convertirse en el líder de un equipo que alcanzó el torneo final de la NCAA en las temporadas 2017 y 2018.
Nuevamente, sus números individuales y el impacto en el juego colectivo atrajeron la atención de los grandes escenarios deportivos, y en 2019 John Calipari lo reclutó para la Universidad de Kentucky aprovechando que el año lesionado le permitía jugar una temporada más. Si ya era impresionante que Calipari lo llamara, hacerlo en el Rupp Arena, con capacidad para 20.500 espectadores, fue un sueño hecho realidad. “El Rupp Arena, donde juega Kentucky, es increíble y todos los partidos tienen las entradas agotadas con más de 20.000 personas. No hay deportes profesionales en Kentucky, así que jugar en la Universidad de Kentucky o Louisville se convierte en una locura. Cada partido, aunque sea un lunes por la noche a las 21:00, hay más de 20.000 espectadores. Es increíble y tienen los mejores aficionados. Viajan a dónde haga falta. Estuve en Turquía y había aficionados de Kentucky. Es increíble”, declara.
En palabras del jugador, ese año fue una oportunidad inmejorable para perfeccionar su juego y dar el salto al profesionalismo gracias a la inestimable ayuda de uno de los más afamados entrenadores universitarios en las últimas décadas. “Él cambió mi vida. Realmente lo hizo. Me puso en una trayectoria diferente, una velocidad diferente para crecer en mi carrera profesional. Él simplemente te inculca una ética de trabajo y una energía para conseguirlo. Él te empuja al límite todos los días”, asegura añadiendo que “le debo todo por ayudarme a construir una fortaleza mental que yo pensaba que tenía, pero que él realmente la construyó. Si le preguntas a cualquiera que juegue en Kentucky, todos dicen que si puedes jugar para el entrenador Cal, puedes jugar para cualquiera. Y eso es verdad”.

UN BALCÓN AL MUNDO
Durante esas temporadas, el anhelo de jugar en la NBA siempre estuvo presente, pero también tenía claro que había vida más allá de la liga norteamericana y, quizá porque se graduó en Geografía, comprendió que había todo un mundo por explorar más allá del valle que lo vio crecer. “En primer lugar, estaba agradecido por poder seguir jugando al baloncesto. Eso es lo más importante para mí. No importa en qué parte del mundo estés, poder ganarte la vida jugando al baloncesto es especial”, asegura. El jugador se siente muy afortunado por hacer lo que más le gusta, aunque no esconde la otra cara del profesionalismo y sabe la dureza emocional que significa jugar lejos de casa. “Estás lejos de todo el mundo y te tienes que cuidar de ti mismo. No importa si tienes un mal día o un mal partido o una mala racha de partidos; vuelves a tu apartamento y es duro. Pero sabes que siempre tienes buenos compañeros de equipo, o está mi familia, así que puedo apoyarme en cualquiera de ellos, especialmente en mi madre. Ahora que ella y mi padre se han jubilado, puedo llamarles en cualquier momento y siempre me contestan al teléfono”, reflexiona.

Tras un breve paso de 15 partidos por la Liga de Desarrollo con los Long Island Nets, Sestina volvió a hacer las maletas para jugar en el Hapoel Holon israelí, donde conquistó la Balkan League. Nuevamente, sus buenos números (16,8 puntos y 5 rebotes) y un título llamaron la atención en Turquía, y firmó con el Merkezefendi Belediyesi y el Türk Telekom Ankara antes de jugar la pasada temporada con el Fenerbahçe. Un viaje acelerado, con muchos cambios y que describe como “muy poco convencional. Ha habido un montón de altibajos. Desde el exterior se ve muy bien y bonito, pero cada temporada ha tenido sus idas y venidas. Incluso cuando llegué aquí, empecé muy mal y ahora vuelvo a sentirme yo mismo poco a poco. La cultura, el equipo, la comunidad que hay aquí y en cada uno de los equipos en los que he podido estar, me han ayudado a mantener la cabeza fría”, afirma.
Ahora, cinco años después de salir de Estados Unidos (y algunos más desde que dejó su querido Emporium), Nate Sestina se dispone a continuar su marcha haciendo escala en España, un país que, curiosamente, visitó en 2016 en un viaje solidario con una academia de baloncesto. “Fue un viaje de buena voluntad: llevamos ropa y comida a gente en España mientras jugábamos algunos partidos. Es una locura porque me encantó el viaje y siempre pensaba que sería genial jugar en España… ¡Y aquí estamos!”, recuerda.

A sus 27 años, Nate Sestina no deja de trabajar para alcanzar nuevas cimas, consciente de que su legado va más allá de las estadísticas o los títulos. Desde los días en que competía con sus hermanos en el patio de su casa en Emporium, hasta las noches en las que enfrenta a los mejores equipos de Europa, Nate ha construido una carrera basada en el esfuerzo, la resiliencia y el apoyo de una familia que siempre ha sido su ancla. Pero su ambición no se limita al baloncesto: también quiere ser recordado como un hombre que inspiró a otros, que honró sus raíces y que llevó consigo los valores que aprendió en el valle que lo vio crecer. “Sinceramente, quiero ser un campeón de alguna manera. Quiero ganar. Para mí, en el baloncesto, es una de las cosas más importantes. Me encanta ganar. Me encanta cómo me hace sentir, el orgullo que me produce y la alegría que me da, pero lo que realmente quiero es, cuando tenga que mirar atrás, sentir que en cada sitio he dejado un lugar mejor de cuando llegué y espero que en los próximos dos años pueda hacer eso aquí”, señala.

En cualquier caso, Nate sabe que su lugar en el mundo siempre será aquel donde creció y donde regresa cuando las temporadas acaban. Allí, Nate se reencontrará con Keith, su amigo y compañero de partidas al Call of Duty en la distancia, y le enseñará los sellos de los nuevos países que llenan su pasaporte, visitará la cafetería Aroma Café y tomará su favorito: el Black Rifle Coffee (una compañía fundada por exmilitares que destina fondos para ayudar a veteranos y que conoció cuando su hermano le regaló una de sus tazas). Es una pequeña debilidad que la distancia no ayuda a superar porque, si bien asegura que “me estoy aficionando un poco al café español y me encanta el café italiano”, confiesa que “estoy intentando que mi hermana me envíe granos de café”.
Y seguro que, durante los paseos que de por las calles de Emporium, algún vecino se detendrá a saludarlo y a preguntarle por cómo ha ido su año en Europa. Ese es un cariño que siempre ha sentido y que guarda como el mejor tesoro. “Sinceramente, es una lección de humildad porque recibes mucho amor y apoyo, y yo lo sigo sintiendo. Es una locura. Estoy en el quinto año como profesional y cada vez que vuelvo a casa, siempre me preguntan: ‘¿Qué tal el baloncesto?’”, reconoce. Al final, por muchas vueltas que se den y kilómetros que se recorran, no hay mejor sensación que la de estar en casa junto a los tuyos.
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