Catorce huellas de 'Mano Santa'
Si la vida de Oscar Schmidt bien pareció un cuento, ¿por qué no resumirla en 14 capítulos? Ídolo de Kobe y Maradona, tesoro nacional de Brasil, leyenda en Caserta, eterno en Valladolid. La historia de 'Mano Santa', por Daniel Barranquero
"Son tus huellas el camino y nada más. Caminante, no hay camino... se hace camino al andar"
Antonio Machado
I - El nacimiento de una obsesión
Sostenía el célebre fotógrafo húngaro Brassaï, icónico en el pasado siglo, que el deseo de dejar una huella de lo efímero de la vida es lo que provoca la creación artística. Con una cámara o con un balón de baloncesto, hubiera replicado, con acento brasileño, uno de esos nombres de guerra que trascienden el deporte para sonar y resonar hasta en el oído del extraño. Oscar Daniel Bezerra Schmidt, en su pasaporte; Oscar Schmidt Bezerra, en la memoria colectiva; 'Mano Santa', en el recuerdo eterno.
Abuelo alemán, madre yugoslava. Raíces en Natal, capital de Río Grande del Norte. La ciudad del faro al viento le dio la bienvenida un 16 de febrero de 1958. Año de sequía, de bossa nova y de fútbol. De mucho fútbol. Pelé, sus 17 primaveras y el Mundial en sus manos, mientras Oscar lloriqueaba en su cuna. La primera estrella de las cinco que hoy porta en el pecho el pentacampeón del mundo, condujo a varias generaciones a convertir la pasión por el balompié en religión, una religión que también pareció atraparlo a él. "Mi primer balón fue de fútbol", confesaría. "Y no se me daba mal, aunque era demasiado grande", añadía, reconociendo que eso del básquet ni siquiera fue su segunda opción. El plan B se llamaba natación.

© Foto Oscar Schmidt
Sin embargo, la mudanza a Brasilia a la edad de 13 y sus 190 centímetros de altura lo acercaron a la pelota naranja. Probó con Salesianos y, viendo su físico y potencial, su coach Zezão le animó a entrenar con la Unidade Vizinhanca de Larindo Miura, un entrenador japonés que contagiaba con su aura mística. El adolescente no dudó en abrazar la paciencia y la perseverancia, repitiendo hasta el infinito los movimientos que le ordenaba el nipón, con ejercicios tan dispares como driblar con una mano y recoger piedras del suelo con la otra o esquivar sillas pasando por debajo y por encima de diferentes cuerdas. Desde muy pronto, Miura vio madera en el tiro de Oscar, regalándole un consejo que marcaría su vida:
- Cuando tiras... ¿llegas a ver la canasta?
- No, me cuesta.
- Entonces... ¡coloca el balón más arriba!
- Pero entonces no meteré ninguna.
- Empieza a hacerlo así una y otra vez y algún día meterás muchas.

© Foto Oscar Schmidt
El nacimiento de una obsesión, ensayo y error hasta la locura. Cientos, miles, decenas de miles de tiros al mes desde todas partes, pese a que cuando superó los dos metros el Palmeiras le reclutó como pívot. Corría 1974 y ni siquiera una grave lesión a sus 17, que le dejó en el dique seco un largo año, contuvo lo incontenible. Las horas y horas de entrenamiento, lanzando incluso con escayola, le permitieron vivir una progresión explosiva, llamando la atención muy rápido. Aquel verano en que ganó dos Sudamericanos en cuestión de semanas y en dos categorías diferentes. Del premio al mejor '5' a los cuatro torneos paulistas con Palmeiras, pasando, claro, por el mágico 1977, en el que se vistió de internacional absoluto y de campeón sudamericano. Tenía solo 19 años.
II - El hombre que anotaba y lloraba
En ese 1977 de fantasía, un golpe de casualidad pudo cambiar su destino. La famosa universidad de Michigan acudió al país de gira y regresó trasquilada. Un combinado brasileño sin fisuras y un Oscar sin piedad, ante la mirada hipnotizada de un tal Earvin Johnson: "Poseía un gran lanzamiento. Tendría 19, pero ya podía ver que era uno de los mejores de su selección". Su ilusionante carta de presentación provocó que le ofreciesen una beca para jugar en los Spartans de 'Magic', pero su negativa tajante vislumbró lo que estaba por venir: él, solo él, elegiría dónde y cómo dejar huella.

© Foto Oscar Schmidt
Al curso venidero, tomaba la elástica del EC Sirio, un club de São Paulo hoy centenario, fundado por emigrantes árabes, que pasó de conformarse con ganar cada año el derbi a sus archirrivales del Monte Líbano, a ser uno de los grandes del país. Tres veces vencedor nacional en esa década, la llegada del joven de Natal elevó el listón hasta el peldaño más alto posible. El campeonato brasileño, el Sudamericano, la soñada Intercontinental. Triple corona a los 21 con el '14' a la espalda, homenaje a su mujer. Transformado ya en alero, su fiabilidad en el tiro rozaba la frontera de lo imposible. "Nunca había visto nada igual en mi vida", exclamaba la leyenda de los banquillos Bojan Tanjevic, que le había sufrido en la final de la Intercontinental. Su Bosna Sarajevo, monarca europeo al compás de Mirza Delibasic, no se esperaba que ese veinteañero salido de la nada les clavase 42 puntos. Y eso que en los diez primeros minutos no había sumado ni uno. Coronado como héroe, sus lágrimas antes del bocinazo definitivo, con invasión de pista al cántico de "¡Campeones del mundo", serían las primeras de las muchas que vería Tanjevic. "Perdí un título, pero descubrí a este hombre que anotaba y lloraba".
Por ello, dos años después, en el verano de 1982, el técnico se acordó de Oscar al asumir el mando del Caserta. El conjunto napolitano, de la A2 italiana, estaba obstinado en revertir esa dicotonomía pobreza/riqueza del sur y el norte del país. Chequera en mano, Bojan Tanjevic cerró la llegada de Moka Slavnic y la futura incorporación del propio Delibasic (un infarto cerebral del bosnio impidió, en palabras del entrenador, que allí se viese "la mejor pareja de la historia") antes de apostar por el campeón brasileño, que había pasado unos meses en el América de Río de Janeiro. Nadie, ni aficionados ni directivos, entendieron que la escuadra no se lanzase a por el fichaje de un estadounidense en lugar de ofrecer un suculento contrato por un lustro a un sudamericano del que, por muy vencedor de la Intercontinental que fuese, se sabía bien poco. En cambio, Tanjevic veía en él cosas de Jake Sima (campeón de la NBA con Seatle y padre de Luke, con pasado aurinegro y taronja), empeñándose en que aprendiese aspectos de su juego. Schmidt fue un líder desde el primer curso. De su inspiración, al ascenso inmediato le sucederían siete temporadas en Playoff y hasta en su campaña más "mala" tirando, garantizó un 43,8% desde el exterior. Y en la menos anotadora, la primera, superó los 28 de media para luego crecer y crecer, siempre por encima de la treintena, hasta los 36,7 de la 1987-88.
A su lado, el talento iba y venía, con profesionales de la talla de Marcel de Souza, Mike Davis, Horacio López, Sandro Dell'Angelo, Vincenzo Esposito, Fernandino Gentile o Gueorgui Glushkov ("Se acuerdan más de mí por ser pareja de Oscar que por ser el primer europeo en la NBA", diría el búlgaro) engrandeciendo su figura en los diversos proyectos de Caserta, todos entregados a su don. ""Yo sabía que él necesitaba 22 o 23 tiros por partido. A cambio nos garantizaba 30 puntos, poniéndonos sobre sus hombros, ayudándonos y protegiéndonos sin pedir nada a cambio. Nunca se comportó como una estrella pese a que lo era", recordaba un Tanjevic que, pese a reconocer que la defensa no era precisamente el fuerte de Schmidt, sí reivindicaba que lo suyo iba más allá de su idilio con los triples. "Es mucho más que una gran mano. ¡Hasta en cuatro ocasiones fue nuestro mejor reboteador!". El alero botaba con destreza ante jugadores más pequeños, fintaba burlesco por sorpresa, bailaba en la zona cuando le apetecía -¡vaya ganchos!- y conseguía encontrar en sus saltos el espacio que solo existía en su cabeza. Prohibido bajar el balón. Canastones de ocho metros, en carrera. Sin ángulo, sin razón. El héroe de un pueblo orgulloso.
III - Hacer historia perdiendo
"Brucia la, brucia la, brucia la retina; o rey Oscar brucia la retina!" ("Quémala, quémala, quema la retina. ¡El rey Oscar quema la retina!"). "Oscar, mitraglia... é il grido di battaglia!" ("Oscar, ametralladora... ¡es el grito de batalla!"). Rugen los tifosi de Caserta, que le adoptan bajo el nombre de 'Oscarinho'. Hasta el propio Diego Armando Maradona, mariscal en el vecino Nápoles, cayó rendido a sus pies, acudiendo a todos los partidos que podía para animar como un fan. Dos locos por sus banderas que, al término de cada choque, compartían confidencias y comilonas. "Es el mejor jugador del mundo estoy enamorado de su forma de ser", diría el astro argentino.
Que registro histórico fantástico de Diego Maradona torcendo por Oscar Schmidt na Itália.pic.twitter.com/FgGQFMjzs9
— Leonardo Bertozzi (@lbertozzi) April 18, 2026
"La semana de su cumpleaños no entrenaba un día, allí era el puto rey", explicaba en una entrevista con Jotdown Joe Arlauckas, fugaz compañero, asombrado con la devoción de los casertani. Y eso que, visto con la perspectiva del tiempo, un solo título en esos ocho años se antoja escaso botín para un jugador que siempre se autodenominó ganador y para una escuadra que rozó la gloria en demasiadas ocasiones. La Copa perdida ante la Virtus en Bolonia (1983), la Korac que se escapó en el 86 frente a Banco di Roma o, en el mismo año, la Liga que le arrebató, en el desempate, el feroz Simac Milán, en el adiós de Tanjevic. A la llegada de su sustituto Marcelletti (86-87), otra final liguera perdida contra el gigante milanés, a la postre doble campeón de Europa.
Al fin, un año más tarde y enrabietada por la eliminación en semis de Korac a manos del Barça, Caserta curó su orgullo dañado conquistando su primera Copa. Un thriller con una víctima (Divarese) y dos prórrogas que no logró cambiar un guion quizá ya escrito. El siguiente título del club llegaría sin la presencia de 'Oscarinho'. Antes, como epílogo, una derrota molesta (Copa 89 ante Knorr Bolonia) y otra que le rompió el alma. Aquella final de la Recopa del 89 ante el Real Madrid hoy entra, con poca discusión, en cualquier debate sobre el mejor partido FIBA de la historia, marcado por la batalla entre Drazen Petrovic (62 puntos) y Schmidt Bezerra (44).
"¡A este ritmo Schmidt las mete todas!", gritaba con asombro Ramón Trecet durante la retransmisión de TVE, en plena catarsis del brasileño. El último triple, que cayó con hielo, consumó la reacción de los italianos para empatar a 102 con pocos segundos por disputar. Entonces, tras un robo en el último ataque blanco, la polémica reclamó su lugar. Al mismo tiempo que se señalaba falta sobre Gentile, los árbitros daban por concluidos los 40 minutos reglamentarios. Y la mesa de anotadores, igual de encandilada por el espectáculo que la propia grada, confirmó su dulce condena. ¡Sigan, sigan! La prórroga salió cruz para sus intereses (117-113) y esa herida nunca terminaría de cicatrizar:
- Cada vez que veo ese final hago el cálculo de segundos y, todas las veces, me sale que Gentile debería haber tirado ese 1+1 con 0 segundos en el luminoso. Nos robaron un poquito.

© Foto Juvecaserta
IV- El amor se llama rebote
Probablemente si no fuese porque él mismo lo contó con orgullo, uno pensaría que aquella historia tan repetida sobre el nacimiento de su primer hijo era solo leyenda urbana o mera exageración. Y es que, cuando el médico le dijo que a su esposa no podría dar a luz hasta cinco horas más tarde, 'Mano Santa' se fue a una pista de Nápoles a tirar y tirar hasta la llegada de Felipe. Desde luego, con Maria Cristina muy pronto entendió ese extraño modo de amar. Con 17 años, cuando emergía como estrella de presente y futuro en Palmeiras, la primera lesión grave de su trayectoria reforzó su sensación de que estaba ante la mujer de su vida. Con el pie hinchado, al alero le pidió a su novia que le acompañase a un entrenamiento de tiro para hacerle un favor: tras cada triple intentado, necesitaba que ella recogiese la pelota y se la pasara para volver a lanzar. Una, diez, cien, mil. Un día, un mes, un año... y toda una carrera.
Los pases de ella, con más cariño y amor incondicional que precisión, acabaron por forjar otra virtud de Schmidt, la de ser un brillante receptor, al que le podías pasar una lavadora que ya se inventaría cómo controlarla y meterla por el aro. Esa poco común manera de entrenar, con su mujer como fiel reboteadora y asistente ("Me voy a casar con ella", se repetía a sí mismo desde la primera sesión en tándem), cruzó el charco para llamar enormemente la atención durante su etapa en Caserta. Los lunes, día libre, Oscar y Maria Cristina aparecían por la pista de entrenamiento para ocuparla durante horas, en parte por la particular tradición del de Natal.
Resulta que el jugador, acostumbrado a dobles sesiones diarias de hasta mil lanzamientos a canasta (500 por la mañana, 500 a la tarde), había ideado un sistema por el cual no concluiría ningún entreno sin haber previamente anotado veinte triples de forma consecutiva. A veces le costaba dos o tres intentos. Otras, simplemente, su precisión le acarreaba serios problemas de impuntualidad, pues el bus ya arrancaba y él seguía sin fallar. Otra cosa no, pero eso de encadenar noventa aciertos seguidos quita tiempo a cualquiera.

© Foto Juvecaserta
"Su brazo parecía de metal", cuchicheaban sus compañeros, asombrados por su dureza tras tanto triple. Algún que otro oponente también lo notó, por qué negarlo. "Llegué a Caserta con una mano escayolada por un puñetazo dado a un adversario. Desde ese momento me convencí de no hacerlo nunca más". Pese a tener algún otro episodio de ser consciente de hasta qué punto intimidaba su brazo -unos tifosi apedrearon el bus del equipo y él salió sin pensárselo a hacerles frente-, durante el resto de su carrera el alero únicamente usó su fuerza en pos de la canasta. Se lo había prometido a Maria Cristina.
V - El triunfo de una generación
Arturo 'Mano Santa' Guerrero, uno de los mejores jugadores de la historia de México, se enfrentó en una ocasión a Brasil y fue tan amplia la superioridad de Oscar, con diez años menos, que los comentaristas brasileños se crecieron hasta el punto de adueñarse del mote. "¿Ese es 'Mano Santa'? ¡Nosotros sí que tenemos a 'Mano Santa'!" Y el mito ya nunca dejó de crecer. Y es que si Schmidt era fiero con Sirio o Caserta, sus adversarios temblaban cada vez que lucía la canarinha. Ary Vidal, al mando. Marcel de Sousa, cual perfecto escudero. Campeón sudamericano en 1977, 1983 y 1985 y bronce mundial en el 78, su estreno olímpico en Los Ángeles 84 resultó prometedor. Dos veranos más tarde, en el Mundobasket del 86 en España, le pidió a su seleccionador no ir convocado para descansar tras el nacimiento de su hijo. Convencido a última hora de acudir, pasó de arrancar de forma errática a endosarle 30 tantos al anfitrión español para alcanzar la 4ª plaza, tras una severa eliminación en semis por parte de Estados Unidos.
En una época en la que a USA le bastaba con mandar talento universitario para conquistar el planeta, el Panamericano del 87, celebrado en Indianápolis, parecía un trámite para aquel conjunto comandado por el 'Almirante' Robinson, con Danny Manning o Rex Chapman al rescate para arrasar a cualquier oponente. Pese a castigar con 53 puntos a México y quedarse para siempre con el poético apodo de 'Mano Santa', el monstruo yanqui subestimó a un Oscar que, para ser sinceros, tampoco creía en la hazaña. "Pensábamos que podíamos perder de 50, entramos con miedo al partido". Con Estados Unidos veinte arriba, y él en modo terrenal, Schmidt entró en trance tras pasar por vestuarios. Todo le entró, todo. Cinco triples seguidos silenciaron al público local, y tan gigante se vio que hasta se atrevía a gritar a sus inexpertos rivales para meterles presión. Funcionaba. Sus 35 puntos en la segunda parte -46 en su cuenta global- hicieron el resto. ¡115-120 para Brasil!
23 de agosto de 1987.
— NBA da bad (@NBAdabad) August 4, 2024
O Brasil ganhava dos EUA por 120 a 115 e conquistava o Ouro no Pan-Americano.
Foi a 1ª derrota na história dos Estados Unidos jogando em casa. Oscar Schmidt marcou 46 pontos.
Foi nesse dia que começou a se cogitar um Dream Team para 1992 nas Olimpíadas. pic.twitter.com/ypBwGMdEpH
Sus lágrimas, tumbado en el suelo, celebrando al término del encuentro. La red que se llevó para su colección. El respeto en tierra ajena. El boom total del baloncesto en su país. "Fue la mayor conquista de mi generación. La primera derrota en casa de Estados Unidos, la victoria que ayudó a cambiar las reglas y a que dejasen de enviar universitarios". Willie Anderson, su defensor aquel día, llegó a confesar que se pasó meses teniendo pesadillas, despertando de madrugada entre sudores con la imagen del alero anotando desde todas partes.
Aquel oro fue su obra cumbre con la '14' canarinha, pero su inspiración se extendió a lo largo de los años. En Seúl 88 destrozó topes previos con un tanteo medio de 42,3 por encuentro, un récord olímpico que sigue sin ser superado, como el de sus 55 puntos ante España en esos Juegos que siempre recordó como una espina clavada. "No hay un día de mi vida que no me acuerde del tiro que fallé ante la URSS. Era sencillo y podía meterlo. Tengo la certeza de que, de hacerlo, hubiéramos sido nosotros los campeones olímpicos y no ellos", se lamentaría, rabioso por la quinta posición en aquella cita. Cada verano, una nueva hazaña. Los 45 a Estados Unidos en el Sudamericano 89, los 50 frente a Australia como tope histórico en el Mundial, la quinta plaza en Barcelona 92 y su buen hacer ante el Dream Team, o la felicitación de Bill Clinton tras ser el máximo artillero en Atlanta 96, camino ya de los 40. La Brasil de Oscar fue mucha Brasil.
VI - "¿NBA? No, gracias"
Cuando el General Manager de los Nets vio a Oscar en esa primera sesión sobre el parqué de Princeton, un sudor frío le recorrió. "Enseguida nos dimos cuenta de que era mejor que los que habíamos escogido antes que él", declararía años más tarde Al Menéndez, impresionado tras verle anotar 17 canastas seguidas a media o larga distancia en su primera sesión. "No es que fuera un gran tirador, es que era el mejor que había visto", apostillaría, arrepentido por no haberle podido convencer para firmar con su franquicia.
En realidad, el orgullo de Schmidt estaba herido tras ese draft del 84. ¿Qué era eso de sexta ronda? ¿De veras elección número 131? "Me ofendieron. No se creían que se jugaba al básquet fuera de Estados Unidos y, solo por eso, acepté la invitación al campus para demostrarle que se equivocaban y que estaban perdiendo mucho. En esa pretemporada, le dije al entrenador que cada minuto que me diera sería un punto. Y cumplí en esos cinco partidos. ¿25 minutos de media? Pues 25 puntos. Y 60 si me hubieran dado más de 30". Tras merendarse a los Sixers de Barkley, los Nets subieron su apuesta inicial. Se le propuso un contrato sin precedentes, equivalente al de un primera ronda y, sin embargo, la oferta estaba muy por debajo de los 180.000 dólares que cobraba por año en Caserta.
A partir de ahí, dos versiones de la historia, seguramente cada una de ellas con fundamento. "Les dije que la NBA no le llegaba a los pies de mi selección brasileña", narraba orgulloso, recordando que si hubiera jugado en la liga estadounidense una regla de la época le impedía participar con su país. Por otro lado, la diferencia económica entre ambas propuestas fue tan grande que es complicado saber a ciencia qué hubiera pasado en igualdad de condiciones. "Cuando me ofrecieron el contrato, les dije 'no, gracias'. Nunca fui pesetero, pero viví del deporte y tenía que asegurar mi futuro".
"No fue una cuestión de dinero, sino de orgullo", insistía ante las dudas, confesando que no tomó en demasiada consideración las propuestas futuras de la NBA, especialmente tras las exhibiciones que protagonizó frente a Estados Unidos. Elegido en el draft a los 26 y encumbrado por los ojeadores estadounidenses a las puertas de la treintena, su edad tampoco jugaba a su favor. "No me veía chupando banquillo, lo mío no era ser recambio de lujo. Allí eres solo una mercandía. La frialdad es aterradora y hay la misma emoción en Italia", explicaba aquel que fue escogido en una encuesta de la liga norteamericana en el mejor Quinteto Extranjero de la historia sin ni siquiera haber pisado la NBA. Hasta los Nets le rindieron homenaje en el nuevo siglo, pese a que nunca fructificó un romance que, en palabras de Schmidt, hubiera dejado huella:
- Si hubiera jugado en la NBA habría sido top ten de todos los tiempos.
VII - El Scudetto que nunca llegó
"Mi mayor dolor fue que me echaran de la Juvecaserta en 1990, a pesar de mi amor al club. Me sentí traicionado, sé quién y cómo fue", confesaría 'Mano Santa' transcurrido un cuarto de siglo de su extraña salida del club donde fue leyenda. Que, para colmo, "su" conjunto conquistase el ansiado Scudetto justo tras su partida hizo más profundo aquel pesar. "Pareció que yo fuera la parte negativa de aquella plantilla. Deseaba tanto ese Scudetto…"
En realidad, fue más bien un ajuste de roles. Caserta cambió la configuración de un plantel con perfiles que se pisaban entre sí y él fue el damnificado. "El choque lo tuvo con Gentile y Esposito, porque era un equipo lleno de anotadores natos. Hubo un partido en el que metí más puntos que él y se mosqueó un poco, pero era un jugador de la hostia", aclaraba Arlauckas, confirmando las habladurías que apuntaban a sus tiranteces con las dos perlas italianas desde la segunda final liguera perdida ante Milán. La directiva le abrió la puerta de salida del club con una única condición: no podría firmar por ningún otro club de la máxima categoría ("Tenían miedo de jugar contra mí"), por lo que el alero decidió revivir su historia desde la casilla de inicio, ahora al suroeste de Lombardía.

© Foto Pallacanestro Pavia
Sonaron varios grandes europeos, pero, finalmente, el Fernet Branca de Pavia, de la A2 transalpina, sería su peculiar destino en el verano de 1990. El embrujo de un buen contrato. Como en Caserta, el primer año fue sinónimo de ascenso. Y de récords, de muchos récords, con una histórica media que rebasó los 44 tantos y duelos en los que se iba a los sesenta sin pestañear. En su reencuentro con la élite no detuvo el frenético ritmo, llegando a promediar un tanteo de 39,6 en la élite durante la temporada 92-93, última en tierras italianas. Tras 11 campañas, casi 14.000 puntos en su casillero, 34,5 de promedio y un asombroso 46,4% en triples para un volumen tan elevado de intentos, el hundimiento de la lira y la crisis económica -del país en general y de su club en particular- precipitaron su marcha. La presidenta del Pavia le puso precio (180.000 euros de la época, que no era poco para un jugador de 35 primaveras) y, por fin, la acb se cruzó en su camino durantes las vacaciones de 1993.
Once años atrás, justo antes de firmar por Caserta, Schmidt Bezerra estuvo muy cerca de comprometerse con el Cotonificio de Aíto García Reneses. En 1986, tras ser verdugo de España en el Mundial, el Real Madrid le propuso un jugoso contrato que ni inmutó a la escuadra italiana. "¿Qué es eso del Madrid? ¿Te dan tres temporadas? Pues yo te ofrezco cuatro". Y se quedó en Italia, con 1,1 millones de dólares a percibir y el contrato firmado por Mendoza enmarcado en su sala de trofeos. Los blancos lo volverían a intentar en el 90, pero 'Mano Santa' no se decidió por una propuesta española hasta tres años más tarde. Ni Aris, ni Trapani. El Fórum Valladolid como destino. El cuadro pucelano quiso compensar a su hinchada, huérfana por la marcha de Sabonis ("Yo pensé que jugaría allí con él, juntos lo hubiéramos ganado todo... aunque hubiéramos necesitado dos balones") y, tras probarlo en primer lugar con Audie Norris, se cansó de esperar, pagó su cláusula de salida y le ofreció medio millón de dólares al año. Trato cerrado. En su presentación, sin demasiado glamour en una oficina de viajes de la calle Iscar, Oscar dejó en ella una frase profética, cual aviso a navegantes: "Tengo 35 años, pero si dependiera de mí jugaría otros 10 más".
VIII - O rei do triple en Pisuerga
"Llega O rei do triple", titularía El Mundo Deportivo tras su sonado fichaje por el Fórum, con el convencimiento de que, como efectivamente ocurriría, el arte del triple estaba llamado a marcar su etapa vallisoletana. Curiosamente, los primeros que anotó con su nueva camiseta, fueron de nuevo en Italia, en el All Star organizado entre acb y Lega. Su exhibición en la final para tumbar a Djordjevic, tope incluido del concurso, aún se recuerda en Roma. "Uno de los momentos más emocionantes de mi carrera lo viví ahí, con un público que me silbó como rival durante años apoyándome ahora para ganar. Era la única oportunidad que tenía ese año de jugar en Italia y quise complacerles". La ovación, tifosi en pie, fue tan enorme que Oscarinho tuvo que dar dos vueltas a la pista para dar las gracias. Buena forma de decir adiós. Buena forma de empezar una nueva historia.
Recuperando el 14' a la espalda tras llevar el '18' en Caserta y el '11' en Pavia, Mano Santa' debutó en territorio acb con 31 puntos ante OAR Ferrol, antes de otros 38 al Real Madrid. 46, 45, 42... Oscar no bajó de los 25 en las 12 primeras jornadas, dejando otra de sus huellas un 19 de marzo de 1994, ante el Murcia. Allí, con el partido casi perdido (64-45), empezó a anotar triples como un loco ("Quería jugarse todos los balones que hiciera falta y estaba tan en vena que se la dábamos. Anotaba con un defensor encima, cayéndose... fue increíble, algo fuera de lo normal", diría su compañero Lalo García), acariciando la remontada y pulverizando cualquier registro previo.
Su nuevo récord triplista (11) tardaría dos décadas en superarse. Desafortunadamente para él y para su equipo, aquel show desde la larga distancia fue una metáfora perfecta de lo vivido ese año. Un sinfín de exhibiciones sin premio más allá de 4 galardones a MVP de la jornada y de los trofeos al máximo triplista y al máximo anotador (33,2) y un plantel que moría siempre en la orilla, hasta el punto de perder la categoría en una infausta serie contra, ironías del destino, el propio cuadro murciano. Pocos recuerdan que ese último partido horrible, con 1/10 desde el perímetro, lo jugó enfermo, con una severa gastroenteritis. "Dichosa coca cola y dichoso chorizo frito", se lamentaría Monsalve, al que llamó de noche por teléfono para pedir perdón entre lágrimas. Sin embargo, una carambola lejos de la cancha, le salvó de abandonar Valladolid con mal sabor de boca. El Caja Bilbao renunció a su plaza tras ascender, acuciado por compromisos económicos, y el Fórum recuperó la categoría, diseñando una plantilla más compacta y fiable alrededor de Schmidt, bajo el mando de un Brabender que le pidió menos tiros. Funcionó. Los Lalo García, Anicet Lavodrama o Mike Hansen contactaron tanto con él que el brasileño decidió ignorar una propuesta de Obradovic para no dejar tirados a sus nuevos amigos.
Juntos, muy compenetrados, se quedaron a un paso de entrar en Playoff, regalando la enésima huella de su grandeza en Málaga, que jamás vio algo similar. Nunca nadie anotó tanto en Ciudad Jardín. Aquel 27 de noviembre de 1994, 'Mano Santa' firmó su obra maestra en España, en un salvaje festival que derivó en 50 créditos de valoración y 47 puntos, con un inmaculado 8/8 exterior. "Si el básquet fuera religión, dentro de unos siglos se veneraría como una de las reliquias más preciadas la muñeca incorrupta de Oscar Schmidt", se pondría leer en la crónica de El Mundo Deportivo a la mañana siguiente. El MARCA, por su parte, le calificaba con un 4... sobre un máximo de 3. La crónica enmarcada de aquel día le acompañó en su vestuario durante el resto del curso. Costumbres del rey del triple.
IX - Chistes, verdades y cintas de vídeo
"¡No puedorl! ¡Pecadorl! ¡Fistro!" De tanta huella de Schmidt que ha sobrevivido al paso del tiempo, sus imitaciones de Chiquito de la Calzada, humorista de moda en España e ídolo inmediato suyo, es de las más divertidas. No se le daban mal. El brasileño grababa en VHS cada programa en el que salía el malagueño para ponerlo en los viajes del equipo en bus. Incluso grabó, junto a Lavodrama, un casete con 180 minutos con sus propias versiones de chistes. ¡Y eso que muchos le tomaban por un tipo demasiado serio! Más bien, era una persona versátil, todoterreno hasta en los gustos. El vicio de la coca cola (¡dos litros al día llegó a tomar, siempre una cerca!), su tentación por el chocolate, su romance con la tortilla y el jamón serano. Sus potitos antes del partido para salir con energía. Sus rezos, religioso a más no poder. Sus baños en la piscina que nunca parecía cubrir del Pichón, en la misma urbanización y casa que Sabonis. Sus pocas ganas de dar entrevistas en una previa, sus muchas de conducir el BMW 320.

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Manías como la de no cambiarse las zapatillas si ganaba -en Brasil, tras 25 triunfos seguidos, le salieron agujeros, desquiciando a su técnico- o aficiones como la de ver carreras de Ayrton Senna y entregarse al coleccionismo. Pins y vídeos de sus partidos para dar y regalar, al igual que lágrimas, tan propenso al llanto. Y esa extraña pasión por El Corte Inglés, lugar favorito de Maria Cristina. De Simon & Garfunkel a Tina Tuner ('Simply the best' siempre fue su canción), 'Mano Santa' perjuraba que la samba solo le gustaba a la hora de jugar. En pista. Y si no había rivales delante, el rival sería él mismo, cuando volvía una y otra vez a esa manía de ver cuántos aciertos exteriores era capaz de encadenar. En Vitoria, con Brabender metiendo prisa, se cascó 70 y en Cáceres, sin reiniciar la cuenta, le contabilizaron un 149/160. "Era incansable. Y una mentira muy grande decir que no le gustaba entrenar. Vivía por y para el baloncesto", apunta el entonces 2º entrenador Mulero, completando la sentencia de Monsalve: "Oscar me confirmó que el básquet es, mucho más que una profesión, una forma de vida. Vivía cada victoria y cada derrota de manera increíble".
"Y qué mal llevaba perder", añade Mike Hansen, su compañero de habitación por aquel entonces. "Era un ganador nato, que con 36 disfrutaba como el que más. Me marcó mucho. El primero en firmar autógrafos o acudir a eventos, siempre con una sonrisa y con una ilusión constante por su profesión. Incluso seguía poníendose nervioso antes de un partido". Anicet Lavodrama asiente, en declaraciones a EFE: "Fue un modelo a seguir por su compromiso, generosidad, capacidad de sacrificio, disciplina y concentración. Y estaba tan atento que durante el partido pedía y corregía estadísticas porque se sabía los puntos, rebotes, asistencias o faltas de todo el que estaba en pista".
Su corto y bello romance vallisoletano encontró su punto y final tras su segundo año, en el que solo Darrell Armstrong superó sus 24 tantos de media en acb. En abril, la directiva se reunió con él en el restaurante La Solana, para explicarle sin demasiados tapujos su decisión de dejarle ir: "Es que con tu contrato nos da para fichar a tres extranjeros". A la semana siguiente, el club le organizó una gran fiesta de despedida ante el CB Salamanca y Schmidt se fue con una canasta imposible tras tablero, como la de su ídolo Larry Bird, metiéndose de por vida a la afición pucelana en su bosillo. Y en su solapa, la insignia de oro acb por ser, en palabras de Portela, "el mejor jugador FIBA de la historia". "Fueron dos años lindos, aprendí español y supuso la conclusión de mi trayectoria en Europa. Lo que más me gustó fue la amistad con los jugadores, conviví con gente buena de verdad. Además... Valladolid marca. Me hacía falta Valladolid". Palabra de una leyenda. Tras 2009 puntos en 71 partidos y un 44% desde el exterior, el rey del triple cerró su capítulo a los pies del río Pisuerga. Camino de los 38, tocaba volver a casa.

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X - Dominar a los cuarenta
"Puedo rendir a buen nivel hasta los 45". Si sus palabras al llegar a Pucela**** desprendían aroma a profecía, sus declaraciones al marcharse sonaban más bien a seria advertencia. Ninguna gana de retirarse tenía. Sí de vencer con más frecuencia, un poco tocado por alejarse de metas ambiciosas en Valladolid ("Jugar para no ser campeón no es un objetivo, tengo que hacerlo para sumar títulos"), si bien rechazó los cantos de sirena del Maccabi Tel-Aviv para firmar por el Corinthians. Tal fue su dimensión que de repente, sin darse casi cuenta, el aficionado español se habituó a leer sus hazañas al otro lado del charco en la sección de cualquier diario deportivo, que hablaba de la otrora desconocida liga brasileña con la misma naturalidad con la que se narraban partidos de la NBA o del Viejo Continente.
Piezas informativas recurrentes que se recreaban en sus récords, sus títulos (la liga brasileña con Corinthians, el campeonato paulista con Mackenzie) o sus exhibiciones. En la 97-98, con Bandeirantes de São Paulo, 41,5 puntos de media y 74 en un partido haciendo de presidente-jugador. Que si 40.000 tantos a los 40 años ("Yo estaba tranquilo, era el balón el que temblaba en mis manos"), que si fuegos artificiales y placas de bronce por la efeméride, que si queda poco para superar el tope anotador de Abdul Jabbar.

© El Mundo Deportivo
Bainderantes, Mackenzie, Flamengo. Un flechazo con la mayor hinchada nacional. Y del siglo XX al XXI, cuando le vimos de regreso en España. Más fondón, menos pelo, 43 añitos bien exprimidos y una muñeca, una dichosa muñeca, capaz de desatar tormentas. "No os imagináis lo difícil que es jugar después de los cuarenta. Te duele todo. Pierdes velocidad y salto. Menos el tiro... eso nunca lo perdí". Vino su Flamengo de gira por España y cuando regresó a Valladolid se le ocurrió anotar 28 puntos en la primera mitad, frenando por compasión tras recibir, entre lágrimas otra vez, la insignia de oro del club y la medalla de oro de la ciudad. Por Málaga, ya en el Carpena, revivió su día grande de Ciudad Jardín metiendo 40 tantos a un Unicaja atónito. Albacete, Bilbao, Gijón, Lleida, Cáceres. ¿Quién le niega a una leyenda un brindis final?
La popularidad de Schmidt Bezerra le llevó a protagonizar anuncios televisivos y hasta colapsar una autovía cuando varios conductores le vieron y pararon a pedirle una foto o un autógrafo, siguió sumando y sumando hasta llegar a aquel mágico 28 de octubre de 2001 a solo 21 puntos de convertirse en el máximo anotador de todos los tiempos. Cuando los consiguió, ante el Fluminense, el encuentro se detuvo y solo el que estuvo allí sabe bien lo que se vivió en los siguientes veinte minutos, como si a nadie le importase la advertencia de la FIBA recordando que no era suficiente, pues no se había contado la anotación de Abdul-Jabbar. en la NCAA 'Mano Santa', de show en show, acabaría también superando ese registro. Y si hubieran contado los puntos del norteamericano desde su primer día de escuela probablemente habría seguido en pie hasta adueñarse de la marca. A cabezón no le ganaba nadie.
XI- El baile final
"Dije que me retiraría al superar el récord y así lo haré", anunciaba el alero durante la 2001-02, sin nada más que demostrar tras haberse dado el lujo de compartir pista con su hijo, que a la edad de 16 debutó con 2 triples que le alegraron el alma. Con el adiós acechando a sus 44 años, desatando tortas por las entradas de cada partido, el supuesto último episodio salió tan mal que le dio por volver a pensárselo.
La eliminación del Flamengo en Playoff llegó con polémica, con él expulsado por protestar al árbitro y foco de las burlas de la afición del Ribeirão al grito de "¡Jubilado". "No quiero cerrar mi carrera de esta forma. El partido no fue normal y no deseo que mis hijos tengan tan mal recuerdo de mi despedida. He conversado con mi esposa y llegamos a la conclusión de que quizá no sea este el último partido de mi vida". Evidentemente... no lo fue. 'Mano Santa' siempre celebró esa decisión, pues se regaló a sí mismo un último baile que gozó como un juvenil. promediando en aquel ejercicio 33,1 puntos y más de 5 triples por encuentro con 45 añazos. Como guinda, no podía ser de otro modo, pintó su lienzo definitivo cuando levantó el trofeo del torneo regional de Río de Janeiro, el trigésimo de sus títulos. "Ser campeón a esta edad sabe mucho mejor".
"Reloj, no marques las horas", hubiera cantado Andrés Montes. Qué ganas de detener el tiempo, cierto, pero ese 27 de mayo de 2003 tenía que llegar. Aquel día, ahora sí, la derrota de Flamengo marcó el final de su camino. No solo su equipo, no solo Brasil, todo el mundo del básquet reverenció su "Hasta siempre", melancólico y nostálgico. "Ahora sí pueden llamarme exjugador. Es difícil decir adiós a aquello que más te gusta hacer. Me gustaría seguir en el básquet hasta el fin de mi vida, pero no se puede. Ojalá pudiera volver a ser joven y hacer todo de nuevo , pero no es posible", confesó, ante la mirada orgullosa de su mujer Maria Cristina y sus hijos Felipe y Stephanie.

© Foto Oscar Schmidt
49.737 puntos ("Es una lástima quedarme tan cerca de los 50.000", bromeó) y casi 30 años más tarde de su debut en Palmeiras, el viejo rockero que enamoró a generaciones en los setenta, ochenta, noventa y dos mil, la cuenta al fin se detuvo. Aunque dejó tantos amigos por el camino que se animó a marcarse varias fiestas más, como el que va de after porque no contempla acostarse. En verano de ese 2003, encandiló en el playground de Aterro Flamengo, cumpliendo una vieja promesa. En diciembre, Caserta, su Caserta, le organizó un partido homenaje. Y en julio del siguiente año, ahora sí, jugó en Brasilia su último amistoso, simbólico como ninguno, junto al combinado nacional con el que conquistó Indianápolis en 1987. La última parada del viaje de Oscar. Y qué viaje:
- Me gustaría poder disputar este partido una vez por semana... pero solo ocurre una vez en la vida.
XII- El legado de 'Mano Entrenada'
A la hora de hablar del poso que dejó en el básquet mundial el brasileño, quedarse con su fabulosa marca de puntos sería limitarse a la grandilocuencia del dato, a la anécdota, máxime cuando LeBron James superó a Abdul-Jabbar y al propio Schmidt en 2024. Lo suyo, por más que las cifras gritaran, fue mucho más allá de sus cinco Juegos Olímpicos, sus topes globales, o de partido, aún sin superar en las citas más grandes del calendario internacional (máximo anotador de la historia olímpica y mundialista) e incluso más allá de ese "¿Y si...?" que siempre rodeó su figura. "Si hubiera estado en la NBA en esa época, no se hubiera hablado tanto de Larry Bird", se atreve a sentenciar Lavodrama.
Y es que Oscar fue números, sí, pero también letras. Poesía, lírica, pura literatura: le hicieron un libro en Italia, otro en España y dos más en Brasil. "Si Pelé fue el pie de Dios y Senna el alma de Brasil, Schmidt la mano que nos enseñó a todos que el cielo no tiene límites si se tiene la puntería adecuada", resumía Sergi Font en ABC para definir a un mito al que ya le han retirado tres camisetas: la '11' de Pavia, la '14' de Clube Unidade Vizinhança, la '18' de Caserta. Y la Flamengo en camino. Hasta el COI le reconoció con la Orden Olímpica. Mucho homenaje, sí, pero también más de un suspiro de alivio cuando colgó las botas. Demasiada frustración e impotencia generada en sus oponentes. "Un técnico de la acb dijo que el momento más ingrato en su carrera fue decirle a sus jugadores que no veía la forma de frenar a Oscar", se podía leer en una crónica de El Mundo Deportivo, protegiendo la identidad de alguien que a buen seguro pensó que habría muchos más aludidos.
"Cuando empecé a jugar al baloncesto, yo quería ser Oscar Schmidt", respondía a todo aquel que le preguntara Kobe Bryant, que saltaba de emoción en su niñez con tanto tiro imposible pesar de ser rival de su padre Joe. "Yo era un gran fan de pequeño, le llamaba la 'Bomba'. Gracias a él, aprendí a encontrar espacios y a mejorar mi lectura de juego". Cuando se reencontraron, ya con Bryant convertido en icono de la NBA, la estrella de los Lakers volvió a sentir los nervios del niño que conoce a quien más admira. Otro símbolo de su grandeza. Su hermano Tadeu aseveró que nunca antes nadie había jugado "con tanto amor", consciente que, en el parqué, el amor no basta a la hora de escribir cuentos de hadas.
🚨GIGANTE - Kobe Bryant disse que o Oscar Schmidt era o maior ídolo dele
— SPACE LIBERDADE (@NewsLiberdade) April 18, 2026
Jornalista - “Quando você começou a jogar basquete, quem você queria ser?”
Kobe - “Oscar Schmidt! Ele era o cara quando eu era criança! Ele estava na Europa e marcava 30, 40 pontos todas as noites” pic.twitter.com/Rrz53hRGnr
Lo cierto es que tampoco es esta una historia de talento, que tenía por más que renegase de él, y sí de constancia, del adolescente torpe que no conseguía recoger piedras en el ejercicio al cuarentón regordete que se despidió como una divinidad. "Me sigo considerando un niño, pero la gente me mira así como si fuera un Dios", llegó a manifestar, extrañado por haber llegado tan lejos: "Tengo la suerte de haber explotado lo que Dios me dio: tamaño y talento para vivir de este deporte. Fui lento, sin movilidad lateral, pero con la suerte de tener tiro. Petrovic y Sabonis llevan el baloncesto en sus venas. Yo no".
"Ustedes verán muchos jugadores mejores que yo, pero no vieron nunca y verán a nadie que haya entrenado tanto. Lo hice toda la vida para ser el mejor del mundo y no lo conseguí, pero tengo un tremendo orgullo", diría años después, en un speech bello y recordado. Quizá, y no le quita romanticismo a su historia, lo suyo únicamente se consigue volviéndose loco por la pelota naranja:
- Siempre fui un trabajador del basket, pues mi mano no es 'Mano Santa', sino 'Mano Entrenada'.

© @francisdecristo
XIII - Un discurso para celebrar la vida
"Un técnico tiene que pensar en baloncesto más que un jugador y yo no puedo hacerlo. Me hubiese gustado ser entrenador, pero me gusta aún más hacer lo que hago ahora: hablarle a la gente de este deporte y de mi vida". Los pasos fuera del parqué de Schmidt Bezerra tuvieron un punto de renacentista. Ya en 1997, aún en activo, hizo sus pinitos en política, tomándose unas semanas para hacer campaña electoral repartiendo balones en sus mítines, llegando a ser secretario de Deporte de São Paulo. Al colgar las botas, sus oficios se mutiplicaron. Fundador del club Telemar/Río de Janeiro -vencedor carioca y brasileño en sus dos temporadas de existencia-, creador y presidente de la Nossa Liga de Basquetbol, miembro de la Federación, coordinador de cantera, comentarista y hasta concursante del televisivo "Dança dos famosos". Por encima de todo, lo que más le enganchaba, su trabajo impartiendo charlas motivacionales por todas partes. Más de mil en esta segunda parte de su existencia.
De viaje en viaje, allá por 2011, una mañana se encontraba en Orlando cuando se desmayó de forma repentina. Al despertar, se creía que estaba en Río, tan perdido que preocupó a los médicos. Las pruebas determinaron que había que extirpar un tumor benigno y, sin demasiado tiempo para pensar en todo lo que le estaba ocurriendo, su enésima batalla, la más importante de todas, ya había comenzado. Un par de años más tarde, el enemigo parecía mucho más feroz. Fue entonces, en junio de 2013, cuando la noticia dio la vuelta al mundo: Oscar Schmidt padecía un tumor cerebral y había que actuar de inmediato. Al entrar en el quirófano donde los médicos debían retirarle una parte del cerebro, pidió que no se pusiera en riesgo su capacidad para hablar: **"Podría vivir en una silla de ruedas, pero necesito mi voz para las conferencias". La operación resultó un éxito y, al salir del hospital, la leyenda dejó otra de esas frases inmortales que definen su figura: "El tumor atacó al tipo equivocado".

© @oscarsmichdt14
El alarmismo de cierta prensa amarillista y el sensacionalismo de las redes sociales lo dieron por muerto en más de una ocasión durante esos años de lucha, si bien 'Mano Santa' prefería sacarle un aspecto positivo a tanto pájaro de mal agüero: "Todo el mundo mostró un enorme cariño y eso también es muy bonito". Semanas después, mientras conducía, respondió a una llamada de teléfono y tuvo que parar en el arcén porque le temblaban las manos. Acababan de anunciarle su entrada al Salón de la Fama del legendario Memorial Naismith. Transcurridos unos meses, en septiembre, el brasileño volvía a ser noticia en el planeta básquet por un motivo mucho más feliz: el reconocimiento que daba sentido a una vida. "Es el mayor premio con el que uno puede soñar. Todo lo que gane ahora será menos de lo que he ganado hoy", diría tras ser presentado por su ídolo Larry Bird. Su discurso, que escribió la noche antes en un papel, dio la vuelta al mundo por emoción y belleza. Un poeta el viejo Oscar.
Tocaba celebrar la vida. Tocaba mirar atrás y dar las gracias: a su mujer, a sus hijos, a sus mentores, a todas las lágrimas por el camino, también las amargas. Y tocaba, por supuesto, escribir un epílogo imposible que le llevó a pasar de ser bendecido por el Papa a portar la bandera olímpica ante los ojos del mundo en la ceremonia de inauguración de los Juegos, pasando por ser nombrado ciudadano ilustre de Caserta y hasta por participar, como una celebridad social más, en el partido de famosos del All Star de la NBA. Un último capítulo acorde a la grandeza del libro.
XIX - La huella que no se borra
"Sí, tengo miedo a morir. ¿Pero qué tiene de malo? Mi vida ha sido muy hermosa y extraordinaria, mucho mejor de lo que jamás imaginé", confesaba 'Mano Santa' en una entrevista local, intentando tranquilizar a las personas que sufrían con su enfermedad, bastantes en tiempos recientes, en los que se alejó de la escena pública. Fue un año final muy duro y complicado, pues su estado se agravó a partir de la tercera intervención para tratar su cáncer cerebral. El pasado 8 de abril, no pudo asistir a su ingreso al Salón de la Fama del Comité Olímpico Brasileño. "De alguna manera está en cada detalle: en la historia, en el reconocimiento, en la trascendencia de ese momento", comentó Felipe tras recoger en su nombre el último de los homenajes a su padre. Nueve días después, en la mañana del 17 de abril, Oscar se sintió indispuesto y fue trasladado de urgencia al hospital, a donde no pudo llegar con vida a causa de un paro cardiorrespiratorio.
Homenagem à Oscar Schmidt de torcedores do Juvecaserta, time de basquete de Caserta, Itália. Nele, o Mão Santa é ídolo, atuando por 8 temporadas, conquistando uma Copa Itália e uma Série A de basquete - até hoje, o único título nacional de um clube do sul da Itália na modalidade. pic.twitter.com/gK7P64veb2
— O Canto das Torcidas (@OCantoOficial) April 19, 2026
"Afrontó su batalla con valentía, dignidad y resiliencia, y sigue siendo un ejemplo de determinación, generosidad y amor por la vida", destacó su familia en el comunicado que anunciaba su muerte a un mundo que no estaba preparado para creérsela. El luto fue global, con multitud de mensajes de pésame de todas partes del globo. De Neymar a Pelé, de Lula a Steve Kerr. Del fútbol al voleibol, diferentes minutos de minutos de silencio en todo tipo de actos. Procesado el shock inicial, llegaba el turno de celebrar su vida. Tras marcar un gol, un futbolista del Flamengo, Arrascaeta, elevó su dorsal 14 al cielo, lo plantó en el césped, agarró la pelota y lanzó a una canasta imaginaria en su honor. En Italia, la hinchada del Caserta se congregó delante del Ayuntamiento, con una enorme pancarta con su dorsal 18, entre flores y cánticos de "'Mano Santa' vive". "Es la historia más bonita de nuestra ciudad que mil veces hemos contado. Descubriste Caserta al mundo, con tus agallas en el campo y tu sonrisa afuera. Tu carisma y tu amor ilimitado por este deporte hicieron soñar a generaciones, dejando una huella imborrable", compartía en redes un seguidor casertiano.
Una semana después del último adiós de sus seres más cercanos, en un lugar no revelado y vistiendo los colores de la selección, la Confederación Brasileña de Baloncesto resumió el sentir de los amantes del básquet a través de una carta despedida escrita con el mismo alma: "No es solo nostalgia. Es como si faltara una parte de lo que él nos enseñaba. (...) La sensación es que el juego ha cambiado, pero no ha terminado. Porque dejaste más que un recuerdo, dejaste un camino. Hay un niño en alguna calle, con una camiseta demasiado grande, mirando al frente y soñando. Y, aunque no sepa explicarlo, está siguiendo tus pasos. Así es como sigues vivo".

© CBB
El lanzamiento como filosofía, el tiro como arte. El primer ídolo de muchos, de chavales de entonces, de abuelos de hoy, y hasta de algunos que ya no están como Kobe o Maradona. Orgullo de varias ciudades, tesoro de un país. Tal vez, como decía Sarah Bernhardt, célebre actriz de teatro de finales de siglo XIX, es cierto eso de que la felicidad pasa tan deprisa que no deja huella. Sin embargo, en el camino de Oscar felicidad hubo a raudales y huellas, para los afortunados que las vivieron de primera mano, todavía más. He aquí unas pocas de ellas: catorce huellas de 'Mano Santa'.
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