Ha vivido cuatro ascensos y en dos años ha pasado de la LEB Plata a jugar en Liga Endesa, una liga donde, hasta ahora, solo había disputado 47 partidos. Sin duda, el viaje vital de Lluís Costa es un ejemplo de vitalidad y optimismo a la hora de perseguir un sueño, pero también de perseverancia y resiliencia frente a la adversidad.
Solo quienes han tocado fondo saben lo que se siente ahí abajo. Un torbellino de sensaciones adversas que empequeñecen lo que somos, aprisionan nuestras ilusiones y agrandan miedos e inseguridades. Un viaje a lo más oscuro que Lluís Costa sintió con crudeza en Debrecen.

Tras el quinto partido, Lluís Costa fue apartado del equipo. “Ellos querían que me fuera gratis y yo les dije que el contrato estaba para respetarlo o intentar llegar a un acuerdo. Pero no fue así y el club me puteó. El entrenador por el que había ido, Adrián Kovács, me dio la espalda y me dejó de hablar”, revela. La situación llegó a ser tan rocambolesca que desapareció casi toda comunicación entre club, equipo y jugador. No le avisaban de los horarios de entrenamiento y alguna vez fue enviado con los equipos cadetes e infantiles. Un sinsentido llevado a la máxima expresión cuando, fechas antes de regresar a España, tuvo una conversación coercitiva con el técnico en una cafetería. Allí poco menos que le invitó a aceptar la oferta del club, renunciar al contrato firmado y evitar más complicaciones.
Todo muy desagradable, todo muy triste para una persona que solo quería cumplir la ilusión de jugar al baloncesto y que, de repente, sintió por primera vez que quizá este no era el camino que debía seguir. “El año del COVID, cuando se terminó el confinamiento y la gente pudo comenzar a moverse, quedamos para comer Jordi Trías, Pere Tomàs, Guillem Jou y yo. Ahí les comenté que si no me salía nada con cara y ojos, yo me retiraba, y hace unos días me lo recordó Jordi Trías. “Hace dos años me dijiste que te retirabas y mira ahora”, me dijo”, cuenta. En 2020 Lluís Costa se encontró en una situación límite.

UN SUEÑO ESCULPIDO A PICO Y PALA
Como la de muchos niños, la de Lluis es la historia de un chico que descubrió el baloncesto como un acto cotidiano. Sus padres, Lluís y Olga, llegaron a practicarlo de manera amateur. Su padre jugó en el Club Bàsquet Sant Just y un verano recibió una oferta del club de Viladecans (un equipo de la que vendría a ser la LEB Plata actual), que rechazó porque ya por entonces estudiaba y trabajaba, y nunca priorizó el baloncesto como carrera profesional.
Inoculado el baloncesto en los genes, Lluís comenzó a jugar acompañando a su hermana Mònica. Mientras ella jugaba los partidos, el pequeño Lluís aprovechaba cada momento, cada descanso entre cuartos para lanzar a canasta. Ese acto repetido cada día acabó por engancharlo… aunque quizá no como se esperaba en casa.
Su padre había sido un pívot de los de antes, de esos de los que sacaban codos en la zona y no se quejaban por los golpes que ahí se producían. Además, “él siempre dice que metía puntos, no como yo”, bromea Lluís hablando de él. Por su parte, Mònica era una especialista en el tiro con una peculiar mecánica de lanzamiento a una mano. La ortodoxia baloncestística rechaza este tipo de lanzamiento, pero en ella resultó tan efectiva que, tras muchos intentos para que la cambiara, sus entrenadores acabaron por darle la razón. Ni alto ni tirador, Lluís salió pequeño y pasador. “No tenía más remedio. Yo de pequeño me desarrollé muy lentamente, parecía más pequeño que los de mi edad porque era bajito y delgado. Pero ya desde joven mis entrenadores me decían que ser pequeño haría que desarrollara otras habilidades que me ayudarían si en el futuro el físico me acompañaba… y creo que es verdad, porque competir siempre siendo físicamente inferior me ha ayudado a hacerme un hueco. Siempre lo dice mi padre: “normalmente el base que tienes delante es más alto y rápido que tú’. Yo tengo que pensar más porque si no, no hay forma de meterla”, dice. Quizá es que en el baloncesto no todo son centímetros y músculo.

Su adaptación al medio desde edad temprana lo ha convertido en un jugador tan talentoso como inteligente en la pista, tan generoso en ataque como entregado en el esfuerzo. Muchas virtudes con un pequeño asterisco: Lluís siempre ha dicho que Mònica es mejor tiradora que él. “Y a día de hoy lo sigo manteniendo, no vaya a ser que lea la entrevista y se enfade”, dice con pícara sonrisa.
No es de extrañar la estrecha unión que Lluís mantiene con su familia. Mucho de lo que hoy es él, se lo debe a la gente que le rodeó y le inculcó los valores del baloncesto, pero también los principios que deben regir una vida honesta y respetuosa. Desde su regreso a España en 2019 y en homenaje a su padre y hermana, Lluís Costa lleva el 15, el mismo número que ellos lucieron cuando jugaban a baloncesto. De pequeño siempre jugó con el 8, pero como él mismo dice “de momento no me lo pienso cambiar porque con él me está yendo bastante bien”.
De los primeros pasos en colegios y pistas de cemento, Lluís dio el salto a la cantera del Barça. El primer sueño cumplido para un niño que se aficionó al baloncesto no viendo a las estrellas de la NBA, sino al Barça de Navarro, Ricky Rubio o Jaka Lakovic. Lluís fue tan terrenal como sibarita en la elección de referentes.
De blaugrana vivió grandes años logrando también ser campeón de Europa U16 y bronce U20 en una generación donde coincidió con grandes nombres como Jaime Fernández, Dani Díez, Guillem Vives, Sebas Saiz, Mikel Motos o Julen Olaizola entre otros. Su nombre se asoció al de las grandes promesas nacionales, pero algo se truncó en su proyección cuando el Barça decidió no contar con él y se vio con un futuro comprometido.

De aquel primer contratiempo fue rescatado por Quim Costa, del que siempre ha dicho que es un padre deportivo y que le fichó para el Peñas Huesca. De no servir para LEB Plata, a jugar minutos de calidad en LEB Oro. Así de caprichoso es el deporte. “El año anterior en el Barça B no había jugado bien, no había destacado. Es cierto que no tuve todos los minutos que un jugador desearía tener, pero la realidad es que no tuve una buena temporada, y yo siempre lo digo: 'Quim Costa me rescató'. Es difícil pensar que un jugador que no ha jugado en LEB Plata pudiera jugar en LEB Oro y tuviera minutos desde el primer día. Estaré eternamente agradecido a Quim porque, seguramente, si él no hubiera apostado por mí, hubiera acabado jugando en EBA, en Cataluña o fuera, y ya es muy difícil destacar allí porque son categorías muy duras y quizá hubiera acabado priorizando otras cosas”, señala Lluís Costa. Tan rotundo se muestra, que el base del Coviran Granada asegura que “estoy 100% seguro de que si no es por Quim Costa, lo hubiera tenido muy, muy difícil para llegar a ser profesional”.
Y con todo, el inicio no fue el ideal. El equipo arrancó 0-5 y perdiendo de 30 puntos en el quinto partido. Sin embargo, ya en la sexta jornada el Peñas Huesca venció al Melilla con una actuación destacada de Lluís Costa. Ese fue un punto de inflexión en su carrera. La confianza del entrenador y el hecho de salir de casa y tener que espabilarse lejos del confort del hogar hicieron que a partir de entonces el juego de Lluis Costa fuera creciendo. Encadenó temporadas donde cosechó tres ascensos (Burgos, Manresa y Betis) y breves periodos en Liga Endesa que supieron a poco. Fueron 47 partidos entre BAXI Manresa y Monbus Obradoiro que dejaron regusto a oportunidad perdida, pero también a infortunio competitivo.
“Lo tengo muy claro: el momento donde tuve la oportunidad en Manresa, aunque es cierto que salía de una lesión donde me perdí tres o cuatro partidos por una rotura muscular y recaí, no estuve al nivel que necesitaba el equipo. Tuve esa oportunidad y no la aproveché, aunque sí que al final creo que jugué bien. Además, ese año fue el primero donde se materializaron los descenso en ACB y el equipo bajó”, comenta. Quizá otro año donde no hubiera habido descenso, Lluís hubiera tenido una nueva oportunidad, pero no tuvo suerte como tampoco la tuvo cuando ascendió con Autocid Ford Burgos y no se consumó administrativamente el ascenso deportivo.

Estudiante de Marketing (solo le queda aprobar el Trabajo Final de Grado), la pregunta es fácil ¿le faltó a su carrera la adecuada campaña publicitaria? “Creo que no, que al final la mejor campaña que puedes hacer es jugar bien. Aunque es cierto que medir 1,85 metros no ayuda demasiado”, dice. Y es que más que campaña, él sufrió varias etiquetas que quizá no le dejaron lucirse como ahora lo hace en Granada
UN LUGAR LLAMADO HOGAR
El escritor José Saramago dijo una vez: “Es una estupidez perder el presente sólo por el miedo de no llegar a ganar el futuro”. De vuelta a casa tras el sinsabor húngaro y con el afecto deportivo de Diego Ocampo (ya le dirigió en la U16 y en Manresa), Lluis Costa limpió su cabeza y mantuvo la fe en sí mismo. El baloncesto no le podía haber abandonado y él no lo iba a hacer tampoco; lo único es que ahora lo viviría de otra manera: viviendo el presente.

En Granada consolidó un proyecto que pasó de sufrir para obtener la permanencia, a ser primero en fase regular y perder dramáticamente la opción de ascender. Lluís era el timonel del cambio, el hombre que daba sentido a las cosas en la pista y el ancla del buen ambiente del vestuario.

No cabe duda de que hoy todos alaban su decisión, pero hace un año eran pocos los que aplaudían su lealtad. Coviran Granada completó una temporada fantástica venciendo dos veces a Movistar Estudiantes y Girona. Por su parte, Lluís Costa definitivamente se convirtió en uno de los grandes nombres de la categoría (consiguió su primer MVP semanal) logrando su cuarto ascenso y, ahora sí, alcanzando nuevamente esa cumbre llamada Liga Endesa. Eso sí, antes de disfrutar y sonreír tuvo que llorar.
El 4 de mayo, falleció su abuelo Bienvenido. Un futbolista que dicen que llegó “de penalti” y, que por inesperado, recibió tan acogedor nombre. Venido, como le solían llamar, fue un defensa de los de antaño y que era conocido como “el Tigre”, “porque rugía cuando le venían los atacantes de cara”, dice Lluís entre risas. Sin embargo, toda esa fiereza se tornaba en candidez a la hora de seguir y animar a su nieto. “Era una persona que me había seguido a todos los partidos desde pequeño: venía a los torneos, vino a Alemania con la Selección y venía a Huesca cogiendo el coche los viernes para luego volver a Barcelona. Era una persona que me siguió muy de cerca y que me tenía mucho cariño”, recuerda. Hoy, Lluís tiene tatuado un tigre en su antebrazo en homenaje a aquel que tanto quiso.
Los días finales de la enfermedad de su abuelo fueron duros, viajando a casa y volviendo a Granada para buscar la viabilidad a un imposible: hacer vida normal cuando una vida próxima se estaba yendo. Por suerte, encontró en el club todo el apoyo y comprensión necesarios. “Aquí entendieron lo que estaba viviendo y me dieron libertad absoluta para ir y volver, reconoce afirmando que en cuestión de semanas pudo llegar a coger 14 vuelos para estar lo más cerca posible de su abuelo.

Su twitter no esconde las huellas de sus pasos: Sant Just Desvern, Huesca, Burgos, Manresa, Sevilla, Debrecen y ahora Granada! Es aquí, en la ciudad nazarí, donde Lluís Costa más se ha sentido valorado y donde quería jugar en Liga Endesa. Sin embargo, como a él la vida nunca le ha puesto las cosas fáciles, antes de hacer realidad su sueño, este verano se rompió la mano no una, sino dos veces y estuvo cerca de no comenzar la temporada. Sobrevoló la opción de pasar por el quirófano, pero un calendario inicial con rivales directos y sus irrefrenables ganas de jugar en la élite le están haciendo competir con un hueso roto que, si bien no le impiden jugar, sí le hace ver las estrellas cuando recibe algún golpe.
En cualquier caso, no hay dolor que merme la alegría que está sintiendo, tanto a nivel colectivo como individual, en una temporada de la que extrae una primera valoración muy positiva. “Hemos sorprendido a todos tanto a nivel colectivo como a nivel individual. Durante el verano, la gente de fuera era escéptica por la continuidad de tantos jugadores del año pasado. Creo que hasta el club confiaba más en los jugadores que los propios jugadores. Tuvieron una gran confianza hacia nosotros y, de momento, está dando frutos porque veníamos con dinámica muy buena del año pasado y hemos empezado ganando partidos. A nivel individual también estoy muy contento de cómo me están yendo las cosas. No es el mismo rol que el año pasado, pero creo que me estoy sabiendo adaptar. Al principio con dudas porque me lesioné, me volví a lesionar y llegué al primer partido de liga con un entrenamiento y medio”, cuenta.
Tal es el rendimiento ofrecido por el base en el arranque liguero que hace unas semanas incluso se llevó la sorpresa de estar en la preselección para las últimas ventanas FIBA. Para Lluís, jugar con la selección española “sería el colofón, la guinda del pastel. Yo lo tenía totalmente descartado, pero para estas ventanas me llamó el presidente del Granada y me dijo que estaba en la prelista. Ahora es como pensar que, quizá, sea posible algún día”, reconoce. En todo caso, el tiempo de pensar en el mañana ya pasó, encara esa ilusión con serenidad y, como él mismo dice: “puede que sea en la siguiente convocatoria o puede que no sea nunca, pero el hecho de estar en esta prelista ya me deja muy contento. Es una cosa que hace dos años no me pasaba por la cabeza, por lo que estar tan cerca ya es muy especial para mí y mi familia”.

En perspectiva, el acto reflejo de no perder la fe y luchar por el sueño que siempre tuvo es lo que ha hecho a Lluís Costa disfrutar del ahora y ver en perspectiva todo lo vivido. Para el base, la suya es “una carrera de picar piedra y de no rendirse nunca. He subido muchas veces y he tenido muy pocas oportunidades de jugar en la acb; he tenido que ir al extranjero y volver a LEB Plata… es una carrera donde he picado mucha piedra y he luchado mucho para ahora jugar en Liga Endesa con un rol importante”.
En el baloncesto, por cada historia de talento precoz o estrella concebida bajo el auspicio de la diosa Fortuna, hay una que habla de currantes del día a día. Quizá no sean tan glamurosas estas últimas, pero a sus protagonistas les hacen más reales. La de Lluís es una de ellas y su autenticidad la convierte en el mejor alegato para mantener la fe en los sueños propios.
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