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Contigo somos niños, Pau
Porque Pau fue la universidad, el primer trabajo o el amor de verano más intenso. Porque, aunque nos sintamos viejos, volveremos a ser niños cada vez que hablemos de él. Pau Gasol, por Daniel Barranquero
  

Se va Pau y nos sentimos viejos. Esta vez no es el pellizco que notamos dentro, muy dentro de nosotros, tras cada retirada de los eternos Júniors de Oro, que nos hicieron asumir, más allá de que el reloj no se paraba, la aterradora certeza de que el tiempo, ya nos lo decían nuestros abuelos, pasa demasiado rápido, arrastrándonos sin remedio.

Y durante su rueda de prensa esbozas una sonrisa, eclipsada por una lágrima, reacción de feliz tristeza, como si una parte de nosotros finalizara ahí, congelada para siempre entre recuerdos. ¿Acaso hacernos mayores no es también multiplicar momentos que llenaron nuestra alma?

Para muchos Pau Gasol es algo más que Pau Gasol. Algo más que baloncesto, algo más que deporte, pues representa, de Varna 98 a su último título de blaugrana en 2021, 23 años que se entrelazan con los de nuestras propias vidas. En cada fase vital hay un Pau, del imberbe al barbudo, del tirillas al canoso. Como cuando te declaras como un adolescente, como cuando te das el primer beso sentado en un banco, como cuando dijiste adiós sin querer decir adiós, soñando con el reencuentro. En cada momento de Pau recuerdas tu propio momento: la ropa que llevabas, con quien lo viviste y hasta si hacía frío o apretaba el sol.

El estreno en Cáceres, los primeros minutos en el Playoff del 99, de la EBA al primer título acb. Los tambores de guerra en el 2000, la fuga de Seikaly, la apuesta de Aíto, el primer aviso serio.

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A veces uno cree que el siglo XXI empezó en marzo de 2001, con el Martín Carpena de Málaga cual portal de Belén, pues allí nació el mito. Su barbara explosión, su coast-to-coast, su salvaje final (39 de valoración), su primer MVP, su borrachera de Copa. Y Scariolo con las manos en la cabeza asegurando que no veía nada igual desde Petrovic. Todo se desbordó desde aquel momento y ni siquiera una inoportuna lesión -¡ay, Euroliga!- contuvo lo incontenible. La estrella ejerciendo de estrella, paseándose en el Playoff hasta el título y regalando su mejor actuación liguera (37 de valoración) en un hasta luego a la acb que se alargó veinte añitos.

Y, cuando David Stern pronunciaba su nombre, creímos viajar con él hasta Estados Unidos, un país diferente entre aquel draft y su llegada a la NBA. Entre medias, el 11-S, tan lejano en el tiempo como su debut en un firmamento que únicamente Fernando Martín se había atrevido a acercarnos. El debut contra Detroit y el primer mate. El "Uno, dos, tres, ¡olé!" tras posterizar a Garnett. El duelo contra Jordan, el Rookie del Año, el All Star, en esos años en los que dejábamos la cinta VHS grabando el Plus para ver el partido de los Grizzlies al volver de clase. La de ojeras de las que presumimos en la universidad o el trabajo, pues Pau había compensado de nuevo el plantón a Morfeo.

Su estreno en los Lakers, su conexión con Bryant con solo mirarse. Sus tres finales, sus dos anillos. Sus Bulls, sus Spurs. Y el salto con su hermano Marc en el All Star como imagen icónica del más emocionante cuento de hadas, que tuvo su propio spin-off teñido de rojo y blanco para la eternidad, pues Gasol fue también siempre sinónimo de selección.

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Gasol fue Varna 98 y Lisboa 99 y también Sidney 2000 preguntándonos por él. La carta de presentación en 2001 y ese bronce que sonó a gloria tras su legendaria batalla contra Dirk Nowitzki. La madrugada de septiembre de 2002 ganándole a Estados Unidos, aunque ya no valiera para nada. La plata europea de 2003, el verdugo Marbury. Y, quizá por encima de todas las cosas, el oro mundial de 2006. Aunque él ni disputase la final. Su apabullante campeonato, su lesión contra Grecia, el temor y la confirmación. Las muletas, las camisetas de 'Pau también juega', la barba marcando el camino. El beso a la medalla, cual niño en el banquillo, un año antes de su desolación en el oro europeo que España dejó pasar. De sus tiros libres fallados a la canasta de Holden, de la que nadie se acordó once meses más tarde, en una buena mañana para viajar a Pekín. Una plata dorada, uno de los partidos FIBA de todos los tiempos.

¿Y tú, cómo celebraste el ansiado oro continental de 2009? ¿Y el romance del mágico 2011? Grabadas, grabadas en la memoria, como en los Juegos de Londres, donde el mayor de los Gasol ejerció de abanderado nacional. Otra plata que supo a más, el respeto del planeta y las estrellas NBA haciendo cola para felicitarlo, pacientes ante su abrazo eterno con Kobe. Algunos empezamos a sentirnos melancólicos en 2014, por una decepción mundialista que sonaba a cierre de ciclo. Qué ilusos fuimos. Y qué afortunados, qué privilegiados por verlo jugar, por vivir lo de 2015, cuando Pau estiró su límite (¡40 puntos!) en su versión más canibal e inclemente para cenarse a Francia, en uno de los partidos de nuestras vidas. Aún le quedaron fuerzas para conquistar dos bronces, uno olímpico y otro continental, que nos parecieron el epílogo perfecto a su palmarés.

El broche de oro, más bien, se encontraba en casa. Tras tantos veranos y madrugadas pegados al televisor merecíamos verle en acb, aunque ni los más optimistas hubieran imaginado, por tanto tiempo en el dique seco, el punto romántico de su penúltimo baile. De blaugrana, como cuando ni se afeitaba, tras una larga lucha por regresar al parqué, contra las lesiones, deseando cambiar las reglas de un destino escrito para ser él mismo, y no el dolor, el que lo retirase. Por dejarlo cuando él quisiera y no al revés. Lo logró. Transcurridos 7297 días, dos décadas no son nada, Pau volvía a una final con el Barça contra el viejo enemigo blanco. Y te veías, nos veíamos, veinte años después viendo el mismo final de película, esta vez con actores diferentes y un idéntico protagonista que parecía haber viajado en el tiempo.

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Su último regalo, un Playoff de escándalo, con más valoración (146) que minutos (128), rompiendo las mejores medias de Sabonis y sus propios números de 2001. El más valorado del campeón liguero (18,3), con un 77,1% de acierto en el tiro y algún contraataque imposible para un cuarentón a las puertas de cumplir años. "Tienes que levantar el trofeo", le pedía Oriola, regalándole la última imagen icónica de celebración, que intentó por todos sus medios repetir en Tokio, en sus quintos y últimos Juegos Olímpicos. No hubo más. No habrá más, por más que nos soñáramos con una última vuelta de reconocimiento por los pabellones de España, ahora con público. Hay sueños que mejor parar a tiempo. Así, a la larga, se disfrutan mucho más.

El reconocimiento de todo el planeta básquet

Se detuvo el reloj en el minuto 16 del Barça-Casademont Zaragoza, con todo el Palau, su Palau, aplaudiendo en pie, al tiempo que los Lakers confirmaban que retirarían su dorsal, que será colgado en el Staples Center junto a los de Chamberlain, O'Neal, West, Worthy, Abdul-Jabbar o 'Magic' Johnson. Y de su hermano Kobe, claro, pues como dicen en Los Ángeles, donde siempre le tratarán con honores de héroe, el '8' nunca hubiera sido el '24' sin el '16'.

Las revistas Gigantes, el Foro ACB hirviendo, nuestro inglés macarrónico en los foros americanos para ver qué decían de Pau. La camiseta de Memphis desgastada, la primera para un sinfín de adolescentes. Las batallas contra Scola, las venganzas de Parker. De Türkoglu a Doncic. De Divac a Garuba. Una influencia magnética: aquello que tocaba lo mejoraba, haciendo sentir ganadores tanto a sus compañeros como a nosotros mismos. El influjo traspasó fronteras.

acb Photo / E. Cobos
© acb Photo / E. Cobos

"Nos enfadaste mucho a los franceses, pero nos hiciste mejor equipo: para nosotros también eres una leyenda", escribía un aficionado galo tras su anuncio de retirada, embaucado por su figura humana. Sus valores, sus denuncias sociales, su don para ejercer de embajador de baloncesto y deporte. Un tipo amable para el propio y el ajeno, tal vez porque encaje en el ideal del aficionado de lo que debe ser una estrella, con ese cariño que sientes por un familiar lejano, al que no ves nunca en persona pero le deseas lo mejor toda su vida.

Nos gusta Pau porque es Navarro, nos gusta Pau porque es Kobe. Nos fascina su figura porque representa las noches de Montes y Daimiel, o tal vez porque revivimos contándole a los más jóvenes sus batallitas lo que sintieron nuestros padres cuando nos hablaban de los Petrovic o Gallis. Dueño de nuestros desvelos, cuántos niños y niñas tomaron una pelota de baloncesto en sus manos por primera vez a causa de su impacto. La generación de los que querían ser Jordan dio paso a la de pequeños y pequeñas que, simplemente, querían ser Gasol. Numerosos de ellos, además, se llamaban Pau. Según el INE, la media de edad de los 32.808 que hay en España es de 17,2 años, hecho que contrasta con la de nombres tan comunes como Alejandro (26,6), Jorge (35,4), Manuel (55,5) o José (61,8). ¿Cuántos habrán servido de homenaje?

Este 5 de octubre, fecha oficial de su retirada, concluyó un viaje precioso que no solo cambió el baloncesto nacional. También lo hizo con nosotros para siempre, reconociéndonos en cada una de sus etapas. Todos fuimos Lisboa 99 alguna vez y tuvimos nuestra lesión contra Argentina. A nadie faltó su particular Holden, su oro soñado o su plata más dorada. Y es que hay amores que no se detienen ni cuando el reloj dice basta, tal vez porque, como perjuraba Bukowski, el verdadero problema es que buscamos a alguien con quien envejecer y realmente lo ideal sería encontrar alguien con quien seguir siendo niños. Cada vez que hablemos de él nos volveremos a sentir así. ¿Acaso mayor legado?