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Camerún: más baloncesto y menos dinero
Un problema es más complicado de resolver cuanto más caras tiene. El peor problema es aquél que no sabes por dónde atacar, porque tiene demasiados frentes. Así es en Camerún, donde el baloncesto lucha por hacerse un hueco dentro de la sociedad y poder sacar rendimiento humano y deportivo al inmenso y natural potencial que atesoran sus jugadores. En este artículo intentamos acercarnos a esa realidad y analizar los factores que podrían cambiarla, tras hablar con algunos de sus protagonistas y vivir en primera persona su realidad


Las Volcanic Warriors trabajan para ser mejores jugadoras, pero también mejores personas

El dinero no tiene nada que ver con el baloncesto. Una de las primeras sorpresas que me llevé en el viaje a África es que nadie habla de dinero. Ni los agentes, ni los entrenadores, ni los jugadores, ni los políticos. Uno piensa que el mundo de los fichajes, de las transacciones y de los países subdesarrollados estará empapado de la vileza de la plata*, pero resultó no ser así. Al menos no en Camerún.

Obviamente, el dinero puede pagar un pabellón (no hay ninguno de uso público en todo Yaounde, a la espera de que constructores chinos terminen el proyecto del moderno polideportivo que están construyendo en el centro de la capital) y desde luego corromper a mucha gente, pero nunca será una salida por si mismo a los problemas estructurales del deporte en el país. Uno también se imagina, seguramente acertando en la mayoría de casos, que lo que un representante de jugadores busca es, al fin y al cabo, dinero. En este, sin embargo, encontramos matices.

Pere Gallego, agente de U1st, remarca una y otra vez que "nosotros no somos una ONG, está claro que buscamos un rendimiento deportivo. Lo que sucede es que para conseguir ese retorno debemos formar a la persona y también sembrar en su país de origen, esa es nuestra filosofía". Es una idea que empieza a imperar y que parece que puede marcar una tendencia en el continente negro, devolver algo al país de origen del jugador a cambio del talento extraído. Sería como invertir parte del dinero obtenido por la venta de un diamante en bruto en el bienestar de las familias que han ayudado a sacarlo de la mina. Bien, ese sería el modelo antiguo, el de los mineros que extraen diamantes. Ahora es el turno del vivero, que nunca deja de producir, sostenible y con reinversiones.

Jordi Ardèvol, director deportivo de Ricoh Manresa y uno de los principales protagonistas del fichaje del congoleño Serge Ibaka por parte de L'Hospitalet la temporada pasada, amplía el concepto explicando que "es una postura incluso egoísta: si te llevas el talento sin más, cada vez será más difícil que puedas volver a encontrar otros. Si, por el contrario, inviertes en el país de orígen no con dinero, sino con recursos, colaboraciones y acuerdos, será más fácil que salgan nuevos jugadores". Tanto la agencia como el club se toman en serio sus palabras, por eso en este viaje Ricoh Manresa reparte material de la marca Elements (equipaciones de juego, camisetas, balones...) que pueden ayudar, aunque sea poco, en el día a día de aquellos cameruneses que aman el baloncesto. "Sería muy inocente pensar que con esto podemos cambiar sus vidas; no vamos a hacerlo, pero está en nuestras manos darles un poco más, una facilidad más para salir adelante", añade el directivo manresano. Todo suma.

En la última Copa de África celebrada en Angola en 2007, el equipo nacional de Camerún consiguió una sorprendente segunda posición, que parece haber abierto los ojos a muchos directivos y políticos. Sin embargo, los resultados por si solos tampoco conducen a nada. Las soluciones son tan difíciles de encontrar como lo es enumerar la lista de problemas.

La materia prima: los jugadores

Por regla general, los cameruneses son altos, de complexión fuerte y largos brazos y piernas que les permiten tener una facilidad natural para jugar en las alturas. Explosivos y resistentes, parten con ventaja respecto de la mayoría de los españoles. Sin embargo, la falta de medios y de entrenadores profesionales de nivel hacen que sus recursos técnicos y tácticos sean muy limitados. Hablando claro, entrenan en pistas de piso irregular llenas de socavones, al aire libre y con balones demasiado gastados; sus entrenadores no tienen formación específica y nadie cobra por todo este trabajo.

Por eso sufren al conducir el balón con la izquierda por todo el campo, o siguiendo un bloqueo directo... pero parecen dioses en el aire con el balón en la mano. El potencial parece inagotable. La realidad, sin embargo, es bien distinta. El segundo entrenador del equipo de la hazaña, la plata interafricana, y miembro de la Federación Camerunesa de Baloncesto (Fecabasket), Felix Simen, nos explica que "las posibilidades que tiene un camerunés de salir de aquí y convertirse en profesional son muy pequeñas", lo que provoca que "como aquí no hay liga profesional, los que se quedan acaban retirándose para poder trabajar después de la universidad". Así se explica la grave sequía de jugadores veteranos en el combinado nacional.

Todos ellos aman el baloncesto, lo cual tiene su mérito teniendo en cuenta que el país entero tiene la cabeza girada hacia el creciente fútbol. Pero no pueden evitar ser altos, rápidos y fuertes; parece difícil que dejen alguna vez de jugar a baloncesto. Además, lo que sí se puede achacar a una buena organización y educación es la disciplina extrema que demuestran a cada segundo. Siempre saludan a los presentes, siempre escuchan, siempre atienden, siempre corrigen. No vimos ni un desplante, ni una queja ni siquiera una mala cara. Son educados, como parece ser norma en todo el país, cuando hablan, cuando entrenan y cuando te dan la mano. Nos cansamos de dar la mano, pero se lleva bien porque cada apretón era sincero: una muestra de respeto y de reconocimiento; un mensaje de "yo también me tomo esto en serio".


Patrick, George y Johan, optimistas pero realistas acerca de su futuro

"Puede que el futuro no me quiera..."

"Yo quiero tener un futuro como baloncestista profesional, pero puede que el futuro no me quiera a mí". Lo dice Patrick, un joven de apenas 15 años que tiene un potencial enorme, pero un gran handicap. Casi dos metros de muchacho, buenas manos, visión de juego, tiro y pase... pero es base. Nadie quiere fichar a un base africano: aquí sólo se buscan los centímetros que faltan en España.

Pero él no desespera. Su padre jugó en la elite y acabó siendo Presidente de la Federación de Camerún hasta hace un año y él quiere seguir sus pasos. "Quiero triunfar y me gustaría jugar en la NCAA", confiesa. Johan Kody, que atrajo la atención del Ricoh Manresa, tiene 14 años y sabe que es imprescindible "trabajar muy duro cada día y ser disciplinado contigo mismo". ¿Y por qué quieres triunfar? ¿Por dinero? "¡No!", grita sin dudar. "Quiero ser alguien, un jugador famoso, para tener el poder suficiente para cambiar algo aquí".

George, otro de los jóvenes talentos que sobresale, puntualiza que quiere "jugar por mi país y presentar a los cameruneses, pero también hacer algo más por los míos", y marca como camino a seguir "sensibilizar a los entrenadores y técnicos de que ellos y lo que sean capaces de transmitir son el primer paso imprescindible para crecer". ¿Qué le falta al baloncesto de este país para ser como el fútbol, para poder ser una vía de escape de los problemas y poder cambiar realmente las vidas de sus habitantes? "Infraestructuras, centros de formación y de alto rendimiento... y voluntad política". Como vemos, todo menos dinero en metálico.

La voluntad política

Vincent Sakanga nos invita a comer a su casa. Además de ser hermano de Anicet, ostenta un cargo de primer nivel, Regional branch de la Union Internacional de Telecomunicaciones; un cargo que le ha llevado a residir en Camerún. Su trayectoria le ha dado una experiencia notable en el mundo del deporte (fue presidente de la Federación Centroafricana de Balonmano) y un punto de vista privilegiado. ¿Hay voluntad política en Camerún? "Si no la hubiera, nunca se habría podido conseguir la medalla de plata", explica.

El problema es más global, el problema es que "hay obstáculos por todos los lados. Cualquier iniciativa se topa con problemas, inconvenientes y batallas que librar, y eso convierte en muy complicado salir adelante". ¿Corrupción? "Nunca hay pruebas, nunca hay evidencias, pero la sensación es que mucho dinero que se destina al baloncesto y a otros deportes, nunca llega donde tiene que llegar", apunta. Siempre hay sospechas, el dinero es fácil de desviar. Por eso es importante invertir en material, en infraestructuras y en formación, algo menos fácil de corromper.

El baloncesto como solución, el baloncesto como fe

Como decíamos, ni el dinero ni el profesionalismo tienen nada que ver con el baloncesto camerunés. Pueden dar fe de ello dos clubes amateurs difíciles de comparar con iniciativas de nuestro país. Uno es el llamado Friendship, que entrena en la pista de la Universidad y que ha conseguido formar a, de momento, cuatro jugadoras que han emigrado a la NCAA femenina. Además, se ha proclamado campeón nacional femenino y subcampeón sub20 de la ciudad.

Son de lo mejor del país... pero sólo trabajan fundamentos de pase, de bote y cinco contra cinco libre. Entrenan sin uniforme concreto, chicos con chicas y aprovechando hasta el último centímetro de pista. Se sienten orgullosos de lo que han conseguido y así nos lo hacen saber. El nombre, por otra parte, lo dice todo: el baloncesto es importante porque nos une.

Es una sensación que se nos cuela por los poros a través del aire cargado de Camerún: así como el dinero no es importante, el baloncesto sólo lo es en la medida que nos ayuda. Y a ellos les ayuda mucho. Tuvimos la suerte de poder asistir a un entrenamiento de los Volcanic Warriors. Esa gente, comandados por el inefable Emile Mbella, hacen del baloncesto su forma de vida; pero no en el sentido profesional, sino que llenan el deporte de otro tipo de objetivos. Más que un club son una escuela, que intenta sumar alumnos para inculcarles ideas que el deporte proporciona a la perfección: solidaridad, esfuerzo, respeto, disciplina, humildad. Los vecinos, los que desde cuyas casas rodean la pista, les aprecian y ayudan: nunca nadie se lleva un balón que no es suyo, nunca nadie molesta el entreno; y además les traen botellas de agua para que beban.

Los entrenadores están en contacto permanente con los padres para informarles de las notas que sacan; si no son buenas, no pueden seguir jugando. Hacen balance de la actitud, méritos y evolución de cada uno de los alumnos, para conocer mejor sus carencias. Potencian el lado social del deporte, creando una estrecha red de amistad que vale su peso en oro. Y además, juegan a baloncesto. Y además, lo hacen en una pista perdida en medio de la ciudad, de tableros delgados y canasta poliformes; usan botellas de agua llenas de arena como conos, entrenan 30 en una misma cancha... pero da igual. Las guías por escrito que el entrenador entrega a sus alumnos repiten dos consignas: "Para ser un campeón, a veces hay que hacer cosas que no te gustan" y "el pilar del mundo es la esperanza". Creo que no se puede resumir mejor.

Algo parecido consigue otro proyecto situado en Akono, a 60 quilómetros de Yaounde. Se trata de Olympafrica, una iniciativa inspirada por Juan Antonio Samaranch que se apoya en el deporte para unir lazos sociales y sacar de la marginalidad a los jóvenes africanos. El centro de la zona de Camerún está ubicado al lado de la presitigiosa escuela Stoll: una enorme extensión de terreno reserva algunas hectáreas para campos de fútbol, baloncesto, balonmano, voleyball... Lejos de ser un centro de élite ni, por supuesto, lujoso, allí vienen otro colegios, alumnos de todo tipo, los internos de la escuela, incluso algunas selecciones nacional a hacer concentraciones. El objetivo siempre es el mismo, todo lo que sea deporte, bienvenido será.

*Los países centroafricanos son en su gran mayoría francófonos y en francés, argent significa al mismo tiempo plata y dinero.

Roc Massaguer
@rmassaguer
ACB.COM

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