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Concurso literario - 2º premio épico: Una palabra: equipo
Texto de Joaquín Yebra Gómez, que consiguió el segundo premio de la categoría de relato épico en el I Concurso Literario ACB.COM. Con gran audacia, el autor nos lleva las reflexiones íntimas de un jugador frustrado que no puede ayudar a su equipo en el partido más importante. Poco a poco se van desvelando las pistas para saber qué célebre pieza de qué equipo campeón nos está hablando

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  • Una palabra: equipo
    Primer premio categoría relato épico

    Hoy me he levantado hecho polvo y no porque no puedo apoyar el pie, aunque también. Si pudiera volver atrás el tiempo evitaría esa maldita jugada, ese traspié que me dejó fuera de combate para el gran día.

    Sé que puede sonar egoísta pero quiero jugar; necesito jugar, lo deseo con todas mis fuerzas, pero con eso no basta. Además, mis compañeros me necesitan; el equipo…

    Me siento fatal. Si perdemos no me lo perdonaré nunca. Faltar hoy, precisamente hoy. No quiero tener encima este peso, no puedo quedarme parado sin poder aportar.

    Todos me están animando para que no me hunda, casi me duele más la espalda que el pie de tanta palmadita en el hombro. El entrenador no ha parado de darme su apoyo para lo que necesite y los chicos están como siempre, geniales. Son muy buena gente. La verdad es que parece mentira, pero a lo tonto llevamos más de media vida juntos y somos como una familia. Los fisios andan como yo, les noto el dolor de no poder hacer nada para que salte hoy con los
    demás a la cancha.

    Hemos trabajado tanto, nos hemos esforzado tanto para llegar aquí, y ahora, me transformo en un simple espectador, en un extraño que ve las cosas desde fuera, sin poder implicarse, sin poder hacer nada, absolutamente NADA. Me siento inútil, como si ya no sirviera nunca más para el baloncesto.

    Tras el desayuno nos hemos juntado todos para echar una última partidita. “Las costumbres están para respetarlas”, dice Carlitos, y cuánta razón tiene. Por algo es el capitán. La verdad es que he salido mucho mejor de ánimo de la habitación, como si el haber compartido un rato de cachondeo con mis amigos hubiera curado una pequeña parte de esta lesión, que duele más dentro de mi cabeza que físicamente.

    Nos preparamos en el vestuario, con las coñas y canciones que hemos estado repitiendo cada día en la competición. Es bonito tener unos hábitos, que de tanto repetirse ya aparecen de forma espontánea cuando menos te lo esperas.

    La verdad es que estoy, o al menos parezco, más nervioso que los demás. Les veo concentrados, como cada día, y me siento frustrado de no poder compartirlo con ellos. Estoy a punto de levantar la voz cuando de repente entra el entrenador en el vestuario para dar la charla antes del partido. Sus palabras se van metiendo en mi interior y me invaden. Frases como “es el día más importante de nuestras vidas” se clavan en mi corazón cuando pienso que no podré estar al lado del equipo.

    “Hemos realizado un campeonato muy sólido, con un juego sin apenas fisuras salvo el otro día en las semifinales, cuando caímos en la trampa del contrario y nos amoldamos al juego del rival. Hoy no quiero eso, hoy vamos a jugar como sabemos, qué sepan con quién se enfrenta el otro equipo. Quiero que acaben el partido sabiendo cuál es nuestro baloncesto.” El entrenador, siempre tan sencillo como seguro y claro en sus explicaciones.

    Cuando terminó su discurso, nos fue hablando a cada jugador. Uno tras otro se marchaba con una extraña sonrisa como respuesta a las consignas del mister. Creía que para mí no habría, puesto que no podía actuar, pero se acercó el último y me susurró una sola palabra: equipo. La verdad es que no comprendí lo que me quería decir, pero tenía demasiadas cosas en la cabeza como para pensar en ello en ese momento.

    Llegó el momento de salir del vestuario, así que fui saliendo para estar preparado cuando mis compañeros saltaran a la cancha. Llegó el momento de la verdad, y lo único en lo que podía pensar es en las ganas que tenía de estar calentando con mis compañeros, en los deseos tan fuertes de jugar que sentía dentro de mí.

    Entonces se abren las puertas del vestuario y saltan en fila mis compañeros. “Compañeros, qué palabra tan bonita”, pensé, y me acordé por un momento de muchas de las experiencias y anécdotas que había vivido con cada uno de esos once amigos.

    En ese momento me fijo en el primero de ellos y descubro que llevan algo escrito en sus camisetas, y a mi memoria vienen las sonrisas del vestuario de hace un momento. Mi nombre aparece en las camisetas en una frase que me llega a lo más profundo de mi alma: “Yo también juego”. Aquella frase hace que ya no pueda reprimir las lágrimas y a trompicones salto a abrazar a quienes me han dado la mayor alegría en un día que estaba resultando muy duro.

    Si te digo la verdad, ya no me importa el que no participe en la cancha del partido. Me he dado cuenta de lo que me quería decir el entrenador, al que miro y sonrío mientras me devuelve una de esas tantas miradas paternales que me ha regalado desde que estoy a sus órdenes. Ya no siento miedo de cargar con la culpa del resultado porque estoy dentro de la cancha, defendiendo a cada rival, luchando por cada rebote y esforzándome en anotar canasta.

    Cuánta razón tienes, Amigo. Equipo, esa es la palabra, y hasta Tokio he tenido que venir a descubrirlo.

    Firmado: Pau. Septiembre 2006.

    Joaquín Yebra Gómez




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