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Concurso literario - 2º premio ficción: El momento de la fama
Texto de Carlos Santa María Pico, que consiguió el segundo premio de la categoría de ficción en el I Concurso Literario ACB.COM. Con una prosa excelente relata la historia de Yuri Dermátov, un antihéroe que no puede conseguir su objetivo de pasar desapercibido dentro de la maquinaria soviética. En un partido tan fácil de olvidar como de recordar, alcanza su momento de fama

  • Primer premio ficción: El último lanzamiento

  • Primer premio épico: La vida en 50 segundos

  • Segundo premio épico: Una palabra: equipo


  • El momento de la fama
    Segundo premio categoría ficción

    Yuri Dermátov era un obrero más en la Fundición Octubre, principal centro industrial de la ciudad de Lígovo. Nunca se había distinguido por ningún mérito en especial. Tímido y silencioso, cumplidor estricto del horario, trataba de pasar desapercibido allá donde estuviera. Tampoco poseía una constitución física que le permitiera destacar: alto, rubio, de tez blanca y ojos hundidos, compartía la fisonomía de los habitantes del lugar.

    El camarada Dovrishkin, su inmediato superior, se dirigía a él con los apelativos de “Tú”, “Oye” o “A ver”, y ello nunca ocurría más de una vez por semestre. Aquella había sido una tarde muy calurosa y las naves, por las que había estado circulando material hasta hacía tan sólo unos minutos, parecían el patio de atrás del mismo Infierno.

    Dovrishkin sentía la cabeza a punto de estallar. Estaban en plena semana de celebraciones tras la terminación del Quinto Plan Quinquenal y la Fundición Octubre aún no se había distinguido en ninguno de los eventos culturales y deportivos que veníanse celebrando durante aquellos días. Eso sólo podía significar una cosa: que sería a la BChB (Brigada de Choque de Baloncesto), de la que el propio Dovrishkin era además su principal responsable, a quien correspondería la grave tarea de defender el honor de la Fundición.

    El transcurrir de las últimas horas no había traído sino catástrofes. Por decirlo de un modo muy simple, Dovrishkin se había quedado sin equipo titular por efecto de las festividades. Los había que se encontraban con las piernas rotas por causa de las peleas. Otros, agotadas las existencias de vodka, habían proseguido la fiesta con todo el líquido anticongelante que pudieron encontrar. En palabras del médico que les atendía, “están tan cerca de la muerte que si no les importa, voy a ir haciendo ya la autopsia, no sea que luego llegue tarde al baile”. A última hora, Dovrishkin fue informado de que el único jugador que quedaba indemne –un poste alto e intimidador-, se llamaba en realidad Irina y acababa de ser madre tan sólo un par de horas antes.

    - ¿Cómo no se me informó antes de que el camarada Shétkhin era en realidad una mujer? –rugió.
    - En realidad, como nunca había llegado a quitarse el chándal... –trató alguien de explicarse.

    Así que ya tenemos al atribulado Dovrishkin, avanzando casi a tientas entre las naves vacías de la Octubre, seleccionando a los pocos obreros que se habían quedado rezagados tras el sonido de la sirena. Tenía que formar un equipo nuevo antes del día siguiente. A una veintena de pasos de distancia, reparó en el camarada Yuri Dermátov.

    - ¡Usted!, ¿Qué está haciendo aquí?
    - ¡Salud, camarada Dovrishkin! Se me cayó la gorra en el tumulto. He vuelto para recogerla –contestó un Yuri al borde del colapso.
    - Se presentará mañana en la Oficina de Actividades Sindicales Espontáneas a las nueve horas.

    Yuri no sospechó nada de aquello, pues no era la primera vez que se le convocaba con la advertencia de “importante”, para acabar cargando sacos de patatas rumbo a la casa de algún camarada director.

    Dovrishkin invirtió toda la mañana siguiente en explicarles a los nuevos jugadores los fundamentos del baloncesto. Tarea ingrata pues lo que tenía delante no era más que un grupo de hombretones torpes y descoordinados, muy rubios y muy altos, pero igual de dotados técnicamente que las cucurbitáceas típicas de la región. Sin embargo, no había más solución que la de presentarse. Enfrente tenían al muy laureado equipo del Comité Central de Balnearios, procedente de la ribereña ciudad de Talashkeh, sus grandes rivales regionales. Afortunadamente, las celebraciones del Plan Quinquenal también les habían pasado factura a éstos, por lo que se habían visto obligados a sustituir su equipo titular por doce mancebos de las cocinas.

    Mucho nos tememos que el partido no figurará en los anales del deporte de la canasta. Si acaso, en el de peleas confusas. Pese a todo, habrá que decir que el encuentro mantuvo su emoción hasta el último segundo, pues ninguna de las escuadras fue capaz de lograr un solo enceste. Lo más cerca que un balón pasó del aro consistió en un tiro que, sobre su propia canasta, lanzara un despistado jugador del equipo balneario y que llegara a aterrizar, con especial mala fortuna, en las narices mismas del camarada gobernador. Éste, a pesar del incidente –y de tener que sujetar en adelante un sangrante pañolón en plena trompa-, mantuvo en todo momento la apostura que se esperaba de su cargo.

    Yuri, experto en el arte de la desaparición y el mimetismo, consiguió esquivar hasta el final la orden de salir a jugar. Sin embargo, y a falta de unos segundos para terminar el partido, ya no pudo seguir escondiéndose más –el siempre delicado asunto de las faltas personales-, y fue enviado al campo. Presa de los nervios, y al verse contemplado simultáneamente por centenares de ojos, nada más recibir el balón lo arrojó al aire, con el resultado de que éste acabara atravesando el aro rival momentos antes de decretarse el final del encuentro. La Octubre había conseguido uno de sus más grandes triunfos gracias a su canasta antes del límite.

    Yuri, en un estado parecido al de la narcolepsia, fue llevado en volandas durante varias horas por toda la ciudad y aldeas vecinas. Espontáneos poetas emergían de entre la multitud glosando sus hazañas y eran muchos los que presumían a grandes voces de haberle conocido desde su más tierna infancia y saber ya entonces que estaba predestinado a la gloria. Por su parte, Dovrishkin fue asignado, en atención a sus constantes esfuerzos sindicales, al Comité Central de Balnearios, donde, en el curso de pocos meses, adquirió un saludable tono cobrizo, así como un esponjoso albornoz de su entera propiedad.

    Carlos Santa María Pico




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