Artículo

Dirk Nowitzki: El sueño ario
La genética se ha conjurado para construir a un prodigio de talento, físico y mentalidad: Dirk Nowitzki. El alemán ha llevado su juego un paso más allá esta temporada cuando parecía imposible poder hacerlo. Ahora su juego es prácticamente imposible de defender, su mente es capaz de resolver en los momentos más calientes y domina el juego tanto anotando como reboteando. Si no existiera, nadie lo creería posible. En este artículo, Gonzalo Vázquez ahonda en el milagro Nowitzki, un fenómeno que todos los scouts tratan de volver a encontrar como si del Santo Grial se tratara; por su naturaleza única, la comparación no es gratuita


Dirk Nowitzki es quizás el jugador más difícil de defender hoy en día en la NBA (Foto EFE)

Abrían este pasado miércoles ACB.COM y ESPN con un reportaje dedicado a la nueva joya italiana, Andrea Bargnani, sobre la que se instalaba la apuesta: “The next Nowitzki?”. No es la primera. Ni será la última. Puede llevar a sorpresa, pero ese tipo de órdagos ya ha sido aplicado con distinta fuerza a ejemplares tan variopintos como Skita, Andriuskevicius, Milicic, Biedrins, Lampe, Cabarkapa, Korolev, Ilyasova, Lorbek o Ilic. Vincula a todos ellos una doble tendencia: de un lado, ser blancos foráneos de potencial lo suficientemente elástico como para motivar su prematura elección; y de otro, el reconocimiento implícito –nunca expresado abiertamente por los buscadores de oro blanco– de replicar “el milagro Nowitzki”. Tiene su lógica. El scout NBA vive en la permanente urgencia de aportar el material que da sentido a su trabajo y apresura por ello la adquisición de nombres antes que el rival se adelante. Así es frecuente que el jugador adquirido no sea más que un bocetto, y como tal, sin valor de uso ni cambio: tan sólo valor retórico. Esto conlleva riesgos. Pero por mera probabilidad, la masiva lógica del riesgo que mueve el mercado tiene que llevar algún día al acierto, que en el único caso de Nowitzki adquiere el sentido de milagro.

Porque Nowitzki es para empezar un milagro de la naturaleza. Muy posiblemente el mayor prodigio genético que ha visto el Baloncesto desde que el corazón de Michael Jordan revelara a los médicos un bombeo de 45 litros de sangre por partido cuando el resto de mortales rara vez supera los 30. El caso del alemán representa un extremo acaso menos cuantificable pero no por ello menos visible: se trata de un producto que, combinando estatura y dinámica, deja libre a Nowitzki de cualquier analogía precedente. Esa dinámica no es la resultante de las cualidades atléticas brutas (Sampson las tenía mayores) sino el producto conjunto de resolución física y, sobre todo, resolución técnica. Ahí Nowitzki se queda solo. Observándole con detenimiento, no es descabellado pensar que de tan fiel y compacto a sí mismo se comportaría exactamente igual con cualquier otra estatura inferior. Pero la naturaleza le ha dotado para colmo de siete pies de altura. He ahí el milagro por el que Lang Whitaker lo definía en fechas recientes como “the most versatile seven-footer ever to play in the NBA”.

Esa convicción de que Nowitzki es lo que es pese a su altura la hizo propia Avery Johnson al rechazar de plano su posición de cinco aun cuando el experimento le produjo un radiante 16-2 de parcial hace apenas un año. “Esto es algo que no vamos a repetir. Dirk es un tres/cuatro. Si Dirk y Van Horn fueran los dos jugadores más altos de la liga, Dirk jugaría de cuatro y Keith de cinco”. El factor que aprueba esa certeza con mayor evidencia es su calidad de tiro. Pero vale reseñar que diversos estudios dirigidos por su mentor y padre espiritual, Holger Geschwindner, concluyen que la técnica de su lanzamiento, un tipo muy singular de lateral abierto, alcanza la llamada optimal shot curve. Básicamente esto significa que si bien el tiro de Nowitzki aparenta ser el tiro de un excelso tirador más, en absoluto lo es para el rival, que comprueba cómo guardarle una correcta distancia defensiva no sirve de gran cosa. Hay jugadores que en el tiro exterior sufren el error debido al marcaje y, sin embargo, en los fallos del alemán parece pesar más lo propio que lo ajeno, tal y como ocurría con los más inspirados Miller o Bird.

Irrumpe ahora como poderoso agravante su capacidad reboteadora, a la que no se avista límite. Nowitzki podría estar atravesando el mismo progreso experimentado por Garnett entre 1997 y 2000, un proceso de mentalización por el cual jugadores de frecuencia perimetral consiguen optimizar su rendimiento reboteador. Nowitzki continúa basando este aspecto mucho antes en la decisión que en la ventaja física, al modo que predica el mejor magisterio de la especialidad (Moses, Barkley, Rodman o, apurando, el Erving de Massachusetts). Así el año pasado el alemán fue el único jugador de toda la NBA que terminó la temporada en el Top Ten de anotación y rebote. En sus comienzos, parecía sencillo definirle como un hombre alto de perímetro, una tendencia muy moderna que valida la versatilidad de una sola cara al vaciarse el jugador de rendimiento interior. En Nowitzki eso ya no es posible. Su cobertura ofensiva no deja espacio débil y, además de conservar intacto su valor de perímetro, su anotación en la pintura gravita ya entre las más elevadas. Cierto que el sugerente Points in the paint es un registro engañoso. Aprecia tanto a pequeños por penetración (Wade, James) como a grandes por hábitat (Shaq, Duncan). Pero a diferencia de ellos el alemán aprueba ambos cortes.

De ahí que Nowitzki haya desbancado definitivamente a Shaquille como el jugador más difícil de defender de toda la NBA. “Tienes que disfrutar la defensa –aseguraba Marion– para tener una sola oportunidad ante él. Un segundo de despiste y te mata. (...) O eres un fanático de la defensa o no hay nada que hacer ante él”. Y es posible que aun siéndolo tampoco. Pues ni la versión más terrorista del esclavo táctico Bruce Bowen (la misma que fue capaz de ahogar a Marion en 10 puntos en 88 minutos de las últimas WCF) pudo evitar que el alemán hiciera 20 de sus 37 puntos tras el descanso del séptimo en San Antonio.

Al término de la temporada pasada, y como tercero en la elección para el MVP, parecía francamente difícil asistir a una mejor versión de Dirk Nowitzki. Sin embargo, más allá de los números, que están alcanzado su efervescencia en los presentes Playoffs (28.6 puntos, 11.3 rebotes y 51.8 de acierto en los 11 primeros partidos), su presencia y rendimiento, la brillante lectura colectiva del juego que le hace postear para el pase intermedio o de circulación al lado débil que él mismo provoca, indican con absoluta claridad que Nowitzki no sólo ha trascendido su rol de ametralladora, sino que en conjunto parece estar levitando sobre todo jugador y equipo rival a ese insólito nivel exclusivamente destinado a los elegidos. El triple que decide el tercero ante Memphis (y con ello la serie) más la acción que fuerza la prórroga en la última velada de San Antonio y liquida a los campeones (el equipo más difícil de batir en una serie), representan tan sólo los dos ejemplos más visibles de un liderazgo inagotable que demuestra que, a día de hoy y con Bryant fuera de juego, el alemán representa la potencia ofensiva más determinante del mundo.


Dirk Nowitzki podría ser el mayor prodigio genético de los últimos años (Foto EFE)

Qué lejos parecen quedar aquellos Mavericks de magistral perímetro abierto pero frágiles al desgaste terminal. Aún se cree que Dallas difiere notablemente de Detroit o San Antonio. Naturalmente en la forma. Pero no en el fondo. Ahí Dallas ha entrado de pleno en la todavía vigente política de bloques (la suma geométrica de recursos) y por ello ha sido capaz de cazar a San Antonio en la trampa del campeón que cree disponer de todo para la reválida sin reparar en el astuto progreso rival. Como recuerda Terry, además de haber fijado trinchera con perfiles de contención como Dampier, Diop o Griffin, por fin Dallas cuenta con “guys who are able to come off the bench (29-2 en el 7º a San Antonio) and take a charge, or take less shots or accept a role. (...) That’s the system work”. Dallas pierde el primero ante Phoenix por el brutal contraste táctico que supone salir de la prolongada batalla posicional de San Antonio para encontrarse, de repente, con un tempo de juego que multiplica las amenazas no sólo en los tramos finales de partido, sino durante una ofensiva continua de 48 desaforados minutos, precisamente lo que buscaba D’Antoni. Sortear esa confusión pasa ahora por un sofisticado y magistral trabajo de pizarra. Y por Nowitzki, quien seguramente disponga de la última palabra como ha demostrado en las dos rondas previas.

Un año más fascina contemplar en colisión a las dos estrellas blancas del Baloncesto mundial que paradójicamente parecen haber explotado tras su divorcio. Aún fascina más especular lo que serían capaces de hacer nuevamente juntas. Sobre esa hipótesis predomina la creencia de un ligero perjuicio para Nowitzki, dado que él siempre ha mantenido que la marcha de Steve Nash alentó en su perfil técnico la más absoluta independencia, fruto de la cual vemos ahora su talento individual completamente desbordado.

Desde octubre de 2004, y con un Europeo por medio que a punto estuvo de ganar él solito, Nowitzki ha encadenado más de 200 partidos al máximo nivel de rendimiento. El teutón no flaquea. Antes bien parece empeñado en una progresión que no verá más límite que la consecución del anillo. La mentalidad depredadora del competidor nato adquiere en Nowitzki igual patológico sentido que aquellos nombres que el lector quiera situar aquí y, que en rigor, son muy pocos, tan sólo aquellos que fueron capaces de mejorar lo inmejorable. Si el máximo de un profesional se cifra en dar a cada momento el cien por cien de su potencial, a Nowitzki no lo define tanto la regularidad en la excelencia como la patología de la superación. “Me queda tanto por mejorar... (...) –aseguraba en julio pasado– Siempre he pensado que la madurez de un jugador se produce a los 28 o 29 años, así que aún me queda tiempo para trabajar. Quizá entonces pueda ser un gran jugador”. Asusta pensar una posibilidad semejante.

De todo ello se desprende, con permiso del imaginario, el titular del artículo. Pues “The Big German”, como allá le conocen, antoja de modo insuperable la representación de aquel sueño ario del Führer que a partir de los Juegos de Berlín acelera la terrible maquinaria eugenésica para crear, a partir de una quimera, auténticos superhombres. Setenta años después Dirk Nowitzki es la respuesta, la misma por la que suspira hoy el scout universal.

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

Últimos artículos del autor



© ACB.COM, 2001-