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Alguien voló sobre el nido de Kukoc (I)
G Vázquez regresa a las páginas de ACB.COM con el fascinante relato del fichaje de Toni Kukoc por los Chicago Bulls. Historia que desmenuza escrupulosamente, adentrándose en los entresijos y personajes más relevantes involucrados en la adquisición del entonces más deseado de Europa. En esta primera entrega, conocemos cómo se fraguó su elección en el draft y los reiterados intentos para incorporarle al equipo, un fichaje complejo que además despertó el recelo de Michael Jordan y Scottie Pippen

  • Alguien voló sobre el nido de Kukoc (y II)



  • Toni Kukoc deslumbraba en Europa, pero pocos en la NBA apreciaron su potencial

    Con el desdén del hombre poderoso Jerry Reindsorf dejó todos aquellos papeles sobre la mesa según los había recibido y se recostó suavemente en el sillón cruzando las manos sobre el pecho.
    -Muy bien, soy todo oídos –dijo mirando a los dos hombres que tenía delante.
    Krause tomó la palabra. No en vano era él quien había viajado a Split. Phil sabía que con Krause por medio era inútil querer hablar, así que prefirió seguir callado.
    -Vamos a ver: es un 2.08, ligero, muy ligero, y rápido. Se mueve como un base. Allá le comparan con Magic Johnson.
    -Ja, esos idiotas...
    -No, Jerry, créeme. Es muy bueno. Mucho mejor de lo que imaginas. Nadie sabe muy bien qué es lo que hace mejor, si tirar, o pasar, o cargar con todo un equipo él solo. Lo hace todo bien. Mira, mira aquí.
    Krause removió los papeles hasta señalar algo con el dedo.
    -¿11 de 12? ¿Qué es esto?
    -Triples, son triples. ¡11 de 12 triples! ¡Y es más alto que Horace! Nos masacró, Jerry. Nos masacró él solo. Esto fue en el Mundial junior hace tres años. Antes había ganado otro campeonato que organizan allí. Lleva ya dos campeonatos de Europa con un equipo de ensueño. Pero eso es por él, porque él está allí. El verano pasado volvió a ganar con su selección y...
    Krause siguió hablando apresuradamente durante un buen rato –“Lo está ganando todo, ¡todo!”– hasta que sus palabras sonaron como un zumbido, y propietario y entrenador se cruzaron una mirada cómplice.
    -Vale, Jerry. Es suficiente. Phil, tú qué dices.
    Jackson, como de costumbre, tomó su tiempo antes de responder.
    -Sí. Es muy bueno. Mejor que Divac, ese pívot blanco de Los Angeles que ha sorprendido a todos. Puede que no hayamos visto nunca un extranjero como él.

    Poco antes del draft de 1989 el mismo Jackson, obrando al margen de Doug Collins, había sugerido a Jerry Krause vigilar muy de cerca a Vlado Divac. “No te importe utilizar la primera. Y si no ha salido para cuando nos vuelva a tocar, hazlo entonces”. Krause traicionó aquella petición por dos veces. En los corrillos previos a las elecciones los nombres de Divac y Radja sonaban de lejos a la inmensa mayoría de mánagers, algunos de los cuales no ocultaban un manifiesto desprecio. “¿Quién? Venga, Jerry, no voy a desperdiciar mis números. Hazlo tú si quieres”. Nadie confiaba en los europeos. “With the sixth pick... Stacey King. (...) With the eighteenth pick... B.J. Armstrong”. Cinco minutos después David Stern pronunciaba con torpeza el nombre de Vlado Divac y un equipo, Los Angeles Lakers. “Imbécil”, musitaría Jackson a la pantalla.

    -Muy bien, vete a por él.

    El 27 de junio de 1990, dos meses después de ganar el yugoslavo su segunda Copa de Europa y otros dos antes de adjudicarse un Campeonato del Mundo pese a la presencia, otra más, de los Estados Unidos, los Bulls de Chicago blindaban sus derechos sobre Toni Kukoc, convencidos de que su elección motivaría su salto inmediato. No habían pasado ni dos horas cuando Jerry Krause echó el lazo sobre Herb Brown, cesado por el Joventut en marzo, como ojeador en Europa. Mediado aquel verano se celebraron en Seattle los Goodwill Games con la presencia de todas las selecciones importantes de la escena internacional, lo que suponía una magnífica oportunidad de verle en directo.

    -Phil, ¿qué tal si vamos a Seattle? Hablemos con él.
    -Jerry, ¿tengo que contestar ahora?

    Phil Jackson estaba en otra cosa. Y en otra casa. En 1973, justo después de ganar su segundo anillo, Jackson había empleado parte del dinero acumulado en adquirir un terreno de nueve acres en la profunda Montana, donde levantó una casa como lugar de retiro estival. Desde entonces no había faltado a su cita con la calma. Y tampoco lo haría ahora. Atenuar las viejas molestias en la espalda, secuela de su carrera como jugador, y sobre todo, disponer mentalmente todo el proyecto de la nueva temporada en Chicago, ocupaban sus prioridades. De ese proyecto Jackson sentía además que Kukoc no formaría parte. Y una intuición era para él una orden. “Jerry, no voy a ir. Ve tú si quieres”.


    Kukoc lo ganaba todo en Europa, pero sus credenciales no eran suficientes

    Yugoslavia se anotó la victoria en Seattle. Otra vez resultó muy sencillo deshacerse de soviéticos y americanos. La lectura de aquel torneo, al que Yugoslavia se presentó con notables ausencias, es que parecía una cuestión menor el suplemento de jugadores de que rodear a Kukoc. Éste lo seguía ganando todo. Por encima de un grupo compacto formado por Luka Pavicevic, Zoran Cutura, Zarko Paspalj, Zeljko Obradovic, Zoran Jovanovic, Dino Radja, Sabahudin Bilalovic, Velimir Perasovic, Yurij Zdovc, Radislav Curcic, Arijan Komazec y Zoran Savic, volvió a descollar de modo aplastante el espigado Toni Kukoc, a quien Ivkovic dejaba dirigir a placer para asombro de los americanos allí presentes, que comenzaron a referirle en efecto como “A White Magic”. Sin apenas descanso entre uno y otro torneo, Yugoslavia asombró en el Mundial de Argentina con una abrumadora superioridad. No era ya cuestión del marcador (llegaron a aventajar por 19 a los americanos y hasta por 30 si hubiera hecho falta). Sino de una brillante resolución de juego que con Kukoc como detonante relegaba la táctica posicional tal y como lo hacía la mejor NBA, de la que se verían obligados a echar mano a partir de entonces.

    Ya en su sexto año en Chicago Michael Jordan venía observando un firme compromiso de franquicia que él mismo denominó “De-Michaelization”. La cara amable de este proceso era, a su juicio, la mejora del equipo en su nombre. Pero había otra que no aceptaba precisamente con agrado: la toma de decisiones a su margen. Algunas de ellas pasaban por el traspaso de Woolridge, la adquisición de Sellers y la pérdida de Oakley por un Cartwright cuyo fichaje solamente los futuros resultados le harían aceptar. Pero las verdaderas motivaciones de su creciente hostilidad residían en el salario y los conceptos de imagen. Michael quería más dinero y un “mayor respeto” a su imagen. Desde su llegada a Chicago se había desarrollado un proceso sin freno que identificaba a toda la franquicia de Chicago con Jordan, principio y fin de todos los esfuerzos de marketing. Y así fue hasta que ese mismo departamento experimentó la sensación de estar sometido a una sola cosa. Paralelamente aumentó en Jerry Krause un resentimiento hacia Jordan, al que veía como un obstáculo para la consecución de sus planes. Krause y Marketing acercaron posturas. El mánager reforzó incluso la postura crítica de sus creativos haciéndoles ver que el éxito en el taquillaje y ventas no tenía en Jordan el motivo, sino en su duro trabajo diario de promoción. “¿Sabéis lo que os digo? –Krause era muy locuaz–. Sólo me arrepiento de una cosa. No haber elegido a Olajuwon. A estas alturas tendríamos dos anillos”. El contenido de estas palabras no tardaría en llegar a oídos de Jordan, cuya paciencia pudo agotarse del todo al ver en la portada del calendario oficial de Chicago para la temporada de 1990 a Scottie Pippen. Aquélla era la primera vez que Jordan no ocupaba la portada de una publicación interna.

    En consecuencia Jordan decidió reducir su cooperación con las campañas del equipo y, en cambio, aumentar la de sus firmas privadas, como probaba su viaje a España en aquel mes de septiembre. No contento con ello, aprovecharía la menor operación para mostrar su discordia. Así fue como despreció profundamente la elección de Toni Kukoc. Desprecio que aumentó al saber que Chicago iniciaría el diseño de un plan para potenciar la imagen del yugoslavo como símbolo de renovación, y que en ese propósito emplearía la organización buena parte de sus esfuerzos. El primero de ellos fue hacer llegar a Kukoc una misiva en la que se le dejaba bien claro que por mucho dinero que le ofrecieran en Europa, Chicago podría superarlo con facilidad. Así pues, Jordan encontró en Kukoc un magnífico pretexto para justificar su abierta hostilidad a la nueva política del club. Rechazó colaborar en las promociones y decidió, como nunca antes, preocuparse tan sólo de sí mismo. Ese tal Kukoc podría ser la esperanza de toda esa gente, pero desde luego que no la “suya”. Así en los entrenamientos no escatimaría veneno en sus comentarios alentando la discordia entre sus compañeros. “O sea que ya le ven como una futura estrella en esta liga. Ya. Espera a que reciba un codazo de Laimbeer y verás cómo no vuelve a oler la pintura. Yo no digo que no sea bueno. Seguro que lo es contra todos esos ‘amateurs’. Pero no tiene ni idea de lo que es la NBA”.

    Precisamente en una de esas sesiones tuvo lugar el primer encuentro entre Jordan y Krause con Kukoc por medio. Para Krause, convencer al yugoslavo era tan sencillo como que Jordan se lo pidiera personalmente. Una mañana el directivo aguardó paciente en un rincón del Multiplex, el pabellón de entrenamiento, a que Michael se quedara tirando a canasta en solitario.

    -Hey, Mike, contigo los reboteadores lo llevan mal, ¿eh?
    Michael siguió tirando como si nada. Si algo no soportaba de aquel tipo es que fuera incapaz de ocultar sus intenciones.
    -Verás, habíamos pensado que si fueras tú quien le llamase y le pidieras...
    No le dejó terminar.
    -Olvídate. Yo no hablo yugoslavo.

    Krause siguió a lo suyo, que en aquella temporada de 1991 se redujo al ciego afán por aprontar la llegada de Kukoc. Y conseguirlo a costa de lo que fuera necesario, paz interna incluida. El caso es que Kukoc, de 22 años, ya se había manifestado al respecto. Estimaba saberse elegido por Chicago, pero aún no quería probar en la NBA. Krause no daba importancia a eso. Pensó que jugar junto a Jordan era una oferta irrechazable y así, inmune a toda resistencia, el mánager convenció al propietario para dejar intactos de la masa salarial 2 millones de dólares que utilizar en el caso de que Kukoc cambiara de opinión.

    -¿Estás seguro de hacer esto ahora, Jerry? No sé hasta qué punto nos conviene dejar a los jugadores por debajo del tope.
    -Créeme, sólo es cuestión de insistir un poco y enseguida dirá que sí. Hay que estar prevenidos para cuando llegue el momento.



    Kukoc demostró su calidad ante cualquier rival, incluidos equipos de la NBA

    El 28 de diciembre las cosas seguían igual. Sólo que aquél fue el día en que Krause viajó por segunda vez a Split para hacer entrega a Kukoc de una camiseta de los Bulls con su nombre y dorsal, así como una invitación para viajar al Stadium, maniobra tras la que según Krause el yugoslavo caería hechizado. “Que lo vea, que vea todo esto en vivo. No podrá resistirse”. Para dar más empaque al asunto, el directivo había estrechado lazos con la comunidad yugoslava de Chicago y presentó al jugador un amplio dossier que incluía información detallada de la colonia residente, así como firmas y citas de alguno de sus miembros más relevantes. Krause le confió además la contratación de un intérprete que acompañaría al jugador en todo momento, incluso en el banquillo. Era cierto. Krause había empleado ya un dinero en ello, colando a un tipo en la organización bajo el peregrino cargo de “assistant trainer”.

    La obsesión de la directiva por hacerse cuanto antes con Kukoc pasó a ser un secreto a voces. Gran parte de culpa residía en la torpe indiscreción de Jerry Krause, quien no dejó ni un segundo de maquinar la trama para sacar al yugoslavo de su país, arrastrando en el intento al propietario de la franquicia. Fue de hecho la congelación salarial impuesta por Jerry Reindsorf lo que verdaderamente encendió los ánimos de los jugadores tan pronto supieron que el motivo no era otro que Toni Kukoc, quien para colmo persistía indiferente al cortejo. La política de recortes se había iniciado ya en verano, con el fichaje a la baja de Cliff Levingston. Atlanta le garantizaba 4 años y 4 millones, pero su agente, Roger Kirschenbaum, exigía un mínimo de 5,4 millones. Cuando tocó negociar con Reindsorf, jugador y agente se sintieron insultados. “750 mil por un año con opción a otro y mejora. Es lo que puedo ofrecerte. Si obtienes algo mejor, adelante”. Levingston ganaría más en Europa y así se lo hizo saber a Chicago. A los pocos días, el alero firmaba contra reloj aquella limosna.

    A ello siguió la situación de John Paxson, a quien Jerry Krause no quería en su proyecto. “No hará falta ni quitárnoslo de encima. Me juego el cuello a que antes de febrero dejará de ser titular. Armstrong se encargará de ello”. Recién iniciado el año Krause pensó en largarle y emplear su dinero en mejorar la oferta a Kukoc. No parecía servir de mucho que Paxson llevara seis años en Chicago sin levantar la voz a pesar de que con 320 mil dólares de sueldo, fuera el base titular peor pagado de toda la liga. Scott Williams y Bill Cartwright sufrieron igual indiferencia. Pero el caso de Pippen era el más sangrante. Desde antes de iniciarse la temporada el jugador aguardó a que la directiva le comunicara su intención de renovarle. Pasaron las semanas y los meses y nadie habló con él. Cuando en enero la prensa de Chicago desveló la oferta en firme que se le había hecho llegar a Kukoc los sentimientos de la plantilla hacia el yugoslavo pasaron de la velada reserva a la más expresa animadversión. Resultaba que en su visita de diciembre, Krause había ofrecido a Kukoc nada menos que 15,6 millones de dólares por 6 años. Como ultimátum se requería del jugador una respuesta antes de terminar enero. La prensa añadía que por esta circunstancia la masa salarial del equipo estaba casi 2 millones de dólares por debajo del tope, lo que situaba el payroll de Chicago en uno de los más bajos de toda la NBA. Los jugadores rompieron con la directiva, quedando a merced de sí mismos con Jackson y la terapia de pista (9-4 en enero) como única tutela.


    Ni Jordan ni Pippen veían con buenos ojos el fichaje de Kukoc

    Para la plantilla la realidad era clara: la directiva estaba entregada a una fantasía que les estaba costando dinero. Además de tener que escuchar multitud de veces todo lo bueno que podía llegar a ser quien no estaba allí con ellos, se le estaba ofreciendo una millonada a un jovencito europeo que, además de hacerse de rogar, podía robarles el puesto a cualquiera de ellos, sensación que Pippen hizo radicalmente suya. Jordan estalló terminando enero, mes que transcurrió sin respuesta alguna de Toni Kukoc. “Me parece que no están interesados en ganar. Sólo en vender entradas, cosa que están haciendo a mi costa. No están dirigiendo el negocio a hacernos mejores. Y luego está el tal Kukoc. De verdad que me asquea ese tema. Están perdiendo el tiempo en perseguir a ese tipo”. El resto del equipo, con Kukoc como chivo expiatorio, asumió como valientes las declaraciones de Jordan e incluso como altruistas, cuando lo que en realidad podía motivarlas era saberse el sexto jugador mejor pagado de la NBA por detrás de Olajuwon, Ewing, Robinson, Perkins, Magic Johnson y muy pronto John Williams.

    Reindsorf y Krause reaccionaron como de costumbre: de manera oblicua y distante. Una mañana Jordan se vio firmando en la puerta de casa el recibo de un paquete postal con remite de las oficinas del club. El paquete contenía un total de 6 cintas de video cada una de las cuales repetía el nombre de Toni Kukoc. Acompañaba al envío un escueto mensaje que invitaba a Jordan al visionado de las cintas para terminar de convencerse. Michael no solamente no vería nunca aquellos videos, sino que acto seguido llamó a su representante, David Falk, dominado por algo muy cercano a la furia.

    -David, quiero que escuches atentamente lo que te voy a decir y que hagas exactamente lo que te pido.
    -Adelante.
    -Si viene Kukoc, si te enteras de que hay algún movimiento para traerlo ahora y sobre las cifras que se han hablado, peina el mercado. Estoy dispuesto a largarme.
    -¿¡Qué!?
    -Lo que oyes.


    Las cosas no mejoraron. Antes bien se torcieron un poco más cuando a los oídos de Jordan llegó una nueva promesa hecha sobre Kukoc: nada menos que la titularidad como base del equipo. Como quiera que no hubo novedad la lógica de Jordan procedió entonces del siguiente modo: uno, estaba convencido que el yugoslavo no venía por miedo; dos, la presión podría con él; tres, el fichaje resultaría un fiasco; y cuatro, si todos los esfuerzos de la franquicia se habían entregado a la adquisición de un fiasco en un momento tan delicado, él se largaría. Jugarse un órdago de este calibre ante Reindsorf era una carta que podía esperar. Mientras tanto cabía la presión sobre la directiva.

    -Jerry, supongo que ya te habrás dado cuenta que ese tipo pasa de nosotros. ¿Has pensado en la posibilidad de traspasar sus derechos por algo “real” que nos pueda venir bien ahora?
    -Michael, no me gusta el tono con el que me estás hablando...
    -¡Hablo en serio, Jerry!
    -¡Sólo te pido tiempo! Puede que todo esto termine antes de lo que esperas.
    -¿Esperar? Ése es el problema. Vosotros esperáis algo. Yo no espero nada.

    Gonzalo Vázquez
    @GVazquezNY

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