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Hack-a-Shaq: Crónica de un calvario
El Shaquille O'Neal de Los Angeles Lakers estaba jugando el baloncesto más dominante que se recuerda en 1999; parecía imparable bajo los aros partido tras partido. Fue entonces cuando una idea descabellada acabó cuajando como única opción de pararle: el Hack-a-Shaq. Aprovechándose de su mal porcentaje en los tiros libres, Mike Dunleavy (y no Don Nelson como generalmente se cree) apostó por hacerle faltas reiteradas para mandarlo a la linea y cortar el ritmo de su equipo. No funcionó, pero la idea fue imitada por algunos de sus principales rivales. Gonzalo Vázquez descifra en este artículo la cronología básica del Hack-a-Shaq en su temporada origen


Shaquille O´Neal tuvo que sufrir malintencionadas defensas noche tras noche (Foto EFE)

Cuarto partido de temporada para los Blazers, tercero para los Lakers. Ambos invictos, el Rose Garden abarrotado. Con seguridad, el mejor duelo a ver no sólo aquel 6 de noviembre de 1999 sino toda vez se vieran las caras en una campaña como diseñada para ellos. Portland incidió mucho en la defensa al perímetro por la baja rival de Bryant y sus interiores Wallace y Grant. Así fue como supo manejar a pequeños tirones sus ventajas hasta el último mate de Shaq, a 9:11 del tercero y 57 a 51 local. Pippen y Wells añadieron corriendo un 12 a 7 favorable y la dinámica del partido parecía inclinar la balanza al lado local cuando, inesperadamente, Mike Dunleavy, sumergido hasta entonces en su hierática postura pensante de brazos cruzados, viró de repente al fondo del banquillo. “Jer! Run, come here!”. Pegado a Jermaine, el técnico agitaba los brazos al hablar: “You Shaq: ball foul, ball foul, ball foul, OK?”. Aun sin entender muy bien el porqué de la consigna, el joven pívot salió asintiendo a escena dispuesto a morder a su presa con un celo insuperable: primera falta, segunda, tercera... y ningún punto desfavorable. Aplausos desde el banco. “Good, guy, good... Go on! Go on!”. Algo extraño pasaba: el equipo infractor, quien cometía deliberadamente las faltas, no parecía estar sufriendo perjuicio alguno. Más bien al contrario, el desenlace resultó aún más inesperado. Los Lakers, visiblemente desconcertados, quebrados de ritmo, no desistieron en buscar adentro a Shaq cuando, a 10:23 y 77-70 abajo, Jermaine lo embistió por cuarta vez pero ahora de forma salvaje y con expresión inocente, como si a la vez se disculpara: “Tío, lo siento, esto es lo que me han dicho que haga”. Pero Shaquille estalló arrojando un balonazo a su homónimo. Los árbitros le señalaron técnica. 43 segundos después, padeciendo aún otra falta más de su perro de presa y protestando por ello airadamente, Shaquille era castigado con una segunda técnica y expulsado del partido. En cinco minutos de juego, Jermaine O’Neal había cometido cinco faltas sobre Shaq. Ninguna de ellas fue considerada flagrante. Cumplido el trabajo, corrió al banco y Sabonis campó a sus anchas en la pintura angelina. Sin su par natural, anotó los siguientes 11 puntos de Portland sellando así una victoria inapelable (97-82), la cuarta de cuatro disputados. Un vistazo al Box radiografiaba la herida: los Lakers habían errado 17 de sus 34 libres; los Blazers tan sólo 1 de 21. En el centro de la diana, Shaquille O’Neal: 3 de 11 y 10 de 28 en el global de temporada.

Pretendiendo encarecer su primera derrota oficial como técnico angelino, Jackson arremetió duro: “Es increíble lo que ha pasado. Estoy muy enfadado con los árbitros. Han actuado como si él fuera el villano, no la víctima. Echando a Shaq nos han echado a todos del partido. Portland no ha jugado el balón: sólo se ha tirado encima de él”. Como era de esperar Dunleavy vio otro partido, elogió la defensa de sus jugadores y su circulación en ataque. A lo sumo un corte que para colmo velaba el calentón del expulsado: “Podría habernos pasado a nosotros. Les dije a mis chicos que controlaran sus emociones”. Aquella noche Shaquille se largó sin hablar con nadie. Especial dolor le produjeron las palabras de Jackson responsabilizándole de su expulsión.

Nada trascendió demasiado. Dentro del frenético ritmo de la Regular los partidos son accidentes y uno solo estará plagado de ellos. Sin embargo, a la mañana siguiente alguien descifraba en silencio el mensaje de lo ocurrido en Portland. Era Don Nelson, horas después ocupante del estrado rival en el Staples. Los 10 puntos y 8 rebotes de Shaq, extrañamente serio, al cierre del primer cuarto parecían dejar claro que no habría lugar esa noche a más tonterías con él. Así los Lakers llegaron a disponer de 21 puntos de ventaja, un margen que pese a antojarse definitivo, Dallas fue recortando hasta endosar un 1 a 9 que reflejaba un 88 a 75 a siete minutos del término. Shaq había acudido entonces 9 veces a la línea con tan sólo 4 aciertos. Nellie cayó rápido en la tentación asignando a Bradley el papel de sicario que secundaría Nowitzki (10 faltas entre ambos). En apenas 4 minutos O’Neal sufriría dos humillaciones: una, errar 8 de los 14 libres de que dispuso, y dos, ser sentado por Jackson a 3:16 y con ventaja de 11, es decir, confirmar a Shaq como un cebo que robar a Dallas en los minutos decisivos. Pero aún restaba la peor. Los Lakers ganaron. Lo hicieron por 17ª vez consecutiva a los Mavs. La relación entre Jackson y Nelson venía siendo cordial (entre risas Nelson declaraba: “Le adoro. Pero que sepa que va a tirar muchos libres contra nosotros”) y así esta vez, al técnico angelino, aquella estrategia le resultó “interesante y divertida”. Quedaba claro entonces: Shaquille O’Neal comprendía el doloroso mensaje: aquella vejación táctica cobraba finalmente cuerpo, podría extenderse y, en adelante, habría de sufrirla en solitario. Nada ni nadie acudirían en su ayuda. “Nunca será un gran tirador de libres”, le condenaba su mismo entrenador. Al día siguiente en Houston, la pelea con Barkley le costaría expulsión, suspensión y multa. Más allá de peligrar su cordura, algo en su carrera estaba cambiando aprisa.

El común de las fuentes americanas atribuye equivocadamente el origen del “Hack-a-Shaq” a este partido y no al precedente, y asimismo a Don Nelson en lugar de a Mike Dunleavy. Hay motivos para disculpar esta imprecisión: Nelson fue pionero en interpretar el “Hack” como una periferia real del reglamento que exprimir de modo más táctico que Dunleavy. Éste dispuso a Jermaine como marcador directo que golpear a su par en el interior, el hábitat natural de Shaq, y siempre con balón. Pero Nelson fue más allá: dispuso abortar de raíz los ataques angelinos faltando a Shaq en el perímetro, sin balón ni par definido. Demasiado aditivo táctico para olvidar a Nelson. El otro pilar lo firmaría la prensa: el 17 de noviembre Chris Colston, bajo el sugerente título “Golpear a Shaquille tiene sentido”, publica en USA Today un artículo demoledor que lejos de cuestionar la ética de la estrategia, sitúa a Shaquille en la picota y le previene como responsable directo de lo que podría convertirse en una peligrosa epidemia (dos días después Tim Floyd lo empujará 31 veces a la línea). “Alguien le tendría que recordar un fundamento básico del juego por el que gana millones de dólares”. Oportuno u oportunista el artículo, su serie de libres hasta ese momento era digna de engrosar los anales más siniestros del deporte profesional: 23 de 65, menos del 36 por ciento de acierto con un aciago 3 de 14 el martes día 9. “Básicamente anota un tiro libre con la misma frecuencia que Nomar Garciaparra (jugador de béisbol) consigue una base”. Un año después, cuando destroza la marca de libres sin acierto en Seattle (0-11), la parodia alcanzará su más cruda validez.

Aquella vejación pública que ratificaba la que ya sufría en la pista tentaba a la liga a recurrir al “Hack”. Pero apenas nadie cayó contagiado en el grueso de la Regular. No mientras los Lakers arrasaban el 80 por ciento de sus partidos (con dos series de 16 y 19 victorias seguidas) sin dar opción a una estrategia cuya práctica hubiese ridiculizado a cualquier técnico. Los centenares de faltas sobre O’Neal, tratándose de él, disimulaban por fortuitas o necesarias. Así el virus parecía dormir para siempre cuando Don Nelson, sin ni siquiera opciones a Playoffs, dispuso a capricho despertarlo de nuevo el 18 de abril de un modo escandaloso. Jackson rotó aquella noche a diez hombres, ocho de los cuales no acudieron a la línea y tan sólo uno de ellos, Kobe Bryant, sumó un adicional. El resto fue todo para O’Neal. Todo. Dallas alternó sobre él a Bradley, Nowitzki y Rooks con constantes ayudas de dos y hasta tres pequeños; ninguno reparó en sumar faltas a su costa. Pero en el último minuto del tercer cuarto y con 74 a 75 para L.A., Nelson ordenó desatar un ataque concentrado sin precedentes. Primero Bradley lo tiró salvajemente al suelo. Tiros libres. Nada. Después Damon Jones, que solamente salió a pista ese minuto, lo atacó en el perímetro sin balón. Tiros libres. Nada. Una vez más Jones -esta sería la novedad- se enganchó a Shaq cuando ni siquiera había atravesado la media pista. Los dos últimos libres certificaban no sólo un terrible 0 de 6 en 49 segundos (8 de 19 en total) sino endosar un 6 a 0 que cerraba el cuarto a gusto de Nelson: 80 a 75. Dallas se llevó aquella noche el partido (112 a 102), la primera victoria sobre los Lakers desde el 5 de abril de 1995. En el momento más decisivo de la temporada, el previo a las series, unas series que no iban con él, Nelson parecía pretender exhibir un mensaje a quien quisiera recogerlo: “With ‘hack-a-Shaq’... you can beat L.A.”.


Ni los árbitros ni la Liga protegieron al jugador de los Lakers (Foto EFE)

Tres partidos bastaron (30 abril) para que otro técnico tomara el relevo. En el tercero de primera ronda ante Sacto, a Rick Adelman no le tembló el pulso para, finalizado el tercer cuarto (66 a 71 en contra), agotar las 6 faltas de Scott Pollard en 7 minutos y exprimir otras 5 de Divac. Shaq hizo 5 de 14, los Lakers encajaron un 33-20 y perdieron. Dos noches después, aun disfrutando de una estable ventaja parcial, Adelman tampoco eludió selectivamente el ‘Hack’ para cortar el ritmo angelino. Pollard sumará 4 en 12 minutos a rebufo de otras 5 de Divac. Shaq falla 7 de sus 12 intentos y Sacramento iguala la serie. Poco después, cuando toca Phoenix, Scott Skiles, viéndose ya eliminado al 3-0, utiliza el cuarto de la serie para desafiar a los Lakers con un linchamiento por momentos insoportable. Marion, Robinson y Rogers suman 12 faltas, Blount añade 5 y Longley, par directo de Shaq, agota sus 6 en 13 minutos. A tal grado de hostilidad alcanzó el ataque combinado que en los últimos minutos Jackson decretó cometer faltas a destajo. Rick Fox fue expulsado tras dos flagrantes deliberadas sobre Robinson en 30 segundos, las dos en la pintura como habían hecho ellos (no fuera que el mensaje no se entendiese). Con el partido ganado Skiles apuró su vendetta prolongando la agonía angelina a base de nulos tiempos muertos. “Veo que esto se agrava -protestó Bryant-. Nosotros no queremos asesinar a nadie”. Alguien aquella noche (4 de 12) no ocultaba un mayor enfado: “No tengo nada que decir”.

Desde noviembre hasta acabar con Phoenix, no es exagerado interpretar la antología del “Hack” como una deshilvanada sucesión de caricias en relación a lo que habrían de desatar los dos últimos asaltos del año. El 20 de mayo, Dunleavy, una vez más, abrió la veda. Pero esta vez lo haría ya sin límite, sin que ningún reglamento amparase a un jugador cuya indefensión recordaba a la de aquel estibador cruelmente apalizado por la mafia en La Ley del Silencio: “Tomaron mi cabeza por una pelota”. Aun ganando el primer partido, Jackson se vio superado por algo que honradamente su carrera, y la de cualquier otro entrenador, ignoraba: “This wasn’t just ‘Hack-a-Shaq’. This was ‘Hack-, hack-, hack-, hack-a-Shaq and keep on hacking”. Nueve años atrás, Detroit arrastró a Michael Jordan a la línea nada menos que 14 veces en un solo cuarto, la marca más alta en la historia de unas series. En el último período de aquel debut en el Staples, Portland lo hizo con Shaq en 25 (el mayor número en la historia de un partido NBA) cuando en el tercero lo había hecho en 2 y en la primera parte en ninguna. Como nuevo avance táctico del ‘Hack’, Dunleavy consideró que cualquier jugador de pista podía golpear al mismo hombre, e incluso hacerlo dos o tres a la vez para confundir a los árbitros (¿quién ha sido?) y, sin rigurosa medida en la fuerza empleada, rebajar el listón de la flagrante (ni una sola fue señalada). Así las cosas, uno de los mejores rosters en la historia de la liga se vio durante 12 minutos conjurado a una actividad seguramente ajena a la naturaleza básica de su profesión. “Olvidaron que se trataba de anotar”, ironizaba Rick Fox al sorprenderse de que aquella estrategia se produjera con una desventaja rival que osciló entre los 10 y los 15 puntos. ¿Qué no podría ocurrir de apretarse las cosas?

No hizo falta esperar. Dos noches después Jackson dispuso como antibiótico liberar a Shaquille con el perímetro. Pero fracasó. Sin el normal flujo centrípeto, los Lakers cayeron enajenados a un punto que tocó fondo en el tercer cuarto (8 puntos). Aun sin necesidad, Dunleavy exprimió las 12 faltas de Sabonis y Grant, y por la pista pasaron hasta 24 jugadores, 18 de los cuales tiraron juntos menos libres que O’Neal. La paliza (77-106) demostró que los Lakers no podían traicionarse sin consecuencias desastrosas. Pero Dunleavy debió de pensar lo contrario cuando dispuso arrastrar a su víctima hasta 99 veces a la línea en toda la serie, en cuyo sexto partido volvió a desatar el linchamiento táctico sobre un solo jugador que logró anotar su primer tiro libre transcurridos 36 minutos de juego y con 15 abajo. Ni le indultaban las súplicas -“A Sabonis no le han pitado nada”- ni el ‘Hack’ dejaba de resultar un recurso, a un paso de las Finales, inquietantemente efectivo. Esto fue lo que movió a Charles Barkley, que acababa de firmar un millonario contrato con la TNT, a arremeter públicamente contra el “Hack-a-Shaq” asegurando hacerlo en nombre de todo espectador. “Lo entendería como estrategia de final de partido. Pero... ¿hacerlo realmente desde el primer cuarto?”. El siguiente mensaje era para la Liga misma: “¿Deberíamos cambiar el reglamento por un solo hombre? Antes no conocía la respuesta, pero por el bien de este juego, a lo mejor sí”.

Tampoco había precedente en la historia de la NBA para lo ocurrido en el segundo partido de las Finales y, por extensión, en toda la serie. Nadie, ningún equipo jamás acorraló tantas veces en la línea de tortura a un solo jugador en un único partido: aquel 9 de junio todos tenían vía libre, cuando no orden rigurosa, de golpear a O’Neal. Entre Davis, Smits y Perkins coparon 17 de 18 faltas posibles. Las 39 veces que acudió Shaq a la línea (16 en el último cuarto) apenas contrastan con las 47 que lo hizo el resto, hasta 13 jugadores distintos. Tardando muy poco en sucumbir Larry Bird a las alarmas de Harter y demás cuerpo técnico, la consigna decidida ni siquiera era ya el ‘Hack’, sino el ‘Hard Hack’, un terrible recrudecimiento del calvario motivado por dos razones: una, evitar a muerte la canasta, y dos, doblegar el silbato de un arbitraje que, de haber sido riguroso, podría haber liquidado a la entera plantilla de Indiana y las mismísimas Finales a los ojos del mundo. Más bien al contrario Shaq fue juzgado con distinto rasero cuando al placaje del pequeño Best que dio con aquel en el suelo, sucedió una falta de O’Neal al base que fue considerada flagrante. “De verdad, no entiendo las reglas. Supongo que es algo con lo que tengo que cargar por el tamaño que tengo. Pero en esta carrera no tengo por qué ser un muro al que los demás coches van a chocar”. Más decisivas que las solitarias sesiones intensivas de tiros libres aquellos días, lo fueron para Shaq las de ‘Zen’ con Phil Jackson. “Yo mismo me decía: ‘Cálmate, respira, tómate tu tiempo. Tira. Sigue tirando’”. Cuando en el tercero se repitió la cruzada sin que nada ni nadie parecieran pretender detenerla, un jugador de Indiana, Jalen Rose, se atrevió valiente a la disidencia: “Mira, puedo entender la táctica en los últimos minutos (donde Shaq hizo 1 de 7 en ese tercer choque). Pero cuando le estás permitiendo una y otra vez descansar y sabes que un mal tirador de libres te va a anotar al menos la mitad, ¿de veras es tan buena idea?”.

Se alcanzó un punto sin retorno. El ‘Hack’ había abandonado su carácter excepcional. Sin barreras que franquear, había adquirido tal naturalidad táctica (se conocía como “PLAN C” en la pizarra del vestuario rival), que era inevitable hacer estallar las alarmas. Phil Jackson fue definitivo: “La fuerza con que le hacen las ayudas, la forma de golpearle, el intento de sacarle del poste como sea..., no sé, es como si quisieran hartarle del Baloncesto, retirarle cuanto antes”. Aprovechando la presencia de la plana mayor de la liga (Stern, Granik, Jackson) en Indianápolis, la prensa encontró la diana perfecta. El 13 de junio el Toronto Sun recogía un compendio de declaraciones de los dirigentes que, en conjunto, venían a echar balones fuera. “Nosotros no estamos buscando un antídoto contra esto -concluía Stern-. Forma parte del juego”. Contra una cierta corriente de opinión favorable a la modificación del reglamento, incluso apuntándose la idea de que en los dos últimos minutos, el equipo víctima de las intencionadas pudiera elegir a su tirador en la línea, Granik añadía en otro pasillo: “Hay multitud de partidos donde se cometen faltas deliberadas. Quienes han empleado hasta ahora esa estrategia contra los Lakers no han obtenido demasiados resultados. Crear una regla para evitarlo carece de lógica”. Pero la más dura de todas, la que más daño podía causar al hombre que a lo mejor la propia NBA debía proteger como hizo antes con todos los demás dominadores, corrió a cargo de Stu Jackson, cuyo cargo arrancaría el 1 de julio: “Legislar algo por la incapacidad de un jugador para hacer algo no aumentará ni mucho menos el interés por este juego”. Pero en realidad ninguno de ellos ignoraba (otra cosa es que pudieran decirlo abiertamente) que el final de temporada iba a resultar el más oportuno de sus carreras gestoras, porque de continuar unas semanas más aquel ataque masivo, a cada partido más intenso y persistente, el finísimo equilibrio entre la expresión del juego y la represión que sobre él ejerce el reglamento habría corrido serio peligro. Que todo esto, quizá por estar sufriéndolo un solo hombre, fuera aprobado veladamente por los propios dirigentes parecía investir definitivamente el ‘Hack-a-Shaq’ de una total impunidad. Esta estrategia se convirtió así en la más fiel adaptación deportiva de la épica Solo ante el peligro. Por lo intrínsecamente relacionado con el juego de pista, nunca nadie asumió ese papel con mayor exactitud.

Pero tampoco nadie salió tan reforzado de un calvario semejante. Shaquille O’Neal obtuvo finalmente su ansiado anillo, terminó como máximo anotador de la temporada, segundo reboteador, tercer taponador y líder en porcentaje de tiros. Fue nombrado jugador más valioso de la Regular, el All Star y los Playoffs, donde elevó sus números hasta unos monstruosos 30.7 puntos y 15.4 rebotes (38 y 16.7 en las Finales). El grotesco experimento del ‘Hack’ demostró ser a la larga un rotundo fracaso. Alternativa, esporádica o sistemáticamente, fueron varios los entrenadores que en adelante, dispersa en un período que se extiende hasta la actualidad, utilizaron la táctica del ‘Hack’ a conveniencia. Prueba de ello son las marcas que en solitario ostenta O’Neal de tiros libres intentados en las Finales a cuantos partidos tocara la serie: 93 a 6 en 2000, 76 a 5 en 2001 y 68 a 4 en 2002 (donde Collins agotó 19 de 24 faltas posibles).

No cabe engañarse. Ni las múltiples ayudas que sufría Chamberlain (aún muy frágiles), ni el atropello táctico de los Pistons a Jordan, ni el amago de ‘Hack-a-Bowen’ del incorregible Nelson en las WCF de 2003, ni siquiera el puñetazo de Chapell a Brisker a estricta orden de su técnico Nissalke en 1971. Nada. Ninguno de los máximos exponentes de dureza ha sido ni remotamente comparable al calvario del ‘Hack-a-Shaq’, en perpetuo estado latente mientras él vista de corto y aún pueda acudir a la línea. Pero su línea es otra y, de momento, no la ha traspasado nadie.

“Wilt Chamberlain fue alguien muy especial pero, honestamente, esta temporada Shaq ha jugado el mejor Baloncesto que he visto en mi vida”
(Jerry Buss).

“Su actuación es digna del mejor pívot de todos los tiempos”
(Mark Jackson)

“Si anotara sus tiros libres, ya no cabría la menor duda de quién ha sido el más grande” (Charles Barkley)

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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