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La noticia que conmovió al mundo (y II)
Con excepción de los más jóvenes, serán pocos los aficionados al deporte que no retengan en sus retinas alguna imagen de aquella rueda de prensa del 7 de noviembre de 1991, en la que Magic anunciaba su retirada y hacía frente al drama humano de ser portador del virus VIH. En esta segunda entrega, G Vázquez nos hace partícipes de todas las circunstancias que rodearon aquellos momentos, cuyas repercusiones se dejarían sentir en todo el planeta durante las horas siguientes. Una crónica de detalles que nos facilita una versión mucho más cercana de lo que quedará como uno de los grandes sucesos mediáticos de finales del siglo XX


La retirada de Magic Johnson conmocionó al mundo

“Todo ha terminado... ¡Todo!”, martilleaba su cabeza aquella madrugada. “Me di cuenta de que todo lo que había realizado en mi vida, todo, no servía entonces para nada”. Las horas siguientes a la confirmación del diagnóstico y sus terribles consecuencias subrayan una brecha ineludible entre el ciudadano anónimo y la figura pública de grandes dimensiones. Lejos de poder huir de todo aquello, de reclamar la soledad o el humano derecho a la depresión, había que preparar el comunicado oficial cuanto antes. El mundo debía saberlo.

La agitada noche del miércoles 6 de noviembre un reducido grupo de altas personalidades tampoco iba a conciliar el sueño. Después de pasar la tarde en casa de Magic con los doctores, Lon Rosen regresó a toda prisa a su domicilio para verse con el dtor. de comunicación del equipo, Bon Steiner, y su mánager general, Jerry West. Organizar la conferencia de prensa más relevante en la historia de la NBA no iba a ser tarea fácil. “Hay que dar ahora mismo con Michael Ovitz... ¡como sea!”. Uno de los asesores de imagen más importantes de Hollywood, alguien acostumbrado a pulir los peores defectos de las más rutilantes estrellas, no tuvo nunca en sus manos a un deportista profesional y jamás traicionaría su agenda del día siguiente. Jamás salvo por un caso como aquel.

-Te conozco demasiado bien para saber que mañana tienes que ser tú mismo –era una de esas voces graves que sin mayor motivo proporcionan seguridad-. Habla con el corazón y mantén la cabeza bien alta.
-Pero... yo no sé nada de esto. Yo...
-No te preocupes, Earvin. Te evitaremos las preguntas incómodas. Los doctores hablarán por ti.

De madrugada, Lon tomó el coche para acudir a casa de un Mike Dunleavy absolutamente incrédulo a la noticia. Informado al detalle de cuanto iba ocurriendo, Jerry Buss supo que era momento de telefonear a David Stern. El comisionado, que iba camino de Utah, regresaba de inmediato al lugar de la acción. Estaría presente en Los Angeles el viernes. “Puedes decirle que la NBA estará a su lado”.

Pero a las nueve y media de la mañana del jueves, apenas tres horas después de acostado, Lon Rosen recibió una llamada inesperada. Un reportero de la emisora angelina KFWB hablaba con voz segura, casi agresiva:
-Nos ha llegado la información de que Magic Johnson va a retirarse mañana porque tiene el SIDA. ¿Es eso cierto?
-Pero... ¿qué está diciendo? Eso es... ¡Eso es ridículo!
Incapaz de desmentir convencido aquella traicionera filtración, el agente se vio obligado a llamar otra vez a las piedras angulares del puzzle.
-No tenemos tiempo. Se están enterando. Hay que anunciarlo ¡hoy mismo!
De aquel modo abrupto y poco agradable, se adelantaba la fecha un día. A las once y cinco de la mañana, los teletipos de todas las redacciones del país recibieron el anuncio de una rueda de prensa a cargo de Magic Johnson a celebrar en el Forum de Inglewood a las tres de la tarde.
-Estoy preparado. Tan sólo decidme a qué hora queréis que esté ahí.

Poco después de esta última voluntad y a muchos kilómetros de allí, su padre irrumpía visiblemente nervioso en una de las aulas de la pequeña escuela de Lansing. “Andre, tu abuelo viene a por ti”. Minutos antes el teléfono había sonado frenético en casa de los Johnson:
-Padre, quiero que vayas a por Andre ahora mismo. Dile, dile por favor, que vea lo que vea y escuche lo que escuche, papá se encuentra perfectamente y está feliz de tenerle como hijo.
Hacía diez años que Andre vino al mundo fruto de la relación entre Earvin Johnson y Melissa Mitchell el verano de 1980. Su padre quería protegerlo de todo cuanto no entendiera, que iba a ser mucho aquel fatídico día. “Andre, quiero que sepas que... te quiero”.

Fue como elaborar una lista de bodas en apenas media hora. Había que ponerles en antecedentes antes del anuncio oficial. Tuvieron que repartirse el trabajo. Earvin se haría cargo de la familia y amigos. Lon, de los chicos de la NBA. No sería nada sencillo dar con todos:
-Lo siento, pero el sr. Jordan está entrenando. No puede ser molestado.
-¡Le digo que es urgente!
-Si lo desea puedo coger el recado pero no garantizo que le llame.
Cuando finalmente lo hizo, no fue muy consciente de lo que decía: “No, por favor, acabas de estropear el equipo olímpico”. Lon dejó también el recado al otro lado del país, en el hotel de Manhattan donde los Knicks se alojaban los días de partido. Pat Riley hacía pizarra con sus interiores cuando recibió el aviso.
-Dios mío, me largo ahora mismo a Los Angeles.
-No lo hagas, por favor. No llegarás a tiempo. Él sólo pretende informaros, no alterar vuestras vidas.

Isiah Thomas viajaba en coche cuando sonó el celular. No pudo seguir conduciendo y tuvo que detenerse en la primera gasolinera. Larry Bird estaba en casa, al igual que Kareem, que cogió un taxi en dirección al Forum. Allí nadie le esperaba y menos aún la expresión que congelaba su rostro. Kurt Rambis fue avisado de camino al entrenamiento en Phoenix. Sin cambiarse corrió donde Fitzsimmons:
-Entrenador, debo marcharme. No puedo decirte por qué. A la tarde lo sabrás. Es demasiado urgente.
Finalmente todos lo supieron. Las reacciones habían mezclado la incredulidad y un sordo dolor, una desagradable sorpresa que iba a fragmentar sus vidas en un antes y un después de aquel día. Entre todas hubo una de rabia, de impotente y sanguínea rabia. Su amigo del alma Arsenio Hall repetía fuera de sí: “Esta noche no habrá programa. ¿¡Me entiendes!? ¡No lo habrá!”.
-No, por Dios. Él te mataría.


Pero Él estaba ensimismado en la habitación antes de caer en la cuenta de que se estaba poniendo el chándal como hacía siempre. Y a toda prisa un sobrio pero elegante traje oscuro fue la elección a ciegas. Al mirarse por última vez al espejo, se sintió extraño.
Los Lakers entrenaban en Loyola cuando, poco antes de las 12, Mike Dunleavy recibió la llamada que estaba esperando. Acto seguido detuvo el entrenamiento.
-Os quiero a todos a la una en el Forum. ¿Me habéis oído? Si tenéis otros planes, ¡canceladlos!


Un momento de la histórica comparecencia de Magic Johnson en la sala de prensa del Forum

Veinte minutos después de la una del mediodía, un vehículo del club trasladaba de incógnito a Magic Johnson y Lon Rosen en dirección al Forum.
-Pon la radio. Tengo un estúpido presentimiento.
La KFWB emitía un insólito boletín que reiteraba cada cinco minutos: “De acuerdo con informes aún no confirmados, Magic Johnson tiene el SIDA y se retirará del Baloncesto. Los Lakers han convocado una conferencia de prensa para las tres de esta tarde en la que Johnson hará una declaración oficial...”.
-Apágala, por favor
.

Sintió miedo. Por primera vez en las últimas semanas le sobrevino un miedo súbito, un miedo atroz. Estaba solo. La película de su vida pasaba raúda a través de la ventanilla mientras sonaba aquella vieja melodía de Bobby Hebb en torno a la que bailaban él y sus hermanos en la pequeña cocina de Lansing. No supo por qué el azaroso recuerdo se detuvo en una escena que, de niño, se repetía a diario, regresando a casa con los recados de mamá en una mano y un balón más grande que él en la otra, y botaba y botaba, y ahora... ese balón se esfumaba.
El coche frenó en seco.

Las agujas clavaban la una y media cuando se abrió la puerta del vestuario. Casi veinte personas aguardaban dentro sentadas. Se hizo el silencio. Cuando Dunleavy se incorporó todos le siguieron sin saber muy bien por qué. “No, no, sentáos, por favor. Tan sólo será un minuto”. Pero no lo fue. (“Hasta entonces yo no había llorado”). Al rato era difícil mantener la compostura allí dentro. (“Cuando me abrazaron, uno tras otro, sentí que una fuerte conmoción se adueñaba de mi cuerpo. Y lloré con ellos”). Nadie se apercibió del retraso hasta que una voz seca quebró la escena. “Señores, es el momento”.

Mientras pasaron al equipo a una oficina con TV, Earvin y Lon atravesaron juntos el amplio corredor a cuyo final la sala de prensa devolvía un rugido como no había conocido antes. Aquel tipo debía conocer muy bien al jugador para saber, al mirarlo de reojo, que los nervios lo podían derrumbar. Allí mismo se detuvo, abrió la primera puerta a su paso y casi lo empujó dentro:
-Dios mío, Earvin, ¿te encuentras bien?
-...sí, sí, perfectamente.
-¿Sabes lo que vas a decir?
-Sí, lo sé.
-No digas que tienes el SIDA. ¿De acuerdo?
-¿¡Qué!?
-Que no tienes el SIDA. Es lo que han dicho los médicos. No-tienes-el-SIDA. Simplemente has dado positivo en la prueba del VIH.
-Está bien, lo sé. VIH, eso es...
–resopló por última vez sin evitar seguir ignorando el mal que padecía-. Mira, creo que podré resistirlo, pero... si por alguna razón no puedo continuar, quiero que estés allí para hacerte cargo.

Tuvieron dificultades incluso para entrar a escena. Casi no había espacio para el protagonista y su séquito, formado en solemne desfile por Cookie Johnson, Lon Rosen, Jerry West, Kareem Abdul Jabbar y el Dr. Michael Mellman. La sala estaba tan abarrotada que muchos reporteros, cámaras y fotógrafos formaban un tapón por el otro acceso. Aunque resolvieron habilitar una sala aledaña con TV para el seguimiento de la conferencia, algunos medios no pudieron acceder al pabellón, que a esa hora, registraba en torno a la puerta principal una aglomeración cercana al millar de personas.

Cuando Earvin Johnson se encaramó en solitario al podio –“Buenas tardes a todos”-, las cadenas nacionales emitían en directo pese a que la horda de flashes, en esa pausa interminable, hacía difícil mirar al frente. “A causa de haber adquirido el VIH... tengo que retirarme de los Lakers hoy mismo. Quiero dejar claro que no tengo la enfermedad del SIDA. Tengo el virus”. En realidad, todo se redujo a eso. Lo demás... era Magic Johnson. “Quiero seguir viviendo mucho tiempo, entreteniéndoles, muchachos, como hice siempre. (...) Echaré de menos los partidos de Baloncesto que ya no podré jugar. (...) Se piensa que sólo puede pasarle a los demás. Pero yo estoy aquí para decir que eso es algo que puede ocurrirle a todo el mundo. Incluso a mí, sí, a Magic Johnson. (...) Voy a convertirme en portavoz de esta enfermedad. Yo estoy dispuesto a luchar.” A la primera tregua las preguntas descargaron en atronadora ráfaga: “¿¡Cómo te contagiaste!? - ¿¡Te encuentras físicamente bien!? - ¿¡Te han sometido a tratamiento!? - ¿¡Has mantenido relaciones después del contagio!? - ¿¡Eres homosexual!?...”.
No pudo más que esgrimir una sonrisa.
-Muchas gracias a todos.

Flanqueado por el Dr. Mellman, Lon Rosen tomó el relevo que no pudo soltar hasta la noche, momento en que tuvo que avisar a la policía cuando la prensa le impedía entrar a su propia casa. Días después se vio obligado a desaparecer una vez el fax de la oficina y el propio despacho quedaron inutilizados ante la masiva afluencia de llamadas, cartas, paquetes, flores, regalos, brebajes y peticiones de entrevistas desde todos los confines del mundo.

Cuando Magic salió del Forum, quizá estuviera muy lejos de creer en parte de lo que había dicho. “En mi interior, lo que yo más deseaba era volver a jugar lo antes que me fuera posible”. Pero aquella misma tarde la NBA se aferraba a los hechos. Eso es lo que motivó que Pat Riley pusiera en pie al Madison minutos antes de enfrentarse, irónicamente, a los Magic: “Con vuestra propia voz, en vuestras propias creencias, rezad por Earvin y por el millón de personas que sufren de una insidiosa enfermedad que necesita vuestra comprensión. Oremos”. El Lord’s Prayer fue entonado en todos los pabellones aquella jornada (NY, NJ, Utah, Denver, Houston). La media hora posterior al comunicado la Red Nacional de Teléfonos vio incrementado el número de llamadas en un 215 por ciento. De las 4000 consultas diarias a la Red telefónica sobre el SIDA, se pasó a 40 mil en apenas una hora. Las centralitas quedaron colapsadas hasta altas horas de la madrugada. Por primera vez en la historia de la TV americana, los informativos nocturnos de las cuatro grandes (CNN, NBC, ABC y CBS) abrieron con una noticia deportiva de fondo. Aquí en España, por el brevísimo decalaje horario, no pudo entrar el directo en el Diario Noche de Matías Prats, pero sí abrir cada boletín de radio durante toda la madrugada y, al día siguiente, ser cabecera en la primera edición del Telediario (Elena Sánchez) y pieza clave de la segunda con Jesús Hermida.


Magic Johnson con Kofi Annan

Ese viernes 8 de noviembre de 1991, la imagen de Magic Johnson colgaba en la portada de más de 1200 diarios de 140 países, prácticamente los mismos que habían recibido en directo la señal vía satélite de la CNN. Durante meses su nombre no desaparecería ni una sola semana de los editoriales, entre otros, del L.A. Times, USA Today, New York Times, New York Newsday, Chicago Tribune y The Atlanta Constitution. Por la mañana, el senador Edward M. Kennedy, cuyas venas portaban la sangre de un trágico episodio de similar calado mundial, se dirigía en grave tono a la Cámara Baja: “El compromiso tomado ayer por este hombre, además de hacerle aún más grande, nos recuerda a todos los miembros de esta nación que debemos iniciar un esfuerzo mucho mayor para ganar la batalla a esta cruel epidemia”.

Fuera del recinto, grupos de activistas aprovechaban para denunciar el drástico recorte (14 millones de $) que el Congreso había aprobado en la lucha contra la enfermedad. El presidente de los Estados Unidos no estaba en Washington, ni siquiera en suelo americano. La OTAN celebraba una cumbre en Roma y en la posterior declaración conjunta, George Bush fue el primero en tomar la palabra ante cientos de periodistas de todo el mundo. Sólo el carácter de la primera pregunta podía iniciar así aquella conferencia: “Ayer pude ver el corazón roto de millones de niños que lo idolatran. Es un héroe para mí y para todo el que ame el deporte. Me solidarizo con él y con esta verdadera tragedia. El Gobierno de los Estados Unidos se compromete a reforzar aún más la política contra el SIDA”.

La noche del viernes, ataviado con un traje igual de resplandeciente que su eterna sonrisa, Magic Johnson aparecía por sorpresa en El show de Arsenio Hall, programa al que acudió por expreso deseo suyo luego de conceder dos únicas entrevistas en los mismos estudios de la cadena (Sports Illustrated y la emisora KABC) antes de salir del país. Todo resultó allí mucho más tranquilo, pero las respuestas pudieron ser mucho más largas sin las continuas interrupciones del público, que rompía a cada momento con vítores y aplausos que parecían interminables. Uno de ellos le incomodó muchísimo. “Tú lo sabes, yo no soy homosexual”. La audiencia en toda la nación fue superior a cualquiera de los partidos Finales que él mismo disputó meses atrás. A toda ella se dirigió con una frase lapidaria que resumía perfectamente lo que había sido su existencia: “No os preocupéis por mí. Si muero mañana, os aseguro que habré tenido la mejor vida que ningún ser humano pueda imaginar”.


La noticia de la retirada de Magic Johnson tuvo un gran espacio en Informe Semanal

De nuevo en España, aquella misma tarde de viernes, el programa Cerca de las Estrellas iniciaba su quinta temporada en pantalla y lo hacía con la rueda de prensa subtitulada como única cabecera. Ramón Trecet, solo en plató y visiblemente emocionado, improvisó comentarios de inusitada lucidez aquel día: “...y sobre todo, sobre todo, una cuestión que repito una vez más: es que ya no podremos ver a este hombre conseguir una canasta en juego nunca más. ¿No es eso tan grave como en su momento pudo representar para los amantes de la pintura que se muriese Picasso o los amantes del cine que se muriese Alfred Hitchcock? Cada uno tiene su corazoncito y el nuestro... está en el Baloncesto”. Al día siguiente, sábado, un programa mucho más veterano, Informe Semanal, presentado por Mª Carmen García Vela, dedicaba por primera y única vez en su larga trayectoria uno de los cuatro reportajes a glosar la carrera de un deportista y, simultáneamente, condensar con firmeza el único, el verdadero motivo por el que una simple despedida había conmocionado al planeta entero: “La relevancia mundial de este caso no reside en la celebridad del personaje, sino en mostrar al mundo por primera vez que más allá de la homosexualidad o la drogadicción deliberada, el SIDA ataca a uno de los pilares sobre los que había girado la vida de toda una generación, la libertad sexual. Y lo hace además sin atender a clase o condición”.

Aquella primera semana de noviembre el veranillo indio estaba siendo generoso en California y la luz del sol brilló a plenitud en Los Ángeles. Pero contrariando la común predicción de los partes meteorológicos, el jueves 7 de noviembre de 1991, extrañamente, no lo hizo.

“Tenías razón. Debí casarme contigo antes. Mucho antes”
(Earvin Johnson a su esposa Earleatha Kelly)

Gonzalo Vázquez
@GVazquezNY

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