Artículo

NBA: Decálogo de un S.O.S. (I)
G Vázquez abandona momentáneamente su clásico género narrativo para adentrarse en una reflexión personal sobre la evolución del juego en la NBA. Una evolución en la que, bajo el prisma del autor, se ha pasado de la vistosidad del baloncesto del showtime y el esplendor de Jordan a una nueva era en la que el Dios es la defensa y sus profetas no lucen como antaño. Una tesis que acompaña, como es costumbre en la firma, de datos y situaciones concretas que ilustran su exposición


La retirada de Jordan en 1998 supuso una ruptura que no se ha superado aún (Foto NBAE/Getty Images)

Para no marear con cifras no iremos muy lejos; escojamos cualquier año de los dorados ochenta: en 1987 todos los equipos de la NBA, todos, sumaban en cada partido más de 103 puntos; doce de ellos se fueron por encima de los 110 y cuatro más allá de los 116. Pero el globo anotador sufriría en breve una fisura irreparable que hizo que en apenas siete años, en 1994, ninguno alcanzara ya los 109 y el grupo de quienes no apuraban el centenar iría creciendo a una velocidad de vértigo. Tanto que en 2001, 25 de los 29 quedaban ya por debajo de los 98 y terminar el año promediando los 100 pasó a ser todo un hito. Esto desembocó en que el siguiente grupo en aumentar sería el de quienes no se arrimasen ni siquiera a los 90 puntos por noche (15 de los 29 a día de hoy) y a estas alturas no es descabellado pensar en un tercer estadio inferior, aquellos que como Miami o Toronto (4 puntos en el 2º cuarto ante Wizzs y 56 totales ante Wolves) acostumbren a registrar en el marcador final anotaciones inferiores a los 80 puntos.

Con todo esto y desde una óptica meramente estadística se puede afirmar que desde 1954, año del shot clock, la NBA ha tocado fondo. Lo está haciendo ahora mismo. Pero decir esto es responsabilizar a los números demasiado y no es así. No lo es más que como consecuencia de algún proceso mucho más relevante, mucho más grave que afecta al baloncesto NBA desde la raíz a los huesos en pleno siglo XXI. Esto es el Futuro que hace unos años ni imaginábamos pero inmersos ahora en él parece la NBA estar viviendo un Neolítico desconocido. Y es aquí precisamente donde queremos incidir. ¿Qué está pasando? 'De dónde viene toda esta gravísima depresión del juego que está humillando como nunca antes a la NBA con un baloncesto vegetativo sin precedentes? 'Cuál es la raíz de esta congestión ofensiva generalizada? 'Ha llegado a su fin la identidad de la NBA con el basket espectáculo? 'Hay un después a todo esto?

Vamos a tratar de responder valiéndonos de diez apoyos que contribuyen modestamente a desgranar este doloroso proceso al que de momento no se avista una salida. Es el decálogo de un S.O.S. (proceso histórico que lleva al momento actual) que ni el mismo Stern puede ocultar. Las recientes reformas en el reglamento para aliviar la anemia han resultado insuficientes y la élite del baloncesto NBA se aferra al Oeste, a los nostálgicos monopolios tipo Lakers, a la Expansión o a resortes como James (el único highschooler políticamente bienvenido) para aferrarse a la esperanza. Pero de momento' el cáncer avanza irreversiblemente.

Uno

Coincidiendo con el adiós a una década los Pistons de Daly pondrán término a la Edad de Oro y a un modelo de juego que sería tras ellos definitivamente superado. Detroit despliega el más mortífero baloncesto visto hasta entonces, una amplísima rotación que buscará exprimir los espacios vulnerables donde pocos habían incidido antes. Sin que nadie lo supiera estaba naciendo con ellos una era donde la práctica defensiva escapaba al discontinuo proceso de tácticas de pizarra sobre la marcha para situar el peso en un solo movimiento continuo de 48 minutos de agresión legal al ataque enemigo. Pero a la óptica histórica le atrajo más la extremada dureza defensiva y la realidad de detener a Jordan que la gran virtud de aquel conjunto, la defensa total como lanzadera de ataque (Detroit defendía hasta atacando).

El indudable éxito de aquel modelo devino después (salvo los ejemplos campeones) en torpes réplicas de ahogo rival por contactos de fuerza y congestión por zonas sin que nadie entendiera que no se podía emular aquello por mero influjo muscular sin una paralela ventilación táctica en ataque. Y así dio la NBA en una terrible paradoja: que mientras la Defensa debiera haber sido el pilar de creación ofensiva, como hizo Detroit, se asumió principal y equivocadamente como destrucción obsesiva del juego rival. Y así ningún rincón del juego escaparía al desastre. Se premió la defensa pero igualmente se castigó el ataque general, baluarte histórico de una liga como la NBA.

Dos

Las olvidadas Finales del 94 (Rockets 4 - Knicks 3) marcarán un punto de inflexión de una relevancia histórica que sólo ahora se avista. El fenómeno especulativo ya se había extendido pero la trilogía de los Bulls (y la digna osadía de los tres subcampeones) había conseguido esconder un proceso que al adiós de Jordan quedaría literalmente en cueros. En ninguno de los partidos ni Houston ni New York (una vaga réplica de los Bad Boys) alcanzaron el centenar de puntos pero todo pareció salvarse por la emoción de la competencia (diferencias siempre menores a los diez puntos), el nuevo eje sobre el que girará una anemia ofensiva que ya no se podía ocultar. Aquellos siete encuentros al choque y desgaste representan el primer modelo donde el equipo que prima el plano defensivo condiciona abrumadoramente todo el baloncesto desplegado en unas series. Y para esto no había precedente. Jamás se había dado semejante hegemonía especulativa del juego desde el 22 de noviembre de 1950 (Fort Wayne 19 - Minneapolis 18).

El baloncesto contemporáneo se vio de repente fustigado por una realidad que el esplendor de Chicago había situado en un segundo plano. El mismo Stern llegó a declarar entonces que el adiós de Jordan desembocaría en un período de transición. Pero se equivocaba. La transición sólo correspondía al bienio dignamente aprovechado por el mejor equipo de entonces pero la entera NBA ya había sido afectada hasta el tálamo por la implacable corriente especuladora.

Tres

Como si todo fuera solidario aparece en 1993 una nueva presencia arrolladora, un fenómeno biológico llamado Shaquille O´Neal, el jugador más fuerte de la historia de la NBA cuya autoridad agravará el proceso irreversiblemente. Sin Russell ni Chamberlain, en la alegre anarquía de perímetro de los años 70, el baloncesto había dejado de gravitar sobre las cercanías del aro. Sin embargo la presencia dominante de la Bestia (al margen de la permanencia de Jordan) derramó sobre la masa media del juego una configuración táctica que en lugar de oponerse abiertamente (como hizo Chicago o recientemente los Kings de Adelman o los Nets de Scott) concentró sus esfuerzos en detenerlo en su propio hábitat interior, donde no había rival posible. La historia del basket americano ha dado hasta ahora tres ejemplos de Hack sin tapujos: el hack-a-Brisker de Nissalke en la ABA (anecdótico), el hack-a-Shaq de Dunleavy (inevitable) y el hack-a-Bowen de Scott, un ejemplo este último de cómo la terrible dinámica actual empuja a traicionar incluso los principios que han contribuido al rápido éxito de un equipo.

En los opulentos ochenta maniobras así habrían sido impensables. Resultado de todo ello es que la exitosa carrera de O'Neal ha terminado dibujando por extensión la topografía general de una época en la NBA. Su indudable dominio ha rebasado con creces su rendimiento personal alcanzando a todos por igual. La ecuación fue la siguiente: apartando escandalosamente la variable de circulación periférica del balón, se opuso músculo al músculo y el proceso se extendió desde el interior (West, Thorpe, Mutombo, Willis, Oakley, Malone, Green, Kemp, Mason, Ostertagg, McDyess, Fizer, Fortson, los Davis y el actualísimo Wallace) a todas las posiciones del juego, a todas, y lo que hace unos años era una rara avis (escoltas fajadores tipo Morlon Wiley o guards interiores tipo Aguirre) se ha convertido en norma para aleros y escoltas. Así jugadores como Bowen, Bell o el mismo Artest, perfiles de contención y corto recorrido, adquieren hoy un valor altísimo porque contribuyen como nadie a esa prevalencia ultradefensiva que convierte los ataques en una tupida red de piernas y manos que ralentiza el baloncesto hasta límites ignorados. En tales condiciones el rocoso terreno antaño propiedad exclusiva de la pintura se ha extendido hasta las cercanías del triple: los ataques se saturan y la secuencia de pases se ve notablemente afectada. El maltrato generalizado al balón se convierte entonces en la primera y más visible apariencia del juego.

No se trata de culpar a O'Neal de este proceso pero sí al aplastante éxito de su baloncesto terrorista 'como responsable de las reformas en el reglamento-, origen de la destrucción de juego posterior aceptada a los cuatro vientos por la mayoría de entrenadores actuales, sumados a la corriente especuladora y responsables en buena medida de lo que está ocurriendo. Pero ya llegará su turno en el noveno punto de este Decálogo, un escueto análisis del proceso histórico que ha conducido al abismo actual de juego; análisis sospechosamente ausente en el país que vio nacer este deporte.

Cuatro

La marcha definitiva del dios Jordan en 1998 (no la de su sombra cinco años después) descabeza el baloncesto NBA en mil posibles herederos que en realidad son ninguno. Unos meses después, en plena huelga, Stern declaraba: 'No sabemos lo que viene ahora y no puedo decir esto sin una cierta preocupación'. Y como tratando de arreglarlo prosiguió con unas palabras que sonaron huecas: 'Pero la NBA sobrevivirá sin él como lo hizo antes y estoy seguro que surgirán nuevos jugadores que''. La primera parte de aquella declaración, la nueva incertidumbre, era sin duda la de mayor valor.

No se trata de la ausencia personal de Jordan sino la de un patrón de vida que con él como único exponente capitaliza hasta aquel último tiro la entera escena NBA a los ojos del mundo. Jordan era los Bulls y Chicago era por tercera (por sexta) vez campeón de la NBA. Y con eso bastaba para mantener el listón muy arriba y ocultar al aficionado medio lo que en realidad estaba ocurriendo por debajo de la gloria e incluso muy cerca de ella. El 7 de junio de aquel mismo año Utah, el segundo mejor equipo del mundo, logra con 54 puntos la anotación más baja de la historia en unas Finales. El 18 de junio del año siguiente New York atasca su registro en 67 puntos. Ningún equipo subcampeón había bajado de los 70 puntos pero a partir de entonces aquellos marcadores no podían ser ya tratados como casuales. Aquello ya no era una excepción. Lo que estaba ocurriendo en toda la liga quedaría definitivamente desnudo al desmembramiento final de Chicago, a la ausencia de proezas como las 72 victorias, tres anillos o un último minuto y medio de otra galaxia.

Cinco

En el Baloncesto de más alto nivel la Defensa siempre obtuvo premio. Eso es cierto. Pero al término de la primera trilogía roja arranca un proceso gradual sin precedentes. El equilibrio Defensa-Ataque que todo equipo anterior en alcanzar las Series había mostrado en distinto grado se rompe definitivamente y se multiplican los equipos que llegan al final de la carrera por una especial concentración en el universo defensivo. Desde mediados los noventa prolifera el Este en duelos de anotación a la baja, auténticas batallas de especulación y competencia. New York, Miami o Indiana derraman un baloncesto por toda la liga que ni el esplendor del Oeste evitará al enfrentarse a ellos. Un ejemplo basta:

El 23 de enero de 2001 New York perdía en Milwaukee por 105 a 91. Los Knicks hacían historia al recibir más de cien puntos por primera vez en dos meses y medio de competición, por primera vez en 33 partidos consecutivos. La anterior marca de 28 la registraba Fort Wayne nada menos que en 1955, año del Time Shot. Aquellos Knicks de Van Gundy ya vivieron en 1998 otros 16 partidos sin conocer los tres dígitos rivales. En aquellas 33 noches New York dejó al rival en un 41.1 por ciento de tiro y 82.8 puntos. En once partidos seguidos dejaron a sus rivales por debajo del 40 por ciento de un total de quince (solamente Dallas consiguió un 54.8 el 6 de diciembre), veinticinco veces por debajo de 90 puntos, trece por debajo de 80 y dos de 70. Durante la racha el récord neoyorkino fue de 21 a 12 y nunca perdieron más de dos veces seguidas. Como contraste a estas cifras baste recordar que en 1970, año de su primer anillo, tan sólo durante 25 partidos los rivales les endosaron menos de cien puntos.

La prensa americana se deshizo en elogios y el mensaje fue rápidamente absorbido por todos los cuadros técnicos de la NBA. Comenzaba una era de especulación salvaje donde la Defensa sería como nunca la madre de toda victoria. Por primera vez en la Historia de la NBA parecía posible alcanzar las Finales sin incidir tanto en el juego ofensivo como en la prevalencia destructiva del juego rival. La balanza se había decantado escandalosamente a un lado y equipos como los Pistons de Carlisle iniciarían aprisa la nueva ecuación defensiva con éxito.

Gonzalo Vázquez
ACB.COM



Últimos artículos del autor



© ACB.COM, 2001-

Aviso Legal - Política de cookies - Política de protección de datos