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Deon Thompson: La pasión ambulante
"El niño de 15 años de Torrance no hubiera imaginado esto jamás", se repetía, con 70.000 personas en pie. La historia del quinto Beatle, aquel que convirtió su carrera en un viaje que mucho más allá del parqué. De North Carolina a Burgos. Las crónicas viajeras de Deon Thompson, por Daniel Barranquero

“Pero... ¿estás bien?”

Deon Thompson asentía con la cabeza, sin decir nada más durante el viaje que iba a definir su carrera. Las Vegas como destino. Como en esas películas de Hollywood en la que sabes que el protagonista o bien tiene la noche perfecta en el casino o acaba casado con el disfraz de Elvis.

Era julio de 2005 y solo tenía 16 años. Esperaba The Reebok Big Time, un torneo que reunía a las grandes promesas del país, de Eric Gordon a Kevin Love, pasando por OJ Mayo o Russell Westbrook. Él, que dos semanas antes había decepcionado en el ABCD Camp, se había propuesto dejar de ser invisible. Se quedaba en la habitación descansando en lugar de estar con los otros chicos. Se acostaba el primero, su cara era distinta. Hasta que el balón entró en juego.

Todos habían ido a ver a Cole Aldrich, incluido Roy Williams, célebre entrenador en la Universidad de North Carolina. Sin embargo, no hubo más luz en pista que la de Deon. Canastas de todos los colores y barra libre de mates hasta los 21 puntos. Su rival, primer ronda del draft años más tarde, desquiciado. Y una nueva versión que transformó su trayectoria a partir de aquel verano. “Tras jugar bien contra él, considerado uno de los mejores pívots de su generación, me di cuenta de también podría competir contra muchos otros”. Y vaya sí compitió, luciéndose en el resto del torneo, convirtiéndose en el jugador más de moda en aquellos calurosos últimos días de julio. Las cartas no tardaron en llegar. Su carrera había cambiado en un viaje. Sus viajes estaban a punto de cambiarle la vida.

Foto Deon Thompson


Una película en Las Vegas

Si naces en una tierra que colinda entre Redondo Beach y Málaga Cove, por allí pasaron españoles. Torrance, California, un lugar perteneciente una vez al Rancho San Pedro, aquel que a finales del siglo XVIII, Carlos III firmó entregar a Juan José Domínguez. La Torrance de sol y playa, la Torrance de aroma mediterráneo, una vez famosa por tener el centro comercial más grande de todo el país y, tiempo después, puesta en el mapa por Deon Marshall Thompson, orgulloso de sus raíces casi casi desde el 16 de septiembre de 1988, la fecha en la que saludó por primera vez al mundo.

Resultó una feliz infancia. “Creamos un grupo de amigos muy cercano y sigo muy próximo a ellos, aunque no viva allí. Me apoyan mucho. Quedo con muchos cuando vuelvo y otros, incluso, se vienen a Europa a verme. Cada año tuve visitantes de mi ciudad, esta temporada unas cuatro o cinco en Burgos”. Y eso que en lugar del San Pablo por poco acaba en los Badalona Dracs o los Valencia Firebats. Y es que Thompson, desde pequeño, jugaba al fútbol americano. “Es que era muy muy grande, ¿sabes? Te voy a pasar una foto ahora al final de la entrevista para que lo entiendas. Me gustaba ese deporte y lo practicaba para cuidarme un poco el cuerpo”, explica aquel que no jugó de forma seria al básquet hasta su segundo año en el instituto.

Le sobraba peso, sí. Y también talento. En la 2004-05, antes de aquel torneo en Las Vegas, promedió 19,4 puntos, 11 rebotes y 4,6 tapones por choque. Algo blando en su juego, el verano de 2005 lo cambió todo. Bob Gottlieb, un entrenador que en su día forjó a Luke Walton, diseñó un plan para mejorar su cuerpo y aprovechar sus cualidades. De 300 libras a 250 en cuestión de meses. Entrenamientos, carreras, pescado y pollo. En Las Vegas era otro. “La gente que le ha visto no le reconoce”, afirmaba George Tachibana, su técnico en el instituto.

“No le conocí hasta julio. Fui a ver a otro joven, aunque Deon me llamó la atención. Envié a mi asistente para verle y nos enamoramos de su juego, tiene un potencial tremendo”, comentaba Roy Williams, que apostó por él a toda costa. No era el único. “Empecé a cuidarme y a trabajar duro y eso provocó que muchas universidades me invitaran a mí y a mi familia a visitas en las que me presentaran sus programas". Y no universidades cualquiera. UCLA, Kentucky, Connecticut... nueve en total. Cuatro de ellas, campeonas recientes. Tampoco le costó decidir. “Mi elección fue, obviamente, North Carolina”. Cuando conoció al técnico, lo tuvo claro. Cuando visitó el centro, le reconocieron e incluso le pidieron autógrafos, aún más. De un jugador de fútbol americano grandullón en Torrance a uno de los pívots más prometedores de la nación en la élite universitaria. Las Vegas, otra vez escenario de película.




Su año de despedida en el High Schol fue aún mejor. 27-16 un día, 22-22 otro, 36 puntos al tercero, un 28-7-4 para meter a los suyos en la final. Defensas dobles, a veces triples. En total, 21,5 puntos, 13,8 rebotes y 4,6 tapones de media. Era un jugador diferente. La envergadura de antaño con más velocidad y agilidad. El único Top25 en las listas de scouts que no estaba ni entre los 100 primeros antes del verano anterior. Y hasta transformado en clase, pasando de tener problemas con algunas asignaturas a acumular las máximas calificaciones como estudiante. No había mejor forma de aterrizar en Chapel Hill.

La gloria del quinto Beatle

Una mañana, en una ocasión especial, su madre le llevó a Deon un paquete de esas galletas Mrs.Field que tanto le gustaban a su hijo. Su entrenador sonrió, antes de pedirle de buenas maneras que, la próxima celebración, mejor hacerla con zanahorias y apio. Y es que el físico de Thompson fue protagonista en su estreno universitario, con Jonas Sahratian, un entrenador de fuerza y acondicionamiento físico, tomándose su transformación muy en serio.

Con el 21 a la espalda, en homenaje a Garnett, a su ídolo Duncan y, de paso, a la leyenda de la NFL Deion ‘Primetime’ Sanders, su rol inicial fue limitado, con solo 12 minutos por partido, en los que firmó 4,7 puntos y 2,4 rebotes de media. Eso sí, las oportunidades las aprovechaba. Su primer encuentro titular, quince familiares en desplazados para animarle, 14 puntitos, misma cifra que repitió en el último paso antes de la Final Four. Georgetown era el rival en el Elite Eight, con su compañero Brandon Wright de baja. Él dio un paso al frente, cayendo con crueldad en la prórroga. Habría tiempo para la revancha.

La 2007-08 fue de consolidación. Con cinco kilos menos, su papel iba creciendo paulatinamente. “Probablemente se canse de mí porque estoy siempre detrás empujándole”, afirmaba su entrenador, que le iba dando más y más minutos. “He comprobado lo que soy capaz de hacer”, juraba y perjuraba el máximo taponador del equipo, que se iba hasta los 8,4 puntos por cita. En los dos primeros encuentros del March Madness superó los 15 puntos de media, con un excelso 14/16 en el tiro. Seis días después, celebraba con los suyos el pase a la anhelada Final Four. Pronto el sueño se vistió de pesadilla. 43.000 personas en las gradas en el Alamodome de San Antonio. Y sus Tar Heels sin comparecer, sacados de la pista (66-84) por Kansas. Una tercera oportunidad aguardaba.



No debe ser sencillo encarar un nuevo curso con tanta presión encima. La 2008-09 arrancaba con un artículo en Bleach Report que se hacía una pregunta:

“¿Es este el equipo más talentoso de la NCAA en los últimos 20 años”?

Ty Lawson, Larry Drew, Wayne Ellington, Danny Green, Marcus Ginyard, Ed Davis, Tyler Zeller, Tyler Hansbrough y él, Deon Thompson, titular indiscutible con la misma receta con la que llegó a Chapel Hill. Sus guerras en la pintura, sus reversos con gancho, sus mates. Su juego clásico, de ala-pívot de otra época, alérgico al triple, puro aroma vintage al servicio siempre del colectivo. “Si el equipo gana, todos ganamos”, declaraba aquel al que llamaron, en un libro conmemorativo (One fantastic Ride”, de Adam Lucas), el quinto Beatle. ”No debe ser fácil ser el quinto. Puedes ser un gran músico y te seguirá costando llamar la atención con Lennon, McCartney, Harrison y Ringo Star al lado”. El ego podía esperar.

“En mi juego vais a ver constancia”. Prometió y cumplió. Su madurez fue total, anclado en las dobles figuras en los doce primeros partidos del curso y promediando 10,6 puntos y 5,7 rebotes en la temporada, de ensueño en todos los sentidos. Un día saltaban a la fama por salvarle la vida a un pasajero en un avión, antes de despegar, y al otro eran protagonistas deportivos por el 28-4 de balance. La tercera tenía que ser la definitiva y la locura de marzo llevaba el nombre de su equipo. +43 en primera ronda, +14 al segundo, +21 al tercero, contra Gonzaga. La Final Four a cara o cruz contra la Oklahoma de Blake Griffin, minimizado por Davis, Zeller y el propio Thompson, clave en la segunda mitad. Ya en Detroit, la Vilanova de su futuro compañero Corey Fisher fue la víctima en semifinales. La Michigan de Tom Izzo, donde el hoy estudiantil Goran Suton era toda una estrella y Dreymond Green iba asomando la cabeza, sería el último obstáculo para conseguir el título.

Al comienzo de la campaña, cuando le preguntaron por su sueño, Thompson respondió que anotar la canasta decisiva para darle la NCAA a sus Tar Heels. No logró la última, pero sí la primera, cargada de rabia y redención que contagió a los suyos. Hubo otra. Y otro acierto más. El cuarto, también en la primera mitad (9 puntos), rompió el partido para siempre. “Las canastas de Deon fueron quizá las más importantes para nosotros”, diría más tarde su entrenador en rueda de prensa, con una sonrisa de oreja a oreja. El sueño era total. Larry Bird y Magic Johnson presentando el partido, 72.922 espectadores (“La cancha estaba en mitad del estadio de fútbol americano, fue increíble”) como récord histórico de asistencia hasta ese momento.

Foto Deon Thompson


89-72 en el luminoso final. El título en sus manos. Los abrazos, la alegría, el orgullo de haber jugado por algo más que dinero, de haber defendido un emblema y un nombre, de haber conquistado el título con un +121 de balance en el torneo final, de ser ese día y ya para siempre, historia de North Carolina. "Cuando perdimos en 2008 nos sentimos muy mal, muy tristes. 2009 solo significaba para nosotros redención. Estábamos impacientes por volver. Y lo hicimos". El recibimiento, como dioses. El autobús cruzando Franklin Street, el azul dominando la ciudad, las banderas engalanando las calles. La celebración sin fin. El sueño, el viejo sueño de cualquier estudiante americano. Deon Thompson alcanzó la gloria... para no soltarla más.

La llamada del viejo continente

Aún en mitad de la resaca más feliz, al de Torrance no le sorprendió la llamada de Sub21 de Estados Unidos. Un par de años antes, en Novi Sad, defendió los colores americanos en el Mundial Sub19 de 2007, en un equipo en el que fue el máximo reboteador (6,1) por delante de DeAndre Jordan y el tercer máximo anotador (10), por detrás de Beverly y Beasly y superando a Flynn, Donté Green e incluso a un tal Stephen Curry. Líder en cuartos (17 a Lituania), se creció en semifinales para eliminar a la Francia (18-13) de Batum, Diot, Ajinca, Moerman, Vaty y Tillie. Eso sí, la Serbia de Macvan y Raduljica les dejó sin el anhelado oro en la final.



Ya en 2009, la Universiada se disputaría otra vez en Serbia, en esta ocasión en Belgrado. Y el equipo también estaba cargado de nombres conocidos: Trevor Booker, Evan Turner, James Anderson, Quincy Pondexter, Da’Sean Butler, Robbie Hummel, Jarvis Varnado y Corey Fisher, otra vez cruzándose en su destino. Él, 2º en anotación (9,6) y líder del equipo en rebotes (5,9). ¿Suficiente para el oro? Nuevamente no, con Rusia como verdugo en semifinales y un bronce que valoró en su justa medida: “Esas experiencias fueron muy guay. Jugar con los Beasley, Curry o Jordan y luego con gente como Evan Turner, con tanto talento, es un orgullo. Para mí estuvo genial competir en el extranjero. Me enseñó lo mucho y lo bueno que había de baloncesto fuera de Estados Unidos. Con el equipazo esos dos años, plantillas repletas de futuros NBA, no pudimos ganar el oro. Me demostró que había mucho talento por el mundo”.

Tampoco pudo revalidar la gloria en su última temporada en North Carolina. Al contrario, el año se le hizo larguísimo. Partieron Hansbrough, Ellington, Green y Lawson rumbo NBA. Cuatro de los cinco titulares, sin compañeros ya supervivientes de su primer año en Chapel Hill. Considerado un Top10 de pívots nacionales, Thompson asumió el liderazgo con éxito en números (13,7 puntos y 6,7 rebotes de promedio), sin trasladar esa evolución en resultados. Demasiadas derrotas, 17. Una decepción general que les dejó fuera, incluso, del propio March Madness que habían puesto a sus pies un año antes. “Ni siquiera salgo de casa, es duro estar fuera y prefiero estar alejado de todo. De la habitación a la universidad, de la universidad a la habitación. Pido comida a domicilio y me quedo en mi cuarto jugando a la Xbox 360”, confesaba en una entrevista.

Ni siquiera quedó el consuelo de ganar el NIT, cayendo en la final contra Dayton, si bien lo conseguido anteriormente pesaba mucho más en un jugador que se fue de la universidad con orgullo. Por su graduación en sociología, por los momentos vividos y por ser, en ese momento, el jugador en la historia de la NCAA con más partidos disputados, 152, en los que promedió 9,3 puntos y 4,9 rebotes. “Resultó una gran etapa para mí, con grandes jugadores, buenos amigos... el lugar donde conocí a mi mujer”. Sólido siempre, respetado por todos, una pieza importante de todo un campeón, que una vez reconoció que, cada vez que paseaba por el centro universitario, se daba cuenta de que ya siempre sería parte de la historia de North Carolina. “El niño de 15 años de Torrance no hubiera imaginado todo esto jamás. Ver lo que vi, vivir lo que viví. Continuaré persiguiendo el sueño”.

Y qué complicado era eso. Porque su sueño tenía tres letras y esas tres letras parecían no haberse fijado en él. “Puede sufrir contra jugadores más atléticos y fuertes y tener dificultades jugando de cara como 4, en términos NBA”, apuntaba Jonathan Givony antes de un draft en el que nunca se oyó su nombre. “Supuso una decepción para mí, sí. Y eso no cambia lo contento por lo que viví a partir de ese momento en Europa”. Palabra de un jugador que, tras intentar sin éxito un hueco a través de la Summer League, decidió dirigirse en agosto de 2010 a ese continente que tanto le decían desde hace años que le vendría como anillo al dedo a su estilo. El viaje europeo de Deon acababa de arrancar.

Foto Deon Thompson


La historia como constante

El californiano desplegó sus alas en el Ikaros sin temor a quemarse. La historia de Atenas a su espalda, con sus atascos, su buen tiempo y su deliciosa comida. Un equipo con hambre tras el ascenso, con nombre de mitología griega. La ocasión perfecta para calibrar el básquet del otro lado del charco sin presión. Deon respondió: 14,1 puntos, 8,8 rebotes (2º en Liga), 1,3 tapones (3º), permanencia incluida. “Lo que vivo en Burgos ahora me recuerda a aquel año. El Ikaros venía de la segunda categoría y allí estaban todos muy emocionados por alcanzar la élite. Significaba mi primera vez en Europa y quería mostrarme. Fue una experiencia divertida, en un lugar bonito para vivir, que me sirvió para presentar aquí mi baloncesto”.

La siguiente vez que sonó el teléfono el reto parecía mayor. El Olimpia jugaba Euroliga. Coqueta y verde Liubliana. Danny Green como compañero durante el lock-out. No hubo aquel año ningún ala-pívot mejor que él en su liga, en la que aseguraba 12,2 puntos y 5,3 rebotes por duelo. MVP del All Star, un inicio prometedor en Euroliga (8,8 pt, 4,1 reb, 6 val) y un dominó que cayó cuando nadie lo esperaba. “Teníamos un equipo fantástico, aunque hubo problemas económicos muy graves y el equipo acabó roto”. Hasta siete jugadores abandonaron la disciplina del club. Él decidió quedarse hasta sin cobrar, por todo lo que estaba aprendiendo con el técnico Filipovski -“El dinero no era tan importante comparado con lo que me estaba enseñando”, aseguró-, y hoy saca pecho por el orgullo mostrado por aquel equipo. “Le tengo mucho cariño a la Copa que ganamos por todos los problemas que vivimos. Tuvo mucho mérito”.

A pesar de haber firmado por dos temporadas, en verano, mientras se reunía en Chapel Hil con viejos amigos como Davis, Lawson, Hansbrough o Zeller, decidió que la vía europea le motivaba mucho más que la D-League. Un mes después, vestía el amarillo del Alba Berlín, con el que incluso se reivindicó contra un NBA, Dallas Mavericks, en un amistoso en el que sumó 20 puntos (5 mates), 5 rebotes, 4 robos y un tapón. Sería su año de consagración en Europa. Enamorado de Berlín y muy cómodo en su club, nuevamente se mostró como el mejor 4 de la competición. En Liga cayeron en cuartos pero en Copa... ¡ay, en Copa! “Qué recuerdo ganar aquel torneo. Fue una temporada estupenda, en un equipo importante que hacía un juego muy atractivo, con el que llegamos al Top16. Estuve bajo las órdenes de Sasa Obradovic, que nos hacía entrenar muy duro. Me enseñó a prepararme para cada partido. Una gran experiencia”.

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Sus números en Euroliga (12 puntos, 5,4 rebotes, 13,6 de valoración) le convirtieron en uno de los nombres del verano, si bien no se fue muy lejos. Junto a otros tres compañeros cambió el Alba por el Bayern Múnich de Pesic, uno de esos técnicos que marcan. “Pude jugar para él, para comprobar que sus entrenamientos eran realmente duros. Con él aprendí que lo que mostraba en una sesión se acababa trasladando al partido”. Ya en esos momentos no tenía ninguna duda de que el baloncesto, aparte de meta, era camino. Además de profesión, era vida. “Cuesta estar lejos de casa en Acción de Gracias o Navidades pero estoy acostumbrado. A los 17 crucé todo el país abandonando mi tierra. En Europa hay mucha cultura e historia que aprender de cada país y uso el básquet como herramienta para experimentarlo todo”, contaba en una nota de Real GM. Era un europeo más, un alemán más, buen amigo del afamado Schweinsteiger.

En el conjunto bávaro, más allá de llegar al Top16 de Euroliga (7,3 pt, 4,7 reb), los esfuerzos estaban centrados en la competición liguera. Brillante en los números (14,7 puntos, 6,2 rebotes, 17,6 de valoración) y esencial en el esquema de Pesic a la hora de abrir espacios para los tiradores, Thompson se plantó en la final alemana consciente de que su Bayern jamás había ganado la Liga. “Estás jugando para algo más grande que tú mismo”, como lema. Con 2-1 a favor en la serie contra su ex, le endosó otros 18 puntos al Alba Berlín para abrazar por fin una liga soñada durante medio siglo por su club. “Es un equipo con mucho nombre por el fútbol y nosotros fuimos los primeros en llevarles un título. Entrar en la historia en un club así es muy especial”.

Foto Deon Thompson


El espíritu nómada del jugador le hizo volver a cambiar de aires en el verano de 2014. Esta vez, con el movimiento más sorprendente de todos. ¡A China! A finales de agosto, tras sonar para media Europa, incluso equipos de Liga Endesa como Unicaja, se confirmó su fichaje por el Liaoning Flying Leonards. Allí se encontró una competición enfocada al espectáculo, a las anotaciones altas y nombres ilustres como Blatche, Beasley, Von Wafer o Bynum que usaban la CBA como trampolín para regresar a la NBA. Un modelo diferente, con una temporada muy corta, 50 partidos en 4 meses, a bonus por choque y ronda superada, con los que ganar el mismo dinero que durante 8 o 9 en otros países. Encuentros cada miércoles, viernes y domingo, los Playoffs desde febrero y las finales acabando marzo, un mes que le trae buenos recuerdos.

Por el camino, multitud de anécdotas, con la comida como epicentro de sus sorpresas. Y una mentalidad abierta que le hizo escribir en redes sociales que para rechazar comidas, ignorar costumbres, temer religiones o evitar a la gente, mejor quedarse en casa. 18,7 puntos, 8,2 rebotes, 1,2 robos y hasta una final liguera como propina. “Era algo que quería conocer y resultó una vivencia interesante, en serio”, recalca tras sonreír al recordar. “Es un baloncesto muy distinto y solo podía haber dos jugadores extranjeros por equipo. El nuestro estaba bien y fue capaz de ganar 18 partidos seguidos. Sin embargo, en la final nos ganó Marbury”. El de los carteles publicitarios, el de los anuncios de la tele, el ídolo absoluto, el semidios. “Pero yo anoté más que él”, bromeó.

Foto Deon Thompson


Eso sí, su revancha personal tardó poco tiempo en llegar. En marzo, una vez expirado el plazo de fichajes en Alemania -el Bayern suspiraba por su regreso-, firmó por el Hapoel Jerusalén, sin imaginar lo que iba a vivir en cuestión de semanas. De ser bautizado en el río Jordan a volver a hacer historia, una palabra que empieza a repetirse mucho en este relato. Desde luego, es su culpa. Entre su primer partido (37 de valoración) y el último firmó 12,8 puntos y 5,2 rebotes de media en 15 encuentros. Por el camino, exhibición en semis (31 val) y tres actuaciones formidables en la gran final, con 15, 13 y 15 puntos para levantar el título de Liga. Si en Múnich llevaban 50 años esperando, su nuevo club esperó durante 72 primaveras vivir un momento tan especial, de esos que se saborean durante toda una vida. “La gente era apasionada, la ciudad estaba eléctrica, nadie se lo esperaba. Cuando haces algo por primera vez no es solo especial para la gente, también para nosotros”.

“El mejor maquillaje”. ¿Maquillaje, Deon? “Sí. Ganar esa liga hizo que se me pasara el enfado por haber perdido la final en China”, aclara, aún emocionado por haber viajado en el tiempo hasta aquellos días de 2015. Las ventajas de ser nómada.



Maletas de ida y vuelta

Su enésima mudanza fue el origen de una frase que define al de California dentro y fuera de la pista. “¿Cuatro equipos en trece meses? Me encanta la libertad del nómada. Conocer nuevas personas, nuevos países, nuevas culturas. Me adapto rápido y por eso firmo de año en año”. Esta vez, el destino resultaba familiar. ”Adivina quién ha vuelto...” El Bayern vendió ilusión con el regreso a casa de un Deon Thompson que sintió no haberse ido nunca.

Miraba cada estadística, cada partido, siguió en contacto con Marko Pesic y se sintió parte del conjunto incluso desde la distancia. Con el reencuentro, más. Mismo apartamento, mismas calles, mismos restaurantes. La Summer League a un lado –“No es el escenario para un tipo que no juega por los números”-, la motivación por la Euroliga. Otro año sólido (9,2 pt, 4,1 reb), otro All Star. A aquella 2015-16 le faltó la guinda. “En Playoff perdimos contra el Bamberg y en Euroliga competimos hasta el último partido para llegar al Top16, pero caímos. Al menos significó volver a jugar a las órdenes de Pesic. Solo por el hecho de estar un año con alguien con tanta experiencia, mereció la pena”.

Sus ganas de quitarse la espina le llevaron a Estambul, para afrontar otra Euroliga, esta vez con el Galatasaray. Lo ilusionado que llegó y la decepción con la que partió pocos meses después. Pocos minutos, poca presencia (4,2 pt, 2,1 reb) y otra forma de aprender por el camino, esta vez desde la otra cara de la moneda, impotente en el banquillo e ineficaz con su cambio de rol de 4 a 5. “Me atrajo el proyecto, era una oportunidad. Sin embargo, había muchos jugadores en el conjunto, muchos foráneos de calidad, y no había sitio para todos. Mi estilo de juego no encajaba con el sistema de Ataman. En el básquet a veces pasan estas cosas”. Palabras del interior, que se fue con elegancia –“Le continuaré respetando, aunque él no lo haya hecho”- y con la promesa a sus fugaces aficionados de que por el mundo habría un hincha más del Galata.




Al igual que en su dicotomía China-Israel, en esta 2016-17 vivió una segunda parte de la campaña muy diferente en Belgrado. Quizá no tanto en cuanto a protagonismo (4,3 pt, 4,4 val), mas sí en cuanto a sensaciones. A nadie le amarga un dulce. O tres, como títulos logrados por el Estrella Roja en cuestión de semanas: Liga Adriática, además de Copa y Liga serbias, con la guinda de despedirse a lo grande (14 puntos, 4 rebotes, 3 tapones, 24 val) y con el título liguero en la mano. “Me gustó jugar en un conjunto así, con tantos seguidores. Aún ahora sigo sus resultados y recibo mensajes de sus seguidores. Hasta el último partido rozamos entrar en cuartos de Euroliga, y ganamos tres títulos. Fantástico compartir esas experiencias con esos fans y puedo decir que me sentí parte de ello”.

Ya en el verano pasado, su futuro era incierto. ¿Acaso pesaba más un año irregular que la solidez mostrada durante toda su carrera? El jugador, incluso, recordaba en tono distendido por redes sociales que él era agente libre. Y el teléfono volvió a sonar. “Fuimos muy osados al preguntar por él, pero nos llevamos una sorpresa agradable. Quiso venir y apostar por nosotros”, relató Albano Martínez, director deportivo del San Pablo Burgos, que apostaba por él como piedra angular del proyecto. Dijo sí. No le costó, sintiéndose identificado con la filosofía burgalesa desde el primer día.

“No sabía mucho del San Pablo antes de venir, solo jugué en España en Euroliga. Pronto supe que habían esperando cinco años para llegar a la Liga Endesa. Y era curioso porque me pasaba exactamente lo mismo que ellos: querían de verdad estar en ACB, al igual que yo. Querían llegar y quedarse en la ACB, al igual que yo. Teníamos el mismo interés, la misma motivación: probarnos, mostrarnos. La ocasión idónea de reivindicarme en España y ayudarles para quedarse en la élite”. El flechazo fue mutuo. Tocaba, al fin, deshacer la maleta.

Foto Deon Thompson


El Coliseum, en pie

No fue un inicio sencillo, no. Siete partidos, siete derrotas. Empero, desde el primer día, desde su esperado estreno en Liga Endesa (24 de valoración), Deon Thompson siempre dio la cara, en las buenas y en las malas. Su regularidad provoca que en 23 de los 28 partidos haya acabado en dobles dígitos de valoración, tirando del carro siempre y convirtiéndose en actor clave en los días más grandes del San Pablo Burgos en esta temporada 2017-18.

Titular indiscutible, Cuatro veces en “Los Más” de la Jornada e incluso el mejor en la J16, contra el Betis Energía Plus, con 25 puntos, 9 rebotes y 31 de valoración. “El cuerpo técnico y la gente del club hace un gran trabajo asegurándose de que esté bien y de que tenga todo lo que necesito para estar centrado solo en el baloncesto. El club me ha ayudado mucho en la transición a la Liga Endesa”, afirmó aquel día.

Elogio tras elogio, los que trabajan con él cada día valoran aún más su papel, como bien expresó Albano Martínez en El Correo de Burgos: “Hace vestuario. Lo pone todo fácil y se sacrifica por el equipo. Es un gran jugador, una gran persona... un americano de los de antaño”. Y que le digan a algún aficionado del San Pablo que es pequeño para el puesto de 5 o tiene poco tiro para el rol de 4 moderno. Que se lo digan después de sus últimos 4 partidos, de sus últimas 4 victorias, en las que firmó 14,7 puntos, 7,7 rebotes y 21,2 de valoración media. Los ídolos se construyen así, como el usuario Sn0w0n3 recordó en el Foro ACB.COM: “Deon Thompson poniendo en pie al Coliseum. Recuerden a sus nietos que este tipo fue nuestro primer héroe en ACB. No hay otro MVP posible. Sus gestos y los de Sebas elevan la grada hasta el éxtasis".

ACB Photo/M.González


El de Torrance puede presumir de ser el 8º mejor en valoración (16,3) en Liga Endesa, codeándose con la élite en más de un apartado de juego. 4º en minutos (27 minutos y medio por choque), 6º en tapones (1), 7º en rebotes ofensivos (2,3), 8º en tiros de 2 (4,14). Y, por encima de todo, la corona de rey de los rebotes (6,96) en Liga Endesa, de la mano de su liderazgo en capturas defensas (4,71). La Deonmanía, desatada. Casi tanto como la Burgosmanía para el americano. “Para mí ha sido una sorpresa muy buena, están emocionados aquí con su equipo. Andas por la ciudad y la gente te dice cosas. Te animan, te muestran que te quieren... y yo lo agradezco mucho. La directiva es brillante, no tenía experiencia en una gran liga pero ha aprendido rápido a construir una gran organización. El staff trabaja mucho cada día para hacernos mejores jugadores y mejor equipo. Y nos hacen seguir luchando cada día”.

A seis jornadas del final liguero, con la permanencia a tiro de piedra para su equipo, el fenómeno burgalés ha traspasado fronteras. Poco hubieran imaginado en esas tierras que sus gestas se comentarían al otro lado del charco, por profesionales con el currículum de Marvin Williams, jugador de los Hornets con casi mil partidos NBA y amigo del alma de Deon. Desde Charlotte aún saca tiempo para mirar con lupa las andanzas del San Pablo. “Es mi mejor amigo y me sigue muy de cerca. Hablamos todos los días y sabe todo lo que vivo aquí”, explica, antes de anunciar una visita de lujo al Coliseum. “Marvin Williams va a venir esta temporada a Burgos a verme. Estará presente en el San Pablo-Tecnyconta Zaragoza”. Puede ser un día grande.

Foto Peña Andrés Montes


De viajes y sueños

El pasado lunes, 24 horas después de conquistar San Pablo con su San Pablo, valga la redundancia, valga la paradoja, Deon paseaba por Sevilla con Amber. En la Plaza de España, varios miembros de la Peña Andrés Montés le reconocieron, cómo no hacerlo, y le pidieron una foto. “Fue una coincidencia y, una vez nos encontramos, buscamos el rincón en la plaza de Burgos. Nos tomamos una foto que quedó muy guay”, explica el jugador, cuya filosofía va mucho más allá de esta anécdota.

Su caso desmonta cualquier prejuicio. Ese viejo tópico sobre los americanos que iban de un país a otros sin salir de su burbuja no se sostiene observando su trayectoria. Siempre supo donde estuvo, siempre quiso conocer más sobre sus equipos. Su historia previa, sus ciudades, su filosofía. En una entrevista nada más aterrizar en Eslovenia, fue capaz de decir su plato favorito del país. En otra en tierras turcas, clavó el número de habitantes de Estambul. Tiene localizados a antiguos compañeros y a técnicos que marcaron su carrera, sin dejar de seguir los resultados de cada equipo por el que pasó. Más allá de su amor incondicional por North Carolina, el estadounidense no esconde que se siente un poco de cada uno de los clubes de los que formó parte. Y que, al final, acabaron formando parte de él, como hoy ocurre en Burgos.

Foto Deon Thompson


Su mentalidad abierta y viajera marcó su rumbo. Hasta para pedirle matrimonio a Amber buscó el marco más idílico allá por 2015, en Zanzíbar, arrodillado mientras llegaba el postre en una cena a la luz de las velas. La boda, al verano siguiente, pareció un All Star de Tar Heels, con Marvin Williams de padrino y Danny Green, Marcus Ginyard y Sean May de testigos. “La familia significa mucho para mí. Qué decir de mi madre, madre soltera, me encanta que venga a verme jugar. Por no hablar de mi mujer, que entre viaje y viaje se saca una carrera. Es muy especial que disfruten conmigo la cultura europea. Mi familia y mis amigos son lo más importante, el motivo de querer hacerlo bien en esto del básquet, para llegar a casa y que estén orgullosos de mí”.

Religioso convencido, amante de los tatuajes, a veces el nómada se disfraza de sedentario. “Me gusta viajar y ver el mundo, aunque también quedarme en casa y jugar a la consola o disfrutar con buenas películas”. No obstante, cuesta creerle viendo sus redes sociales, una especie de guía de viajes nacional e internacional que parece no tener fin. Si tiene un día libre en un desplazamiento, lo aprovecha para conocer la ciudad. Si el festivo es en casa, se enamora más de Burgos. ¿Qué hay Copa? A París. Partidos de la Champions para ver a Bayern, PSG o Real Madrid, imágenes en Tenerife, Segovia o Maldivas. Vestido de árabe en Dubai, místico durante su etapa china. Hipnotizado en Mykonos, solidario en Tanzania.

Si, como una vez escribió Henry Miller, nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas, Deon puede hablar con propiedad de cada uno de esos lugares que ya le pertenecen. Y es que el buen viajero jamás tuvo prisa por llegar. “Pongo mucho énfasis en descubrir lugares. Hay que insistirles a esos niños o jóvenes, jugadores del mañana, que usen este deporte como una especie de tour, como un camino para conocer mundo. Claro que el básquet puede ser un modo de vida en el plano financiero, pero también les permitirá conocer culturas diferentes. Es una oportunidad muy guay y hay que aprovecharla”.

Foto Deon Thompson


”Y no puedo parar hasta que todo el mundo conozca mi nombre, porque solo nací dentro de mis sueños”. Suena ‘Centuries’, de Fall Out Boy, uno de esos grupos que, junto a Drake, Jay-Z, Kanye West y The Weeknd dominan sus auriculares, una perfecta banda sonora a este repaso de una carrera, de una vida. Y un guiño a un futuro aún lejano: “Cuando deje el baloncesto quiero hacer algo que disfrute. No me gustaría trabajar muy duro”, confiesa entre risas, antes de continuar imaginando: “Me apetece hacer algo relacionado con el básquet y que me dé dinero para mi familia. No sé, por ejemplo estaría genial ser ojeador de la NBA para Europa, ayudando a encontrar talento aquí, que cada año crece y crece”.

Hace semanas, la historia de Andre Ingram, que debutó con los Lakers tras una década en la D-League, se convirtió en viral. Él también la compartió en su Twitter, tal vez poniéndose en su piel. “Es un incentivo, claro. Oh, Dios mío, su historia es increíble. Todos los días durante diez años trabajando esperando una oportunidad y tenerla a los 32 años. Sí, yo tengo 29 y me estoy haciendo mayor, pero resulta una motivación y deja el sueño de NBA vivo en mi cabeza y en mi corazón. Deja una puerta abierta, su historia es una inspiración para todo el mundo: nunca renuncies a un sueño, nunca renuncies a las cosas en las que crees”. Que alguien se atreva a convencer de lo contrario a ese cuatro de otra época empeñado en sobrevivir al tiempo. A él, capaz de cambiar su cuerpo, su rumbo y hasta su vida en aquel caluroso julio en Las Vegas, ya nadie le podrá convencer de que el gran sueño de su vida es imposible:

"Deseo que mi mujer y yo podamos ver todos y cada uno de los países del mundo".

"Una ciudad en la mano
del buen jugador errante.
Su equipaje es liviano,
su pasión es ambulante".

Daniel Barranquero
@danibarranquero
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